¿Podría describir al asesino con más detalle?

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Bien, ya sabemos que el asesino tiene ojos marrones y cabello largo, castaño, en ondas naturales. Ahora, retomemos mis últimas palabras del capítulo anterior. La descripción puede ser sumamente sencilla o muy compleja. El porqué y el cómo los considero igualmente importantes. ¿Por cuál comenzar entonces?

Los lugares y objetos son fáciles. Les dedicaré un apartado después de acabar con los personajes. Con éstos quiero extenderme al estilo militar: desayunar, comer, cenar, dormir y mear teniéndolos a un lado. Y, hablando del asunto, es con ellos donde se pone más difícil. Un protagonista puede obtener su descripción física (prosopografía) en varios párrafos o un par de plumazos o incluso carecer de ella toda la novela o cuento sin perder su trascendencia. En las novelas de ciencia ficción y fantasía es común caracterizar por razas. Consideremos a los enanos. Son más pequeños que un humano, corpulentos, barbados, valientes, trabajadores y, lo más importante, las mujeres de esta especie también tienen barba y casi nunca salen de las estancias subterráneas; de ahí la creencia de que la tierra los engendra. El rollo va por donde mismo con alienígenos, demonios y lo que gusten. A esto hay que agregar las preferencias estéticas del autor. ¿Ven por qué se complica?

Por si lo anterior no fue suficiente, la descripción requiere un lenguaje expresivo y figuras de retórica, como la metáfora o el símil, además de mantener la verosimilitud porque su objetivo no es sólo mostrar cómo es algo o alguien; persigue deleitar al lector con un efecto estético. O sea, queremos ir más allá del mero estímulo a la imaginación y ofrecer un mundo hecho de palabras. Ahora veremos cómo construirlo.

Supongo que todos los que han llegado hasta aquí no saltaron ninguna lección. De veras espero que no.

Es obvio que gestamos la descripción de un personaje junto con él o ella en la mente. El segundo lugar —primero en el mundo físico— donde la moldearemos es en nuestra ficha de personaje. Todos la recuerdan, ¿verdad? En ese dichoso documento asentamos tanto las características físicas y psicológicas como historias individuales de todos los que participarán en nuestra obra. El chiste de esta papeleta es permitirnos recurrir a ella cuando olvidemos algún detalle, así mantendremos la coherencia a lo largo de los capítulos. Al inicio de mi carrera literaria me sucedió muchas veces que empezaba describiendo a una Lucy Fharb de ojos marrones y a su amiga Arda con azules... para terminar invirtiéndolos dos o tres episodios más adelante. Desde luego, puedes cambiar de opinión y quitar o poner rasgos; pero asegúrate de mantener actualizados tus documentos. Si no sabes de qué rayos hablo, es porque te saltaste la lección "Esto se va a poner feo". Estúdiala y baja la ficha de personaje del link que proporcioné allá.

Reitero el uso de lenguaje expresivo y figuras literarias; así que no recomiendo echar mano del infame copiar y pegar. No es la intención de las fichas de personajes. Sé creativo. Aprende de un profesional que no sea yo y observa el fragmento de Cien años de soledad a continuación.

"De pronto cuando el duelo llevaba tanto tiempo que ya se habían reanudado las sesiones de punto de cruz- alguien empujó la puerta de la calle a las dos de la tarde, en el silencio mortal del calor, y los horcones se estremecieron con tal fuerza en los cimientos, que Amaranta y sus amigas bordando en el corredor, Rebeca chupándose el dedo en el dormitorio, Úrsula en la cocina, Aureliano en el taller y hasta José Arcadio Buendía bajo el castaño solitario, tuvieron la impresión de que un temblor de tierra estaba desquiciando la casa. Llegaba un hombre descomunal. Sus espaldas cuadradas apenas si cabían por las puertas. Tenía una medallita de la Virgen de los Remedios colgada en el cuello de bisonte, los brazos y el pecho completamente bordados de tatuajes crípticos, y en la muñeca derecha la apretada esclava de cobre de los niños- en-cruz. Tenía el cuero curtido por la sal de la intemperie, el pelo corto y parado como las crines de un mulo, las mandíbulas férreas y la mirada triste. Tenía un cinturón dos veces más grueso que la cincha de un caballo, botas con polainas y espuelas y con los tacones herrados, y su presencia daba la impresión trepidatoria de un sacudimiento sísmico. Atravesó la sala de visitas y la sala de estar, llevando en la mano unas alforjas medio desbaratadas, y apareció como un trueno en el corredor de las begonias, donde Amaranta y sus amigas estaban paralizadas con las agujas en el aire. «Buenas», les dijo él con la voz cansada, y tiró las alforjas en la mesa de labor y pasó de largo hacia el fondo de la casa. «Buenas», le dijo a la asustada Rebeca que lo vio pasar por la puerta de su dormitorio. «Buenas», le dijo a Aureliano, que estaba con los cinco sentidos alertas en el mesón de orfebrería. No se entretuvo con nadie. Fue directamente a la cocina, y allí se paró por primera vez en el término de un viaje que había empezado al otro lado del mundo. «Buenas», dijo. Úrsula se quedó una fracción de segundo con la boca abierta, lo miró a los ojos, lanzó un grito y saltó a su cuello gritando y llorando de alegría. Era José Arcadio. Regresaba tan pobre como se fue, hasta el extremo de que Úrsula tuvo que darle dos pesos para pagar el alquiler del caballo. Hablaba el español cruzado con jerga de marineros. Le preguntaron dónde había estado, y contestó: «Por ahí.» Colgó la hamaca en el cuarto que le asignaron y durmió tres días. Cuando despertó, y después de tomarse dieciséis huevos crudos, salió directamente hacia la tienda de Catarino, donde su corpulencia monumental provocó un pánico de curiosidad entre las mujeres. Ordenó música y aguardiente para todos por su cuenta. Hizo apuestas de pulso con cinco hombres al mismo tiempo. «Es imposible», decían, al convencerse de que no lograban moverle el brazo. «Tiene niños-en-cruz.» Catarino, que no creía en artificios de fuerza, apostó doce pesos a que no movía el mostrador. José Arcadio lo arrancó de su sitio, lo levantó en vilo sobre la cabeza y lo puso en la calle. Se necesitaron once hombres para meterlo..."

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