El fin de la familia

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Esmeralda... Esmeralda... Esmeralda... Aquel nombre era lo único que ocupaba la mente de Lázaro, un último suspiro que recorría su ser como un tenue escalofrío. El joven pasó su mano derecha por su cabello castaño, húmedo por el sudor; notaba su respiración agitarse y su corazón latía con fuerza dentro de su pecho creando una sensación constante de angustia que le impedía pensar con claridad:

-Tengo que llegar, tengo que salvarla.- Se repetía una y otra vez intentando contener las ganas de llorar y de huir.

-¿Estás bien?- Una voz familiar susurró en su oído y una pequeña ave metálica se posó sobre su hombro, no tenía expresión ninguna pero Lázaro sabía que su amigo se preocupaba por él.

-Sí...sí, estoy... bien...- Mintió sin ocultar su quebrada voz y retiró la mirada hacia el oscuro cielo de Madrid intentando sin éxito alguno que Cliver no notase lo cansado y desolado que estaba.

Lázaro notaba los ojos llorosos pero se prometió a sí mismo que no se derrumbaría, tenía que continuar hasta el final, debía hacerlo por Julio o Rilianne, no podía permitir que sus muertes fuesen en vano. Con movimientos pesados se cubrió tras una estatua derruida que antaño había representado al emperador Carlos V, aunque ahora no era más que un recuerdo en medio de una Plaza Mayor en llamas donde ahora los estandartes de Nargos se desplegaban triunfales ante la toma de la capital española.

El muchacho no podía perder el tiempo, estaba en una carrera contrarreloj para salvar la vida de su amada esposa, Esmeralda Creus de las manos de la mayor organización terrorista que la humanidad había conocido, cuyo poder se extendía sobre España y el asombroso virtual de Aicran. Tanto Lázaro como Esmeralda llevaban ya quince años al servicio de Metratón, habían sacrificado todo por la causa, una causa que ahora parecía insignificante. Todo aquel sufrimiento había acabado en un cóctel de muerte y desesperación.

El joven soldado emitió un débil quejido y se llevó ambas manos a su pierna izquierda, hasta ahora no se había dado cuenta pero huyendo de una emboscada de los terroristas se había hecho una profunda herida que sangraba sin pasar, necesitaba un médico pronto o perdería aquel miembro en poco tiempo.

A escasos metros de él se oían unos pasos que se acercaban hacia el castaño a gran velocidad, contuvo el aliento todo lo que pudo y Cliver adoptó una postura de defensa para defender a su compañero aunque ambos sabían que aquel podía ser su final: Lázaro estaba demasiado débil para atacar y huir con rapidez sería bastante complicado en su estado... Pero no fue un agente de Nargos el que apareció ante sus ojos si no León, su compañero de Metratón y "rival" a tiempo parcial; a pesar de los sucesos anteriores seguía manteniendo una sonrisa socarrona y su piel ligeramente tostada brillaba ante la luz de las llamas. De hecho el latino mantenía el mismo aspecto de siempre salvo por una rosácea cicatriz que cruzaba parte de la cara y que había transformado su castaña pupila derecha en un círculo gris sin vida.

-Estás hecho una mierda- Saludó el mayor con sorna, algo que molesto a Lázaro ¿cómo podía bromear en un momento como aquel? Apretó los dientes con fuerza y en cuanto el recién llegado se agachó para ver mejor sus heridas el catalán le propinó un puñetazo en la mejilla, haciendo que León perdiese el equilibrio.

-¡Me prometiste que cuidarías de ella, que la mantendrías a salvo! - Sus gritos resonaron entre las ruinas, había empezado a llorar pero eso ya no le importaba, ya no había esperanzas para él, de hecho, ya no había esperanzas para nadie.

-Tranquilízate joder, la hemos encontrado- De la rabia, Lázaro pasó a la sorpresa y sus ojos dorados se iluminaron con un rayo de esperanza por primera vez en un mucho tiempo.

Alas de acero y tinta: Un fanfic de Mekronos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora