PRÓLOGO

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Siento mis piernas ser arrastradas por el áspero piso frio y agrietado. Mi boca sangra y el gusto de ella me hace toser. Observo hacia mis lados quienes son los que me llevan de los brazos sin cuidado alguno pero la baja luz del lugar y el hecho que llevasen caperuzas me lo impedía.
Caigo al piso tumbado al ser soltado por los encapuchados apenas llego a apoyar mis brazos en el piso para amortiguar mi caída.
—¿Dónde está mi hija? —pregunto apretando los dientes y los puños preparado para pelear por ella si es necesario con o sin fuerza viendo mi estado.
—Yo no creo que quieras que le pase algo. —Se levanta un hombre gordo y robusto de un asiento que apenas se veía en la oscuridad y se para en el único lugar iluminado de la sala por la luz del sol—. Así que guarda tus puños para otra ocasión el destino te quiere de nuestro lado y serás de mucha ayuda en el momento que estés preparado.
—Estaré a sus órdenes pero no le hagan nada. —Logro levantarme apoyando mis manos sobre mis rodillas para mantenerme en pie—. Por favor.
—No le hare nada —dice sonriente que me hace desconfiar.
—La recuperare tarde o temprano —susurro al darse la vuelta y marcharse de la sala.
—¡Tú lo quisiste así amigo! —grita desde afuera de la sala con sarcasmo en la última palabra.

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