Cinco.

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Christine despertó en medio de la noche, a oscuras en su habitación. Miró en todas las direcciones buscando los ojos de Erik, pero no los encontró. 

Aún se podía apreciar las melodías provenientes de los violines, las guitarras y el piano en el primer piso. La fiesta se había acabado sólo para ella.

Se levantó a ciegas de la cama y caminó descalza por la habitación hasta encontrar la lámpara de piso en una de las esquinas, la encendió. Se talló los ojos con desesperación, lo último que recordaba le parecía una pesadilla, debió de haberse desmayado antes, mucho antes de que Erik confesara lo que ella ya se esperaba. Seguro todo era una confusión.

-Seguro nada de eso fue real -se dijo con una sonrisa nerviosa-. El no es Erik Destler, el no existe. Es sólo un personaje. Yo no soy la descendiente directa de Christine Daaé. ¿Por qué habría de serlo? Ella tampoco existió.

La puerta de su habitación se sacudió tres veces ante los golpes de alguien en el otro lado. Se asustó.

¿Qué pasaría si quien se encontraba al otro lado de la puerta era Erik? Definitivamente no quería verlo.

-¡Christine! -escuchó una voz femenina llamarle-. ¡Christine, abre la puerta!

-¿Meg? ¿Eres tú? -preguntó pegándose a la puerta.

-Si -respondió-. ¿Te encuentras bien?

-¿Has venido a buscarme sola? -preguntó ya con una mano en la perilla de la puerta.

-¿Con quién si no? 

Christine giró rápidamente la perilla y abrió con cuidado, dejó pasar a Meg y en cuanto cerró la puerta la abrazó con todas sus fuerzas.

-Me estas asustando, ¿ha pasado algo?

La castaña se alejó de ella y asintió debilmente.

-¿Por qué has abandonado la fiesta tan de repente? -insistió Meg.

-Tengo que irme de aquí -dijo Christine comenzando a dar vueltas por la habitación.

-¿Qué estas diciendo? -preguntó Meg sin comprender-. El lunes es el estreno de Rome y Julieta.

-Es viernes, si me voy al amanecer podré regresar el domingo.

Christine comenzó a idear planes sin que Meg los comprendiera, tan sólo la observaba ir y venir.

-¿A donde irás? -preguntó Meg.

-Con mi abuela, la madre de mi madre -explicó Christine.

-¿Te has vuelto loca?

-¡Si! -gritó Christine-. Y necesito respuestas, sólo ella puede darmelas.

Meg sabía que la abuela de Christine era la única familia que le quedaba, todos los demás parecían no existir. Se había mudado a unas cuantas horas de su casa cuando comenzó a estudiar teatro musical. 

-Me cambiaré y me iré en mi auto, Meg. Si Paulo pregunta por mi, dile que tuve una emergencia familiar, ¿de acuerdo?

-De acuerdo -asintió Meg.

-Y por favor, no le digas a Erik donde estoy.

Ahora Meg lo comprendía todo de golpe. Todo era por Erik.

Vio a su mejor amiga entrar al baño y ella salió de la habitación. Se encontró con Erik en el pasillo y este le preguntó por Christine.

-Esta dormida -respondió-. Le recomiendo que no la moleste, ha sido un día duro para ella.

Erik se quedó parado viendo la puerta de la habitación de Christine sin decidirse a marcharse de una vez.

-Vamos, regrese a la fiesta. No querrá que sospeche Raoul -le sugirió Meg.

-Claro que no -respondió Erik.

Ambos comenzaron su camino hacia el salón de nueva cuenta. Mientras tanto Christine preparaba dos cambios de ropa que acomodó en su maleta junto a sus artículos de higiene personal. Se cambió el vestido por unos jeans y una blusa de manta. Se calzó de inmediato, tomó dinero y las llaves de su auto del cajón de su tocador y salió con cuidado de la habitación. Corrió sin ser vista por el pasillo y bajó las escaleras. Observó el salón, vio a Erik sentado en una de las mesas bebiendo champaña. 

Sintió una punzada de dolor en el pecho. Lo amaba, y no era correspondida.

Parpadeó varias veces tratando de contener las lagrimas y se dirigió hacia la puerta trasera por los pasillos solitarios. 

Caminó por el estacionamientos hasta encontrar su auto, antes de subir miró con lágrimas en los ojos aquel lugar, como despidiéndose. Algo le decía que al volver nada sería igual.

Subió por fin al auto y se puso en marcha con la radio encendida.

Condujo por las calles hasta el amanecer, paro dos veces. Una para ir al baño y otra para cargar gasolina. No pensaba en nada, su menta estaba en blanco. Ni siquiera sabía que eso fuera posible. 

Cuando llegó a su destino ya eran las nueve de la mañana, reconoció aquella calle. Se sintió como una niña pequeña de nuevo.

-Ojalá pudiera serlo -se dijo en un suspiró.

Bajó del auto y observó con melancolía la casa pintada de azul. Caminó por el jardín hasta llegar a la puerta, y llamó por medio del timbre.

La puerta se abrió y la mirada tan conocida de su abuela se iluminó al verla antes de darle un abrazo.

-Mi pequeña Christine -le dijo al separarse-. No te esperaba.

-Lamento no haber llamado para decir que venía -se disculpó.

-Pasa, pasa -le dijo con una enorme sonrisa-. Te he extrañado.

-Y yo a ti abuela -dijo con sinceridad.

Ambas se sentaron en la sala, una frente a la otra.

-¿Qué te ha traído por acá?

-Verás abuela, necesito hablar contigo acerca de mi.

-¿De ti? -preguntó sin entender.

-Bueno, de mi y de alguien a quien he conocido recientemente -trató de explicar.

-Ya veo -respondió-. ¿Un enamorado?

-No exactamente -negó con la cabeza, pensaba que sería más sencillo.

-No estoy entendiendo -la anciana la miró con confusión.

-Abuela... -tomó aíre-. Quiero hablar sobre Christine Daaé y Erik Destler.

Su abuela abrió los ojos de par en par y tensó la mandíbula.

-Ya era hora mi niña, no te preocupes. Te lo diré todo.



Muchas gracias a quienes leen la novela y comentan, No esperaba que fuera tan bien recibida. Y gracias sobre todo por seguirla a pesar de que  no actualizó tan seguido <3

A time for us/The Phantom Of The Opera.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora