Capítulo 46

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La dama entre el velo


—¡Madison! ¡Con un demonio, abre los ojos!

Por más que le gritaban, la morocha no atendía a sus palabras. Gracias a las luces que había elevado Carter, todos podían ver el macabro espectáculo frente a ellos. Tanto Shaline como Anna seguían inconsiente, la primera con una de sus piernas en un ángulo extraño. Por su parte, Lënn se hallaba tendida sobre su sangre; su pecho subía y bajaba con una serie de movimientos violentos.

Aun y con lo lastimadas que estaban, ninguna se veía tan mal como la jovencita del centro. La piel de Madison había adquirido un tono enfermizo, y sus manos hacía un rato que se había desplomado junto a su vientre, manchadas con el espeso liquido rojizo que emanaba de su ser. Su pecho apenas y se movía, a lo que Carolane tiró de su prisión con todas sus fuerzas, en un intento por llegar a su hija.

Los demás a su lado no eran la excepción, Andrhos hacía lo mismo que la mujer, y los cinco chicos junto a ellos hacían uso de sus espadas u dominios para liberarse. A pesar de sus esfuerzos, aquellos grilletes de sombras resistieron y Aristus se acercó a paso lento a donde se encontraba la chica caída.

—Mira... Se ve que te quieren mucho. Todavía creen que te pueden salvar —, la mujer tomó a Madison del hombro y clavó sus uñas sobre la piel, alzándola como si fuera una muñeca de trapo. Los brazos de la joven cayeron en sus respectivos costados, laxos —. Bien. Creo que con esto es suficiente... No queremos que te desangres hasta morir. El amo nunca me lo perdonaría.

Entre los gritos y rugidos de sus espectadores, la lugarteniente acerco su rostro al de la chica y sus labios comenzaron a moverse a una velocidad impresionante. Sin perder de vista a su objetivo, Elliot alzó su espada y la arrojó a los pies de Aristus. Nada más tocar el piso, esta se volvió agua y el chico aprovechó eso para hacer aparecer toda una serie de afilados picos, los cuales hirieron las piernas de la sombra.

Esta no se inmutó. Siguió susurrando algo que no llegaba a los oídos de los demás, al tiempo que apoyaba la otra mano sobre la herida de la joven.

Otros ya estaban siguiendo el ejemplo del ojiazul, cuando aquel velo obscuro flotó hacia la azotea, deslizándose con movimientos perezosos al tiempo que las esferas de cálida luz amarillenta adoptaban una tonalidad plateada.

Con los ojos casi desorbitados, Andrhos tomó la mano de Carolane y posó sus ojos en la lívida figura de la gobernante. La rubia negó con vehemencia, al tiempo que liberó tres esferas de un extraño material luminoso y las lanzó a aquella tela flotante.

Ninguno de sus proyectiles dio en el blanco, a lo que Aristus dejó salir una fuerte carcajada y volvió a alzar a Madison, poniéndola al alcance del velo. Como si tuviera vida, el trozo de material negro se enroscó en las piernas de la joven y poco a poco fue trepando por su cuerpo hasta cubrirla por completo.

Para ese punto, Aristus ya la había soltado y se había escondido entre las sombras. Su trabajo estaba a punto de terminar, así que solo se dedicó a esperar y observar.

Entre sollozos y gritos, Carolane llamó a su hija una y otra vez, con un tono que puso nerviosos a los chicos y a su acompañante. Andrhos nunca había escuchado aquel tono suplicante en la rubia.

—¡No te alejes! ¡No dejes que te devore! ¡Quédate con nosotros, Madison! ¡No apartes tus pensamientos!

—Olvídalo, Carolane... Esa chica nos pertenece —, de la entrada a la azotea emergió una Yuhëen sonriente. Portaba un adornado vestido verde, así como un brillante abanico para el cabello de oro y piedras preciosas. La álfyr se acercó a la sollozante mujer y deslizó un dedo por el mentón de la rubia. Esta ya iba a responder a la caricia, a lo que Aristus aprisiono sus manos con otros grilletes de material negro—. ¿Nunca te preguntaste como cruzaron las sombras las puertas de Elid?

—¡Tú! —, Andrhos se movió más rápido que la lugarteniente, sacando unas espadas dobles y apuntando con ambas a la guardiana—, ¡Ya me suponía que había un espía entre nosotros, pero nunca creí que sería alguien de la guardia! ¡¿Por qué?!

—¿Tiene que haber algún motivo? —, la álfyr se alejó del grupo y se acercó a Aristus, con los brazos cruzados—. Carolane, ¿de verdad creíste que no iba a reconocer ese collar que llevaba tu hija todo el tiempo?

La rubia alzó los ojos.

—¿Qué collar?

—Como si no lo supieras... En fin. No importa ya. Tú error fue confiar en los seres equivocados, y ahora es tiempo de pagar —, la guardiana liberó una fuerte carcajada de su boca, que Aristus imitó poco tiempo después.

Una tercera voz se unió al festejo, con una risa tal alta que eclipso a las otras. Los brazos de Carolane se erizaron.

—¿Qué pasa? ¿Quién...?

Un par de lágrimas salieron de los ojos de la emperatriz. Intentó llevarse las manos a la cara, pero al ver que el agarre de los grilletes no cedía, bajo la cabeza y sollozó.

—Era un Oidilian.

—Era un Oidilian

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Los ojos de Bithër temblaron. La narendäe sentía una punzada constante a un lado de su cuerpo, y por más que movía la mano y el pie aquel dolor no se iba. Tenía la boca seca y un molesto zumbido parecía haberse alojado en su oído derecho.

Aun y con eso, la guerrera se obligó a abrir los ojos.

—¿Dónde...?

La mujer estiró la mano y tomó el vaso de agua junto a su mesita de noche. Fue ahí cuando su cabeza recordó lo ocurrido en el ataque al pueblo de Rilda.

Bithër se levantó de un tirón, y a pesar de las protestas de su cuerpo, se puso en pie y se acercó a la salida de la sala de curación; sorteando los cuerpos que iban llegando.

Necesitaba avisarle a alguien su descubrimiento, y rápido.

Necesitaba avisarle a alguien su descubrimiento, y rápido

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Cuando las risas cesaron, la otra Oidilian en la azotea alzó la mirada. Frente a ella solo se encontraban Yuhëen y una medio escondida Aristus, no obstante, podía sentir la presencia de otro como ella en el lugar.

Alguien tan amigo como enemigo.

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!