Capítulo 2: En soledad esperarás

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Esta vez, de haber tenido la fuerza suficiente, como los superhéroes de las series, Paz habría hecho un hueco de su tamaño en la pared cuando lanzó la mochila al entrar a su cuarto.

Se lanzó a la cama y ahogó un grito dañino para la garganta con la almohada mientras que golpeaba el colchón con todas sus fuerzas. Cada martes era lo mismo con el maldito profesor de Matemáticas.

Cada vez que la veía haciendo algo, fuera lo que fuera le restaba puntos, le ponía trabajos extras, la castigaba sin dejarla salir a los recesos, y más de una vez Paz pudo verlo riéndose.

Tenía la suerte de que sus padres no estaban allí con ella, de lo contrario tendría que tragarse la ira asesina que tenía adentro. Odiaba que alguien la viera así de iracunda, no era lo mejor si quería triunfar en la escuela.

No era una chica solitaria ni nada, solo una más del montón. Y ella no quería eso, Paz sabía que tenía que destacar y ser popular. Que sus padres o alguien la viera dando gritos que destruían su garganta no sería la mejor forma de lograrlo, o al menos, no la popularidad que quería.

Estuvo allí un buen rato, gritando y golpeando la cama hasta que sintió que no podía seguir más, que había sacado casi toda la rabia que tenía encima. Se levantó de donde estaba, tomó aire, respiró tranquila por unos segundos para recuperar la compostura y fue a comer.

Igual que cuando estaban cuando ella llegaba, sus padres le habían dejado la comida en el microondas. Paz se relajó al ver un plato de pasta, al menos así podría comer algo que realmente le gustaba. Programó unos dos minutos para recalentarla, y mientras tanto, se fue a lavar la cara para terminar de olvidarse de su mañana.

Ese día pasó más lento que el anterior. Tenía un montón de tareas encima. Practicar para dos exámenes, investigar unas cosas para la clase de castellano, practicar un tema de inglés, ayudar a unas amigas con lo mismo... ¡con un demonio, era demasiado!

Sacó los cuadernos para tener a la mano los temas de castellano y los ejercicios para el examen de matemáticas. Mientras leía en la computadora, buscando lo que necesitaba, practicaba las operaciones que iban para la evaluación, además de tener un poco de música de fondo para no pensar tanto en lo que tenía encima.

Castellano fue pan comido, salió de esa materia en cuestión de minutos. Copió, pegó, arregló el documento en Word y lo imprimió. Matemáticas era otra cosa, otro nivel. Las malditas operaciones no salían bien y siempre le daban resultados errados.

Se suponía que no darían decimales en ninguna de ellas, pero casi todas los tenían. Buscó ejercicios más sencillos en internet, tutoriales de cómo resolverlos, con el fin de memorizar las fórmulas, pero tampoco fue de mucha ayuda.

Decidió dejarlo de lado por el momento. Su madre era buena con los números, solo esperaría a que volviera. Úrsula se veía más que irritada ese día en el colegio, así que prefirió dejarla tranquila. Podía ser un amor cuando estaba de buenas, pero de malas era mejor tenerla lejos.

Se concentró en inglés mientras esperaba. No debían tardar mucho. Los ejercicios eran fáciles, corregir algunas oraciones, identificar la forma de los verbos y trabajar con el mal bendecido verbo "to be". Llevaban viéndolo desde el primer año de primaria, y aun así su grupo aún no lo manejaba como se debía. Si las cuentas no le fallaban, era un total de ocho años, nueve con ese, el tercero de bachillerato.

Terminó pronto y comenzó con el examen de historia. Sus amigas vendrían en poco tiempo, seguramente le avisarían cuando llegaran, así que se tomó unos minutos para poner la casa decente, darse un baño rápido y relajarse.

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