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La habitación permanecía con las luces encendidas pero bajas. El resto de la casa estaba en silencio mientras yo miraba la televisión. La presentación en vivo me aturdía. El hombre cantaba, estrenaba su nueva canción: Carolina.

Estaba nervioso, ¿cómo evitarlo? Estaba completamente aterrado sobre ese escenario rodeado de fans. Ella me había pedido que fuera, que lo hiciera, que le mostrara al mundo que la música corría por mis venas y se desbordaba de mi ser. Era así. No rompería mi promesa. Volvería a los reflectores, a todo lo que ella llegó a amar algún día. La observé y el sol me estalló los ojos como respuesta. Sabía que ella me escucharía porque lo había prometido.
-Un, dos. Un, dos, tres, cua...-la batería comenzó.
Miré la cámara. La miré a ella. Miré a las fans. Canté.
Carolina. Carolina. Carolina.

Llevaba rosa

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Llevaba rosa. Ella amaba ese color. Siempre me preguntaba por qué no lo usaba para mis presentaciones si era el color más hermoso de todos. Así que lo usaba, por ella.
Carolina. Se fue demasiado pronto, aún no habían terminado de crecerle los dientes, pero ella estaba feliz porque otros se le habían caído y un ratón se había colado debajo de su almohada. "Al ratón le gustan mis dientes porque son especiales" solía decir ella. Carolina.
Apunté el micrófono al público e imaginé su voz allí, resaltando entre todas porque ella ya conocía la canción. Claro que sí. La escribimos juntos.

La emoción en su rostro no tenía comparación. Se sentía inmenso y volvía a mirarla. Las fans cantaban y él sonreía, nadie sabía por quién lo hacía salvo yo. No parecía estar ahí aunque lo estaba, ese hombre le cantaba al cielo y llevaba su cruz consigo para asegurarse de que el cielo lo escuchara, de que ella lo escuchara. Me revolví entre las sábanas y dejé que cubrieran mi barbilla. En la pantalla se vieron sus ojos clavados mirando al frente, mirándome aunque no pudiese verme, aunque no tuviera idea de dónde estaba yo ni cómo.
-Diana, a comer.-llamó mi madre, pero me negué a moverme. Claro que no, señora. Terminaría de ver esa presentación.-Diana.
-Ya voy.-grité como de costumbre, pero ni siquiera amagué con moverme, volví a meter en mentón bajo el abrigo de las mantas.
Las cortinas seguían cerradas igual que la puerta. La canción ya casi terminaba. Él volvió a mirar hacia arriba y resoplé fastidiada.
-Ya no la mires más.-mascullé.

-Diana.-volvió a llamar mi madre y la transmisión se cortó. Genial. Bajé y me senté sobre la mesa, dejando mis piernas colgando por un lado a la vez que me ataba el cabello.
-Cortaste el cable.-me quejé y mi madre me miró de reojo.
-Es hora de comer.-dijo ella.-Bajate de la mesa.
Tomé asiento y ella igual. Me miró un largo rato y suspiró. Mamá no sabía qué hacer conmigo y ya se notaba. Dejó un plato de pastas frente a mí y retuvo mi mano. Era una mujer sencilla y no solía usar ninguna clase de adorno, salvo por su anillo de matrimonio, aquel que no se sacaba por más que llevaba años divorciada. Repasé con mi dedo el anillo y ella sonrió casi cansada antes de apartar la mano y servirme jugo.
-Comé, hija. Dale.-agarró su propio tenedor y después volvió a suspirar antes de dejar caer la mano sobre la mesa.- No podes seguir faltando a clase. Tenes que volver a comer, a estar bien.  Hija... Sé que ya lo hablamos y... Por favor. No puedo dejar que te sigas hundiendo.
-Yo estoy bien.-me defendí apartando la mirada, queriendo evitar el tema como llevaba meses haciéndolo.-Mamá, yo voy a volver a la escuela mañana. ¿Es lo que querías escuchar? Prometo que sí. Sólo me tomé un par de días libres. Y no estoy comiendo porque está muy caliente. Quedate tranquila. Voy a volver a ser la chica que te vuelve loca. Todavía no perdí la cabeza. No del todo.
- Vos perdiste la cabeza hace muchos años.-rió ella bajito aunque sonó un poco forzado.
Odiaba preocuparla de ese modo. Mi madre se había vuelto una mujer mucho más temerosa desde lo ocurrido y quería que dejara de ser así porque eso le hacía mal. En casa éramos las dos y no podía dejar que ella se deshiciera como yo llevaba haciéndolo durante meses.
-Es culpa de los monstruos que estaban abajo de mi cama.-acoté y di un bocado, quemándome.-Y de la comida caliente.
Mi madre era una mujer joven, llena de vida y preocupaciones. Se preocupaba mucho por todo. Cada cosa nueva traía una alerta. "¿Y si alguien es alérgico?" o "¿Y si se caen?". Todo le ponía los pelos de punta. Yo lo sabía. Solía sacarla de quicio a propósito con eso cuando era sólo una nena, pero había crecido ya y las cosas habían cambiado drásticamente meses atrás. Su nombre era Fany. Dulce, ¿no es así? Siempre me gustó. Sonaba hermoso al mencionarlo, tanto que a veces la llamaba por su nombre. Eso la molestaba. Mi padre la llamaba por su nombre y ella no quería que fuera como él, creo que más por mi propia incapacidad para con el hombre que por la suya propia.
Considerando mi dieciséis años, es evidente que no es mi madre biológica. Cuando ella y su ex marido me adoptaron, yo ya tenía diez años. Había perdido las esperanzas de adopción, pero ellos llegaron. Así que ahora tengo padres, aunque la historia no es tan feliz como todos creen. Solemos pensar que las vidas ajenas son perfectas, ahora ¿qué hay bajo la farsa? Historias que nadie cuenta, supongo.

Los saludos concluyeron, dije adiós y concreté las entrevistas con rapidez. Mi cabeza estaba llena de dudas. ¿Le habría gustado? ¿Habría querido ella que la cante en otro lugar? ¿Había salido tan perfecta como para que ella bailara entre las nubes?
-¿Su auto?-preguntaron detrás de mí. Asentí, quería volver a casa.
Sabía que los de la prensa me sacaban fotos, cómo cada vez que me paraba junto a una ventana o salía a la calle. Una vez incluso en mi propio patio. Sabía que estaban ahí y me molestaba. Ese era mi momento de reflexión y no quería que nadie lo presenciara.
Me marché con rapidez cuando me dieron mis llaves. Quería llegar a casa y gozar de saber que mi pequeña hubiese estado orgullosa de mí.
El teléfono me sacó un segundo de mi propia mente. Sabía quién era. No. Aún no podía responder. Aún no podía hablar. Aún no podía aceptar lo sucedido. Definitivamente, aún necesitaba sufrirlo en silencio, lo entendiera ella o no.
El lanzamiento del disco se acercaba cada vez más. Quería que fuera perfecto. Carolina. Si. Puede que ese fuera el nombre correcto para el disco, pero entonces todos hubiesen centrado sus asquerosas narices en un retoño que ahora yacía sin vida. En mi retoño. No quería eso.
Entré en la casa y me senté junto a nuestra foto. Carolina. Mi pequeña Carolina.

Era mi hija. Si. Lo va a ser siempre. Mi pequeñita. Tomé la foto y la delineé con mis dedos.
-¿Lo hice bien? Quería que fuera especial para vos.-murmuré.-De verdad necesitaba que fuera especial para vos.
La extrañaba demasiado. Esos brazos que me recibían al llegar, las galletas de masa, las tardes de té, los domingo de belleza. Todo. Extrañaba leerle un cuento antes de dormir, arroparla, besar su frente. Extrañaba todo lo que llevaba su recuerdo impreso.

-¿Me pones otra vez el cable?-pedí desde mi cuarto.
-Bañate, Diana. Cambiate y salí con tus amigos. Dale. Llamá a Jess.
-Ya no soy amiga de Jess.-dije cambiando el peso de una pierna a la otra y mirando el pasillo vacío que terminaba con la escalera.
-Llamá a Lili.
-Lili se mudó hace dos años.
-Llamá a Zackary.-suspiró.
-Está bien.-mascullé más por la negativa a devolverme el cable que por otra cosa.
"Zackary. En veinte te quiero acá."-DD.
Me metí a bañar y, para cuando salí, las noticias de genocidas llenaban mi cuarto. Alentador. Le cambié una y otra vez y terminé por poner Netflix y apagar las luces. Las sábanas se cerraron en torno a mí como nubes y la pantalla cobró vida, siendo el único punto de luz, de intento de vida en la habitación. Era más sencillo vivir las historias por medio de una serie que poner el cuerpo en ello.

Hey angel¡Lee esta historia GRATIS!