035 | Rosas ✔

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    Estoy confundida

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    Estoy confundida.
    Demasiado.
    Cierro los ojos e intento aclarar la situación. Sin embargo, lo único que veo son cientos de teorías, signos de interrogación y palabras sueltas sin sentido alguno.
     Tras ver a Malcom con Nancy y su novio decidí darle espacio. Ellos tres probablemente necesitaban hablar y yo no podía aparecer como caída del cielo. Primero porque tendría que explicarles el porqué de mi inesperada llegada, y segundo porque debería enfrentar a Beasley y reconocer por qué hice lo que hice. Además, me preocupaba bastante su reacción.
     Quería esperar que Malcom estuviera solo, y como debía aclarar mis sentimientos y pensamientos decidí irme por un rato a algún lugar tranquilo. Así podría armarme de valor y luego decirle que estaba aquí para apoyarlo, a pesar de que aparentemente no necesitaba de mí. La realidad es que no gasté mis millas para nada, tampoco le oculté esto a Bill y desperdicié mi tiempo en vano: llegué a Merton con un propósito, y a pesar de estar en cierta parte arrepentida por haber venido ya no puedo ni podía dar marcha atrás.
       Terminé en el cementerio, lo cual es bastante tétrico pero comprensible si se lo plantean.
     Sabía que Malcom vendría en algún momento, así me quedé esperándolo. Lo único que no tuve en cuenta, ya que fue imposible adivinar, era que se iba a presentar en un momento tan revelador.
     Un momento como este.
     Volviendo al presente, me encuentro en completa estupefacción. Abro los ojos y vuelvo a encontrar la lápida frente a mí. Gideon Beasley no está muerto, me reitero.
      —Kansas. —Ya no es una pregunta, sino una afirmación.
      Me giro para encontrar aquellos intensos ojos azules clavados en mí. Una mezcla de incredulidad y un sentimiento poco descifrable decoran su mirada, y siento que me torno transparente a medida que pasan los segundos. Un nudo se forma en mi garganta impidiendo que palabra alguna pase por aquella barrera. Pocas veces son éstas en las que tengo cosas que decir pero no puedo hacerlo, me trae tanta impotencia el no poder expresarme que hasta llego a tal punto de enfadarme conmigo misma.
      La leve llovizna aún sigue cayendo, mojando poco a poco nuestras ropas y calándome los huesos. De su cabello rubio gotea agua que se desliza en forma de lágrimas por todo su rostro, que arrasan contra sus cejas y largas pestañas, por el puente de su nariz y hasta sus labios. Es una imagen realmente fría y triste, y si no fuera por la cantidad de enigmáticos sentimientos que surcan sus ojos podría decir que estoy en presencia de algo vacío.
     Sus labios se abren listos para hablar otra vez, pero presiento que no solo dirá mi nombre en ésta ocasión, así que me obligo a tragar el nudo que obstruye mi garganta y fuerzo las palabras, las obligo a salir de su escondite y ver la luz —y tal vez la ira—, de Malcom Beasley.
       —Antes de que digas algo debes escucharme —espeto tomando una bocanada de gélido aire—. Cuando me contaste lo de Gideon solamente pude pensar en lo que significó la muerte de mi tía Jill para mí: algo sin sentido —confieso mientras comienzo a hundirme en el océano de sus penetrantes ojos—. En su momento carecía de sentido que alguien como ella abandonara ésta tierra, y a pesar de que creas que soy un monstruo sin sentimientos, pienso que lo de Gideon sí tuvo sentido. —Su padre probablemente no esté muerto, me recuerdo—. Yo no sabía qué hacer y me había quedado sin rumbo, pero las personas que querían me ayudaron a encontrar el camino que había perdido de vista. Sin embargo, contigo es totalmente diferente, Malcom —mascullo sintiendo cómo las glaciales gotas de lluvia recorren mi rostro—. Tú sabías exactamente qué hacer: subirte a un avión, llegar a Londres para visitar éste cementerio, arreglar posibles asuntos legales  y luego volver a casa para seguir con tu vida. —Él continua inmóvil bajo la lluvia, contemplándome en un mutismo que logra estremecerme—. En ningún momento te faltó valor, firmeza o convicción para tomar tus decisiones o enfrentar la mismísima realidad, y mi punto es que eres demasiado fuerte —explico sintiendo los mechones de mi cabello adhiriéndose a mis mejillas—, Pero hasta las personas como tú necesitan a alguien en quien apoyarse, porque quieras o no somos humanos; no podemos cargar con toda la desdicha, el dolor y el miedo por sí solos. A pesar de que creas que tienes todo bajo control en el algún momento te derrumbarás, y créeme que necesitarás a alguien que te ayude a ponerte de pie —señalo en cuanto una ráfaga de viento surca los aires, golpeándonos—. Tal vez yo me desmoroné primero y tú lograste seguir, pero la caída es inevitable. Y quiero ser la persona que te sostenga, la que necesites para recobrar fuerzas y seguir adelante. —La sinceridad rebosa en mis palabras mientras lo observo—. Ahora puedes comenzar a gritarme, reprocharme o a aniquilarme, de todas formas, ya estamos en el cementerio y te ahorrarías el viaje a la funeraria.
      Los segundos que le siguen a mis palabras son tan lacónicos como inciertos. Estoy estática, esperando ver reacción alguna en rostro. Sin embargo, él sólo se limita a observarme en un completo e inquebrantable silencio. Me gustaría que dijera algo, que se enojara, gritara o por lo menos que aparentara tener algún tipo de sentimiento respecto a esto. Que se moviera también estaría bien. Detesto este tipo de mirada, esa que no dice nada por fuera pero grita por dentro, la que es un enigma ante los ojos de cualquiera.
     Entonces, en una milésima de segundo, está a escasos centímetros de mí. Me siento mareada por un momento, y de alguna forma me falta el aire en cuanto me percato de la cercanía y de su familiar fragancia inundando mi sistema. Si segundos atrás sus ojos carecían de emoción ahora son un tornado de las mismas, se ven en todas partes, formando un auténtico caos al que no se le puede poner orden.
      —¿Viajaste más de diez mil kilómetros sólo para estar conmigo? —inquiere en voz baja y ronca, mirándome con cierto embelesamiento.
     —Teóricamente sí —reconozco—, Pero vine para acompañarte, sólo para eso —aclaro—. ¿Qué parte del discurso no entendiste, Beasley? —inquiero frunciendo el ceño.
      —Creo que lo he entendido todo —murmura antes de levantar su mano hasta mi rostro.
    Siento cómo las yemas de sus dedos rozan mi mejilla, y de forma instintiva me encojo dentro de mi sudadera. En cuanto su palma hace contacto con mi piel estoy perdida. No sé el porqué, pero su tacto se las arregla para ser cálido a pesar del frío y la lluvia que nos rodea. Su pulgar acaricia de forma suave y lenta mi mejilla, y lucho contra el impulso de cerrar los ojos y disfrutar de su toque.
     —No estás enojado por el hecho de que viniera a pesar de que ni siquiera querías decirme qué sucedía en primer lugar —apunto, detestando la forma en que suena mi voz.
     —No todos los días alguien cruza el océano Atlántico por mí. —Ladea la cabeza y reflexiona—. Las chicas suelen perseguirme, pero nunca traspasan el límite del continente. No son tan valientes.
     —Ni tan estúpidas —añado.
      Una media sonrisa eleva las comisuras de sus labios y puedo admitir con total sinceridad que eso en combinación con su mano en mi mejilla logran anestesiar mi parte razonable. Por un momento la lluvia, el cementerio, Merton y hasta Gideon Beasley desaparecen de mi cabeza.
     —Kansas. —Su voz suena más firme, pero eso no hace que su toque se torne menos suave—. En verdad me gustas, y que hayas venido hasta acá con la intención de acompañarme sólo hace que me gustes aún más —confiesa observándome con aquellos intensos y miríficos ojos que tiene.
    Intento dar un paso atrás porque no estoy preparada para escuchar ni aceptar aquello que acaba de decir. La situación se me está yendo de las manos, y eso es algo que realmente no puedo tolerar.
     Una cosa es sentir algo y callarlo, pero cuando lo dices en voz alta todo cambia. La relación entre dos personas ya no es la misma y el panorama tampoco, y como los cambios son inciertos y producen miedo prefiero alejarme, evitar que lo que sea que Malcom y yo compartimos tome un rumbo inesperado. No me gusta sentirme insegura, y con cada palabra que dice está provocando que mi inseguridad aumente.
     Sin embargo, alejarme no parece ser una opción. No para él.
     Su mano libre va directamente a mi cintura y me atrae hacia sí mismo con convicción. Los dedos que antes acariciaban mi mejilla se enredan en mi cabello mojado y de forma instantánea siento que cada fibra de mi cuerpo se estremece. Su agarre es firme, demostrando que no parece querer dar marcha atrás, pero jamás pierde la delicadeza.
Su pecho está prácticamente pegado al mío, nuestros corazones parecen sincronizarse para acelerar sus latidos y golpear uno contra el otro cada vez que laten: están colapsando juntos, volviéndose locos el uno al otro. Siento su aliento a escasos centímetros y soy testigo de la forma en que sus labios quedan entreabiertos.
   Jamás había visto a Malcom de esta forma, tan decidido, espontáneo y con un agarre que podría describir como salvaje. Él no se parece al inglés que explica la comercialización del trigo por diversión, y tampoco al muchacho que le abre la puerta a las ancianas en el supermercado.
      Siempre creí que las personas tienen distintas fases, al igual que la luna. Depende de la circunstancia y la gente que los rodea una parte de ellos se ve iluminada, mientras que las demás quedan en completa oscuridad, ocultas de nuestros ojos.
    Ésta fase del número veintisiete no la conocía en absoluto.
    No hasta ahora.
     —No hay mucho que puedas hacer al respecto —murmura anclando sus ojos en los míos—. Me gustas y nada va a cambiar eso, Kansas—asegura—. Así que tus opciones se reducen a sólo dos: aceptarlo y besarme justo ahora o aceptarlo y besarme después.
     —Eres bastante tonto por asumir que me gustas, y, en el remoto caso de que fuera así, la respuesta sería después —replico de forma automática, y a pesar de que intento transmitir con mis ojos la firmeza de mi decisión, se me hace poco posible dado que mi mirada cae en sus labios.
     —Estás recurriendo a la antífrasis—susurra tan cerca que siento como su aliento se mezcla con el mío. —Dices lo contrario a lo que piensas, es una figura de pensamiento retórica muy recurrente en las mujeres —explica lentamente.
    —Eso es una mierd... —comienzo a decir, pero me interrumpe.
    Sus labios capturan los míos en un beso, y en ese mismísimo instante siento que me convierto en pura, potente e intensa electricidad.
      Sus manos me empujan contra su pecho, sus brazos se tornan pesadas cadenas a mi alrededor y la calidez de su cuerpo me envuelve en un abrazo. El frío, la lluvia y la gélida brisa desaparecen en cuanto ambos nos perdemos en el roce de nuestros labios. Entierro mis propias manos en su cabello húmedo y fresco, mientras que él recorre con sus dedos mi cuello. Su boca jamás se despega de la mía y anhelo que jamás lo haga, el sabor a menta inunda su paladar, pero eso no quita la calidez que posee. Su lengua se abre paso entre mis labios y explora todo lo que tengo para ofrecer.
     Malcom me estrecha contra sí mientras el agua recorre nuestros abrigos y piel, me sostiene de una forma en la que nadie nunca me había sostenido antes. Es una sensación que me cuesta explicar, una donde las palabras no hacen justicia a lo que en verdad me provoca.
    Lo siento en todas partes: su fragancia inundando mi sistema, sus manos acariciándome sobre las prendas y su boca haciéndome perder la cordura.
Es como una droga de la que te vuelves adicto al instante, y me encuentro tirando de él contra mí, buscando más cercanía, porque sinceramente parece que no puedo obtener suficiente de él. Sus manos encuentran el camino de vuelta a mis mejillas y sus dedos acarician cada gota de agua y centímetro de mi piel.
     Nos separamos en busca de aire y aquellos ojos oceánicos parecen resplandecer en el día gris. El azul de su mirada se torna tan intenso que me quita el aliento, es algo cautivante, que combinado con el abismo de sus pupilas se convierte en una imagen que probablemente todos los artistas amarían pintar.
     —Me gustaría que los besos duraran una eternidad —confiesa apartando unos mechones mojados de mi rostro y colocándolos tras mi oreja.
    —Probablemente se me acalambrarían los labios, e ir al baño sería un problema ¿no crees? —Arqueo una ceja—. Supongo que tendrás que conformarte con un par de segundos.
    —Si vienen de ti son más que suficientes.
   Mis labios se curvan ante eso y nos observamos en silencio. Dejamos que nuestros ojos digan todo lo que hay que decir. Nos permitimos olvidar el mundo por un momento, olvidar la realidad y enfocarnos en la persona frente a nosotros.
     Y así, entre sus brazos, me sostiene bajo la lluvia hasta que cesa. Hasta que se asoma el primer rayo de sol.

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