Paso 1: Observa a las parejas a tu alrededor.

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Va con unos vaqueros y una blusa naranja, aferrándose a su bolsa de mano como si le fuera la vida en ello.

Está nerviosa y lo sabe y detesta saberlo.

Al final decidió irse sencilla, por si las moscas, por si en realidad es un lunático, pensó. O por si le dejaba plantada, que los demás no pensarán que le había importado tanto como para ponerse sus mejores trapos.

La verdad era que hacía mucho no salía en una cita.

Ni siquiera había tenido demasiado citas.
En realidad, sólo había tenido dos.
Y una acabó en desastre y en otra sí la dejaron colgada. Así que bueno, en teoría sólo era una, pero a ella no le gustaba admitirlo en voz alta.

Cuando está a media cuadra de la nevería se piensa volver a su casa, pero para cuando para cuando decide hacerlo ya había cruzado el umbral del puerta y él estaba ahí sonriendo, esperándola.

—¡Hey!—le dice. Tiene embarrado en la camiseta algo color morado.— Me he pedido una nieve de zarzamoras, pero no estaba muy seguro de qué querías tú así que decidí esperarte. ¿Qué te gusta a ti?

—Quiero uno de Mirella con plátano y nuez. Con chispas de chocolate.— Su voz es monótona.

—Qué especifica.

—Es mi favorito—explica ella—. Siempre pido lo mismo.

Al cabo de seis minutos, ambos están sentados en una mesa cercana a la caja sin nada qué decir. Ella tiene muchas preguntas. Las repasa todas mentalmente para asegurarse de que ninguna suena demasiado estupida antes de enunciarlas:

Así que helado de zarzamora, ¿eh? ¿Kendall como el cantante? ¿Vienes aquí muy seguido? ¿Por qué me invitaste a salir si no tienes nada interesante que decirme? ¿De verdad te crees que eres Cupido?

Cuando está a punto de arriesgarse con la pregunta de su nombre, él rompe el silencio. Ella le da gracias al cielo.

—Supongo—dice él raspando el fondo de su vaso con la cuchara— que te preguntarás qué hacemos los dos aquí y por qué ayer me comporté un poco zafado.

Ella se encoge de hombros.

—Tal vez estés un poco zafado—le dice ella.

—Quizás—accede él—. Pero debes saber que todo lo que te dije ayer fue verdad. Te cité hoy para demostrártelo. Con calma.

—¿En una nevería?

—Exacto. Llevo semanas viniendo, creo que sería un buen lugar para empezar—declara enderezándose. Ella tacha tres preguntas de su lista mental. —¿Ves a los dos chicos en caja?

—Sí.

Evidentemente, sí.

—Me parece que a él le gusta ella—declara apuntándolos con un gesto alzando la ceja—. Nunca le puede quitar los ojos de encima. ¿Te da misma impresión?

No sabe por qué no le dice que olvidó que tenía una tarea pendiente, que debe irse, que desesperadamente debe irse en cuanto antes. En cambio, de su boca sale un:

—Completamente.

La sonrisa de él se ensancha. A ella le asusta (pero le gusta que así sea).

—Bien—dice él—. Mira lo que voy a hacer.

Y chasquea un su dirección.

Una.
Dos.
Tres veces.

A la muchacha en el mostrador de repente se le caen los anteojos. En serio, de repente. Vuelan directamente hacía el chico y él se apresura a por ellos. Cuando ella los coge y los pone de regreso a su lugar (a su cara) se quedan viendo como si nunca se hubieran visto antes (aunque claramente él ya se sabía su rostro de memoria). Se miran como si fuera la primera vez y no hubiera nadie más en el mundo.

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