Paso 1: Observa a las parejas a tu alrededor.

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La chica sale de la ilusión cuando llega otro cliente a hacer su orden. Está sonrojada. Se aclara la garganta antes de tomar la orden y cuando lo hace, da la impresión de que su voz suena más feliz. Un poco más chillona, más viva. Después, desde el mostrador le dirige a su compañero una sonrisa tímida que dice "gracias".

—¿Lo ves?—vuelve a decir Kendall—. Están enamorados. Los enamoramos.

Y le brillan los ojos cuando lo dicen. Le brillan de contento.

—Lo único que ha pasado es que chasqueaste los dedos. A ella se le fueron los lentes y él le ayudó a recogerlos. Es obvio que a él le gusta ella, pero no tienen nada que ver una cosa con la otra.

Él alza una ceja.

—¿Estás segura de eso?

—Por supuesto.

—De acuerdo—se acomoda en su lugar—. Ponte cómoda. Nos quedaremos hasta que ellos salgan. Ya verás que ella lo invitará a salir.

Ella lo mira pasmada.
—Debo estar en mi casa a las ocho.

—Aquí cierran a las siete, no hay problema.

Ella toma su móvil y comienza a teclear. Él la sigue mirando raro.

—Debo asegurarle a mi madre que sigo viva—menea su celular—. Sentada junto a un loco, pero viva.

—Deberías mandarle para que vea tu ubicación actual en el WhatsApp. Nunca se sabe. Hay muchos secuestros hoy en día.

—Eres un maniaco muy considerado. Qué amable.

Él vuelve a sonreír. Y pide otros dos helados de zarzamora.

Para las ocho, Cecilia se entera de que Kendall no tenía ni la menor idea de quién era Kendall Schmidt, que en realidad sí tiene muchas choradas interesantes que decir (que no dejan de ser choradas) (pero tampoco dejan de ser interesantes) y que él de verdad se cree que entrena Cupidos a medio tiempo. Y la idea ya no le parece tan descabellada cuando escucha que la chica del mostrador le pide al salvador de sus anteojos que la acompañe al cine el fin de semana.

—¿Cómo hiciste eso?—pregunta.

—Los he visto por bastante tiempo. Sólo les di un empujón. Paso número para ser Cupido: Observa a las parejas a tu alrededor. Y a todas las posibles parejas.

—A ver, espera—lo detiene ella. Están fuera del local. Comienza a anochecer. A ella comienza a tranquilizarle de verdad haberle mandado su ubicación actual a su madre—. Júrame por Dios que esas personas no eran amigos tuyos.

—Te lo aseguro—dice serio.—Podemos volverlo a hacer si quieres con cualquier personas que se cruce en nuestro camino de aquí a tu casa.

—¿Me acompañarás a mi casa?—pregunta Cecilia. En su basta experiencia en citas, nadie había intentado acompañarla a casa. Bueno, Eric Taurus no había intentado acompañarla a su casa.

—Claro— ya estaban caminando en la misma dirección—. Puedes elegir a las personas pero sé prudente—argumentó—. Por ejemplo, no me obligues a enamorar literalmente a esa anciana de su gatito.

A ella casi se le sale la risa. Casi. Y se pregunta si sería demasiado tomarle del brazo como ayer.

Observa a todos a su alrededor. El Sol (lo poco que queda de él) alumbra un parque cercano. Hay vendedores ambulantes, un chico paseando a su bulldog, una chica leyendo en una banca, una pareja joven haciéndose mimos bajo un árbol, unas bailarinas locales practicando una rutina y un mimo. Considera todas sus opciones.

—Mmm... Quiero que juntes a la bailarina castaña con el mimo—declara finalmente.

—Hay dod chicas castañas.

—La de amarillo.

Él se lo piensa. Los observa por un par de segundos y accede.

—Buena elección—consiente. Y chasquea tres veces seguidas.

La bailarina se tropieza y cae en medio de la canción. El mimo pone cara de espanto y deja de aparentar que están atrapado dentro de una caja invisible para tenderle la mano. Ella luce apenada y el no habla, pero con un gesto la hace reír. Él señala su sonrisa y asiente en repetidas ocasiones. Después hace un puchero y niega varias veces con la cabeza. Ella le regala una sonrisa gigante, le da las gracias por la ayuda y le deja unas cuentas monedas en el gorro. Cada quien vuelve a lo suyo, pero se lanzan miradas. Miradas palpables.

Cecilia está estupefacta.

—Eh—le dicen por detrás—. Faltan diez para las ochos.

—Tengo un límite de quince minutos—lo calma ella—. Quiero saber cómo termina esto.

—¿Ya me crees?—pregunta él.

—Creo que ellos dos harían bonita pareja—responde.

—Yo también. Y creo que lo harán—concuerda él—. Pero yo sí debo volver para antes de las ocho—confiesa—. Mañana hago turno en la mañana.

—Claro, en el ministerio del amor— y por un segundo, se sorprende de no escuchar sarcasmo en su propia voz.

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