Capitulo 7.

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La noche era tormentosa, húmeda y calurosa. Los truenos resonaban en la gran mansión y hasta parecían hacer eco en esas gigantescas habitaciones.

Quizá no había sido una buena idea que le otorgaran a ella la habitación más grande de todas. Preferiría una pequeña y menos aterradora. Una en la que los relámpagos no dejaran a la vista las siluetas fantasmagóricas que se dibujaban en las paredes.

Cuando luego de despertarse, toda sudada por una pesadilla, estuvo más de una hora sin poder volver a dormir, decidió que un vaso de leche ayudaría.

Con el farol en la mano bajó con cuidado de no pisarse el camisón y rodar por las escaleras, y se acercó hasta donde había descubierto que siempre guardaban un poco de leche. No se molestó en calentarla, siempre le habían dicho que de esa forma el efecto era mejor, pero la leche caliente le resultaba asquerosa.

Se sirvió en un vaso, se sentó en un banco y apoyó la cabeza en la mesa. Allí se quedó escuchando como el cielo enviaba su usual castigo a los londinenses.

Pensó en esos quince días que llevaba allí y suspiró rezando para que por la mañana siguiera lloviendo y no tuviese que soportar otra visita. Esas molestias no habían cesado como había creído al comienzo, sino que cada vez eran más. Alguien había dicho una vez que los hombres eran como las ovejas, donde va una, van todas. Y era cierto. Oh, tan cierto.

Y asistir a un par de fiestas más, esta vez sí con Elizabeth y Sebastian, lo habían empeorado. Joseph también iba, y realizaba el mismo trabajo que había hecho en la primera, y era muy lindo por su parte, pero ella deseaba poder pedirle que comenzara a negarse.

En la última a la que había ido, tres hombres la habían incordiado hasta hastiarse, entre ellos George, el hermano mayor de Portia, que era tan molesto y petulante como ella. Y por alguna razón, siempre acaba por encontrárselo. En sus paseos por la ciudad con Beth, en las fiestas y hasta en su casa. Joseph no lo soportaba, como no era de extrañarse, pero para él era fácil ignorarlo, un lujo que Emmie no podía permitirse.

Estaba tan enfrascada en sus pensamientos, que cuando sintió una mano en su hombro casi gritó del susto. Y lo habría hecho de no ser porque se giró con rapidez y pudo distinguir a Lord Thornehill detrás de ella.

—¿La tormenta te ha quitado el sueño? —Preguntó con una media sonrisa—. Creí que te gustaban estos días, algo así como que tenían cierta magia... —Intentó recordar sus palabras exactas de la primera mañana que habían desayunado juntos.

—Así que estabas escuchando después de todo —murmuró ella y se enderezó—. Pero me refería a los días lluviosos. No las noches.

—¿Te asustan los truenos?

—No sé si asustar es la palabra correcta —sonrió con amargura—. Pero odio las noches, estén como estén. Odio el silencio de ellas y mucho más los ruidos que puedes llegar a escuchar. No me molestarían si consiguiera dormirme, pero en noches como estás, siempre me cuesta hacerlo después de una pesadilla.

Eso pareció llamar la atención de él.

—¿Pesadillas?

—No eres el único con problemas para dormir —señaló—. Tengo pesadillas desde los ocho. Todas las noches.

El Marqués tomó asiento a su lado y también se sirvió un vaso de leche.

—¿También te ayuda a dormir un poco? —Preguntó Emmie apuntando con la cabeza hacia su mano.

—Nada me ayuda a dormir.

—Quizá si la calientas... Aunque te aseguro que solo te darán ganas de escupirla, es asquerosa.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)Historias gratis que te encantarán