Primer Capítulo: El Circus. (Editado)

2.4K 85 27
                                    

«Uno debe ir siempre hacia el lugar donde no está señalado.» —Primavera Negra, Henry Miller.

Podía escuchar, tenuemente, el sonido del gas liberándose en mi mano. Escapando de su contenedor de plástico hacia una supuesta libertad. Un simple movimiento de mi pulgar fue lo que ayudó a crear la majestuosa chispa que les dio vida. Las llamas azules explotaron, feroces, en mi mano y ahí las mantuve, como mi mascota, como aquel juguete nuevo que te compran cuando eres pequeño y del cual no te quieres separar ni un solo momento porque temes que desaparezca cuando le quites la mirada de encima. Bajé lentamente el brazo y abrí la mano en el momento indicado, todo para que las llamas escapasen, ahora sí, a la libertad. Pero, claro, no se fueron sin antes envolver mi mano en su tono celeste. Después, desaparecieron sin más, no se podían tomar el tiempo de decir «adiós». Se habían sacrificado para que yo diera un espectáculo decente. Me aplaudieron, todas las personas a mi alrededor estaban sorprendidas, aunque no por ese truco, sino porque nadie podía ganarme en mantener la llama más tiempo en la mano (creo que a nadie le importaba mucho que las llamas fueran azules, mi color favorito, ya que podía hacerlo con cualquier otro encendedor y surtía el mismo efecto en los que presenciaban el juego).

—Debes de tener algún truco —dijo un chico de entre los espectadores.

—No —sonreí—, no tengo ningún truco. Toma —le entregué el encendedor, el chico tenía pinta de ser parte del equipo de baloncesto, ya que era mucho más alto que yo—, libera el gas en tu mano apretando...

—¡Ya sé cómo funciona! —me interrumpió muy enojado.

Colocó su mano en puño, pero sin cerrarla completamente para dejar un espacio en donde sacaría el gas. Oprimió el botón y escuché nuevamente al gas fluyendo, un siseo tenue que ya conocía bastante bien, que podía reconocer en donde estuviera. Giró la rueda con el pedernal y creó la chispa; las lenguas de fuego surgieron al instante, quemando tan rápido los vellos de su mano que fue tan cómico que nadie pudo evitar reír cuando el chico dio un salto en su lugar y comenzó a quejarse porque se había quemado. Me entregó el encendedor y me puso la mirada más intimidante que nadie me había puesto en la vida: la mirada del odio que genera la humillación.

—Truco, ¿eh? —dije, en tono de burla.

—No tientes a tu suerte —me advirtió. Él estaba chupando su pulgar ya que era la zona donde más rojo tenía.

—Tú lo hiciste, no yo.

Me di la vuelta y todos comenzaron a dispersarse, los que se quedaron aún se reían por lo sucedido.

Mientras la gente huía a sus salones, un chico me alcanzó. Tenía el cabello rubio, ondulado y un poco largo. Era de complexión fornida, típica de un jugador de fútbol americano. Ese día Billie llevaba la camiseta del equipo de la escuela con su número bien en grande: «07». Mi mejor amigo era el mariscal de campo y el sujeto más deseado por todas las chicas, lo que a veces era bueno y otras, malo; si yo estaba a su lado, nadie se fijaba en mí.

—Te encanta humillar a los chicos de grados menores, ¿cierto, hermano? —me preguntó.

—Yo sólo debo hacer uno o dos trucos y ellos llegan para humillarse solos —acepté cínicamente―. De algún modo me tengo que hacer de una reputación.

—¿Y, cómo lo haces?

—¿Qué? —inquirí mientras caminábamos.

—Ya sabes, hermano, lo del fuego —Billie movió sus dedos intentando imitar las llamas encendidas—. ¿Cómo es que lo mantienes tanto tiempo en tu mano y no te quema?

Circus: El telón se abre.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora