¿Bailamos?

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¿BAILAMOS?

Por Janet Gaspar

Shingeki No Bahamut: Virgin Soul no me pertenece, es propiedad de sus respectivos autores y cadena de videojuegos.

Basado en el capítulo 6.

Charioce era el Rey. Entrenado para combatir, reinar y dominar. Pero a veces, solo a veces también era un hombre, uno que encontraba agradable pasear con una chica tímida que podía ganarle en las vencidas. CharioceNina. Oneshot.

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Charioce era un hombre fuerte, no solo mentalmente, también tenía una fuerza física que podía llevar a sus hombres a las victorias, una tras otra. La clase de fuerza que le había ganado el someter a los demonios, la clase de fuerza que había provocado atrapar a los Dioses.

—"¡Lo siento!, ¿estás bien?" —Por eso el hecho de ser vencido, no, de ser arrojado por una chica en un torneo de pulsadas aun no terminaba de hacer presencia en su cabeza. No era una chica fornida, mucho menos grande, si tuviera que describirla Charioce diría que era una niña simpática con las curvas justo donde debía tenerlas.

Una niña.

Que sí lo había arrojado cual muñeco de trapo definitivamente no era una chica normal.

—"¿Cómo te llamas?".

—"¡Nina!" —Era un nombre simple, fácil de recordar. Si un hombre lo hubiera vencido Charioce hubiera entrenado, entrenado hasta la muerte para poder vencerlo, pero aquella chica decía su nombre con el rostro rojo cual cereza.

¡Oh!, le gustaba.

Charioce no era ciego a su propia belleza, ya en el castillo múltiples damiselas pestañeaban cuando se encontraba cerca y las damas de la corte intentaban sujetarlo del brazo y apegarse a él. Sabía que las mujeres lo consideraban atractivo.

Pero aquella niña, esa chica con demasiada fuerza no solo lo consideraba atractivo, prácticamente había puesto los brazos en defensa para no verlo, ¿es que aun existían chicas así de tímidas e inocentes?

De cualquier manera intimidar mujeres no formaba parte de sus acciones diarias así que se alejó sin agregar nada más a la conversación. Había perdido un anillo de la realeza y si no tenía cuidado alguien podía descubrir quién era, pero no es que le afectara demasiado.

Nina.

Se llamaba Nina.

Y tenía una mano pequeña.

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A pesar de que sus concejeros solían reñirlo cuando salía sin avisar del palacio Charioce no podía evitar hacerlo. No sí era con la intención de visitar ese lugar, no sí era por observar esa lapida y esas letras que lo transportaban a un doloroso pasado.

Por supuesto, con tanta gente alrededor debía ocultarse y aunque su ropa seguía siendo fina y elegante pocas personas podrían decir que se trataba de él. También era una manera de vigilar su reino, de evaluarlo, de enterarse de los pormenores que un rey en su castillo difícilmente escucharía.

—"Te lo prometí ¿verdad?, estoy aquí para volverte mi esclava". —Charioce no pudo evitar escuchar la frase, a pesar de que se encontraba a bastante distancia del altercado. Si bien en su reino era permitido tener esclavos eso se reducía solo a los demonios, y aquella chica no era un demonio. De hecho Charioce sabía perfectamente bien quien era esa chica.

Echó a andar hacía la riña más por curiosidad que por verdadera intención de intervenir, sabía que aquella joven era perfectamente capaz de hacerse cargo de la situación, para su sorpresa ella no hizo por defenderse, ni siquiera cuando la patearon y la alzaron en vilo como un costal.

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