Prólogo

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-Yuri-

Tras la muerte del famoso patinador Víctor Nikiforov, Yuri Plisetsky se deprime, pues a quien creía el «amor de su vida» acababa de morir.

Para él la vida ya no tiene sentido. Ya no vale nada, y ¿El patinaje? Solo se había adentrado en ese mundo por Víctor. ¿Su carácter fuerte? Se fue a la mierda, todo era para llamar su atención. ¿Su existir? Le valía lo mismo, sin Víctor nada tenía sentido.

Nada.

En su velorio, veía la cara pálida de su amado, la cual antes estaba llena de alegría. Él mismo había organizado el funeral para Víctor. El mayor le había contado de la muerte de sus padres cuando esté aún era un pequeño.

Sollozaba y pedía a gritos a su amado Víctor, ya nada le importaba. Le daba igual si justo en ese preciso momento a los dioses se les ocurría mandar un rayo, que de un solo golpe acabaría con su miserable vida y así poder estar con el difunto.

-Yuuri-

Se sintió mal. Se culpó por alegrarse del sufrimiento ajeno. Eso estaba mal. Yuri estaba solo, tenía el camino libre, pero, no se atrevía a acercarse. En el velorio, al que prometió asistir, solo pudo observar de lejos al de ojos verdes. ¡Oh, cuánto deseaba poder acercarse! ¡Cuánto anhelaba abrazar al rubio, y decirle que no estaba solo!

Pero no podía. Tenía miedo. Miedo al rechazo. Miedo a lo que le diría el menor.

Por mucho que su mente y corazón pedían a gritos ir hacia el rubio sus piernas no se movían, tanto que parecía que le habían crecido raíces en las plantas de los pies.

Quería morirse ahí mismo. Él no poder ayudar a su querido Yuri le daba rabia e impotencia.

Se sentía tan triste, enojado, feliz. Tantas emociones a la vez le daban vueltas en la cabeza. Se preguntaba, ¿Sería que el rubio le daría una oportunidad?

 Se preguntaba, ¿Sería que el rubio le daría una oportunidad?

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