» III. Tercer Relato

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El insistente golpeteo de la cama y de sus pieles chocando, sumado a los sensuales jadeos, era todo lo que se escuchaba dentro de la habitación.

No hablaban, demasiado concentrados en tocar cada centímetro de piel del otro, sintiéndose, rozándose, mordiéndose, besándose.

Eiren estaba desesperado. El celo lo había pillado desprevenido cuando caminaba de vuelta a su departamento, golpeándolo con tanta fuerza, que no halló más opción que buscar a un alfa que estuviese dispuesto a ayudarlo.

Y entonces unos intensos ojos verdes habían invadido su cabeza.

Había conocido a Lot en un pub, cuando sus amigos habían insistido en que debería salir más, relajarse más. Lot era amigo de Teo, a quien conocía desde que eran pequeños, y a quien consideraba su mejor amigo. Poco tiempo después se había dado cuenta de que el alfa vivía en el mismo edificio que él. Habían sido practicante vecinos todo ese tiempo.

Eiren gimió cuando sintió un suave roce en uno de sus pezones. Lot lo acariciaba suave e insistentemente con su pulgar, haciendo círculos sobre la sensible protuberancia. Su boca ocupada en su cuello, sus dientes raspando la piel erizada bajo sus labios, mordiendo, chupando y besando. Tenía la intención de marcar cada rincón del delicioso cuerpo de Eiren, advirtiéndole a todos que ese precioso omega le pertenecía, y no dudaría en patearle el culo a cualquiera que se atreviera a tomar lo que era suyo.

Jugó con el pezón hasta que se volvió duro bajo su toque, trasladándose hacia el otro que vibraba con anhelo, esperando sus caricias.

Lot había estado loco por Eiren desde mucho antes de que se conocieran. Lo había visto un día saliendo de su apartamento -que estaba a un par de puertas de la suya-, y se había sentido fascinado por su olor, y porque era el omega más bonito que había visto en su vida. Sus grandes ojos azules, sus pestañas largas y abundantes, su boca llena y rosada, el cabello castaño y corto, su mandíbula definida y suave, y una pequeña y respingona nariz.

Mierda, ¡y sus curvas! A Lot no le importaría perder el control en cada una de ellas. Y ahora que lo tenía en sus brazos, gimiendo y retorciéndose, rogando por su toque, era justo lo que iba a hacer.

Gracias a Dios por Teo. Él debía recordar darle el mejor regalo de cumpleaños, Navidad, Año Nuevo y de todas las festividades del año por lo que a él respectaba. El omega era un trozo de cielo.

Con reticencia dejó el cuello del omega, quería seguir allí un rato más, pero también quería lamer y besar otras partes de su cuerpo. Era desesperante. Lo quería con tanta fuerza, que sentía que no podía tener suficiente. Quería besarlo profundamente en la boca, enredar sus lenguas juntas y explorar cada recoveco de su caliente y húmeda boca, chupar la lengua ajena y morder sus abusados labios, pero también quería chupar y lamer sus pezones, probar la dura y sedosa erección que descansaba en su abdomen con presemen fugándose por la punta. Su boca se hacía agua cuando pensaba en enterrar su rostro entre las dos redondas y firmes nalgas del omega, quería tan desesperadamente lamerlo ahí, probar su lubricante, beber de él.

Dios, estaba tan jodido.

—Por favor, por favor –jadeó Eiren, cerrando sus ojos y arqueando su espalda buscando más del alfa, estremeciéndose de deseo y necesidad. Levantó las caderas y comenzó a frotarse contra el muslo de Lot, queriendo desesperadamente tener un poco de alivio. Gimió cuando su palpitante dureza  fue envuelta con los dedos grandes de su amante, abrió los ojos y se sintió sofocado por la ardiente lujuria que oscurecía los verdes ojos del alfa. No pudo retener el fuerte estremecimiento que la intensa mirada le provocó, su entrada contrayéndose dolorosamente, escurriendo tanto lubricante, que estaba seguro que las sábanas estarían húmedas con su esencia.

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