Capítulo 8.

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A la mañana siguiente, Emmeline se despertó en su cama, arropada, cálida y desconcertada. Miró por la ventana y descubrió que ya no estaba lloviendo. Entonces soltó un chillido. Eso era mala suerte.

Pero no tardó mucho en olvidarse de eso cuando recordó la noche anterior.

Se llevó la mano a la boca y la cubrió para no gritar, esta vez más fuerte.

¿Qué había hecho? Le había contado todo a Joseph, y él también se había sincerado con ella. Eso era algo que nunca había esperado, ni tampoco su confesión. Nunca le había contado a nadie, ni siquiera quería hablar con su madre cuando intentaba tocar el tema. ¿Por qué se había soltado así con Joseph? De todas las personas...

Sus pensamientos no pudieron ir más lejos cuando Kat y Jen llegaron a ayudarla a prepararse para el desayuno. Ya ni se molestaba en ponerse algo cómodo, porque siempre el trabajo de cambiarse terminaba siendo doble. Tenía que desayunar y volverse a poner otro vestido para recibir a quien los visitase ese día. Luego de una semana, se había resignado a bañarse y estar siempre lista antes de abandonar su habitación.

—Buenos días —saludó con voz suave al entrar al comedor, pero todos notaron que algo andaba mal. Su rostro estaba dominado por las bolsas debajo de sus ojos, que todavía se notaban a pesar de que se había empolvado más de lo normal para ocultarlas. Y su saludo había sido apagado, casi sin ganas. También estaba su expresión triste y la ausencia de la sonrisa que la caracterizaba.

Beth bajó los cubiertos y la contempló mientras se sentaba.

—¿Emmie, está todo bien? —Pero la aludida no mostró señales de oírla. Parecía perdida en sus propios pensamientos—. ¿Emmie?

Elizabeth pidió ayuda a su hermano que estaba más cerca de la chica.

—¿Emmeline? —Dijo él, pero podía imaginar porqué ella se encontraba así. La noche anterior no había sido fácil, para ninguno.

Ella lo miró.

—Lo siento. ¿Dijiste algo, Joseph?

Este arrugó la frente. ¿Había cometido algún error con ella? ¿Tendría que haber actuado diferente? No tenía idea.

—¿Emmeline estás bien? —Preguntó Beth con vehemencia—. ¿Qué te pasa? Me estás asustando, cariño.

Ella sacudió la cabeza y miró a Joseph. Se había acostumbrado a guardar las conversaciones con Beth o Sebastian para después del desayuno y así no molestar con su parloteo y posibles chillidos o risas.

—Olvídate de él y su silencio por un momento, Emmie —espetó.

—Estoy bien, Beth. No me gustan las noches de tormenta y no pude dormir demasiado.

Elizabeth soltó un suspiró.

—Oh, menos mal. Por Dios, creí que estabas enferma. Pero alégrate, es un día hermoso.

—Y esa es la otra mitad del problema —agregó sin querer, dándole un sorbo a su té. Ese pensamiento tendría que haberse quedado en su cabeza.

—¿Qué sea un día hermoso es un problema? —Preguntó Sebastian.

Emmie guardó silencio, no sabía cómo decir aquello, porque a Beth le encantaban las visitas y que los hombres revolotearan alrededor de ella y la cortejaran con sus palabras y todos los regalos.

—Es que esperaba que estuviese lloviendo también por la mañana y así no tendríamos ninguna visita hoy —decidió decir la verdad—. Estoy agotada de todas esas personas aquí hablando por horas. Me agotan, me están sofocando, Beth. No estaba acostumbrada a esto antes de venir aquí y ha sido un cambio muy brusco, todo tan de repente. Siento que no tengo tiempo ni para respirar, además, no me siento cómoda con ellos.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!