Capítulo 5.

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Emmie miró de costado hacia donde se encontraba Joseph y pensó que seguramente él no tendría unos pequeños calambres en las mejillas como ella, por obligarse a sonreír a cada uno de los caballeros a los que era presentada. O los pies, de tanto bailar.

Él ni siquiera había intentado una de las dos cosas. Lo único que había hecho había sido hablar con un montón de hombres de los cuales no podía recordar un solo nombre y permitirles a quienes se lo pedían -que habían sido demasiados-, bailar con ella.

Oh, y claro, la había observado mientras lo hacía. No había despegado sus ojos de la pareja asumiendo al máximo la responsabilidad que Beth y Sebastian había puesto sobre él con tanto fervor. Si tenía que ser honesta, había sido un poco perturbador.

Y ahora se encontraba sentada con un grupo de chicas de su edad, algunas un poco más jóvenes, entre ellas, Portia Davenport.

Portia tenía el cabello rubio al igual que su madre con quien también compartía unos ojos celestes y el mismo carácter arrogante. Lo único que la diferenciaba de la señora Davenport era su belleza, Portia era muy hermosa. Por fuera.

Emmie había aceptado la invitación de esta a pasar el tiempo con ellas, porque estaba intrigada por las razones del rechazo que Joseph sentía hacia ella. Y no había tardado en descubrirlo, Portia era una típica niña rica que creía que el mundo y todo lo que en él se hallaba le pertenecía. Era mala y petulante, y su voz chillona estaba cansando los oídos de Emmeline que deseaba poder escaparse.

—Así que te criaste en una granja —murmuró por tercera vez—. ¿Y quién te educó? Es que simplemente no puedo entenderlo querida, quiero decir, una granja ¿Con animales y todo?

Emmie apretó los dientes. Nunca antes había sentido tantas ganas de presumir su título. Ella era hija de un Conde, y actualmente, la hermana de otro.

—Dije que no es una granja, Portia, que viva en el campo, alejada del ruido y olor de la ciudad, no quiere decir que sea una granja. Es un ambiente mucho más sano y tranquilo. Como una casa solariega, pero de uso permanente. Y tenemos todas las comodidades. Los únicos animales que había, eran unos perros y los caballos en el establo —volvió a fingir una sonrisa e inhaló profundamente.

Estaba harta del interrogatorio y comenzaba a ponerse furiosa. No había hablado con una persona que no dejase de hacerle todo tipo de preguntas, las mismas, una y otra, y otra vez. Incluso los hombres con los que había bailado la habían interrogado, pero la mayoría había dicho más cumplidos vacios que otra cosa. Eran exactamente como Sebastian le había dicho. Peor de los que había conocido alguna vez.

Dudaba mucho que su futuro esposo se hallase allí, entre todas esas personas que había conocido.

Lo único bueno que había sacado de allí era información que consideraba valiosa para Joseph. Portia pensaba que si ella podía lograr que los encontraran, al Marqués y ella, en una situación comprometedora, él se vería obligado a casarse con ella por cuestión de honor. Según Portia, no había otra salida, dado que él no parecía tener prisa para pedírselo.

Las chicas eran tan cotillas, pensó. ¿Cómo pensaban que contarle eso, justo a ella, iba a ayudar? O quizá lo que menos querían era ayudar a Portia.

—Vivir con el Marqués debe ser increíble ¿no? —Preguntó otra que si no se equivocaba, era Lady Margarite—. Puedes verlo todo el tiempo, y hablar con él. Oh, qué envidia.

Emmeline vio a la rubia escondiendo su enfado. Era seguro que estaba más que celosa.

Como si Emmie estuviese interesada en Joseph.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!