Capítulo 11 - 8 de Enero: Aire libre

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Era por la luz, claro. Porque Suburbia nunca tenía nubes blancas o grises y nunca tenía humedad en el aire, en la respiración y en la tierra. Al caminar por la calle en Utopia, Rea podía notar las gotas microscópicas adhiriéndose a su piel, rodeándola, intoxicando sus poros acostumbrados al desierto. Jamás había sido tan consciente de su piel como ahora que podía caminar por la calle a cara descubierta, el pelo cosquilleándole la nuca y las mejillas libres de crema solar. Cuando salían de casa por la mañana y atravesaban el parque hasta la parada del tren había agua, agua de verdad en el césped, y al final del paseo sus zapatillas de lona siempre estaban húmedas. Cuando se descalzaba al sentarse en el tren tenía los dedos arrugados y blandos igual que los de un bebé increíblemente viejo. La primera vez que llovió estaba en la habitación de empaquetado cuando unas gotas gordas como escupitajos empezaron a golpear la pared, y la impresión hizo que dejase pasar tres cajas, detenida en la línea de producción como una estatua de alabastro. Sabía que la lluvia en Utopia no quemaba, pero treinta años de instinto seguían retorciéndose ante la imagen de la gente en la calle, caminando como si nada bajo una cortina inofensiva que hacía crecer las plantas. La sexta vez apretó los puños, dejó la cena en el plato y salió al círculo de portales de su urbanización, decidida a que la lluvia de los cuentos de su infancia se encargase de disolver un miedo tan arraigado y lógico que ni siquiera podía catalogarlo como temor. No había dicho nada durante unos minutos. Después, cuando su cabello se había vuelto oscuro y tiritaba de emoción, se había vuelto a Bastian, parapetado tras las puertas de cristal del portal, y lo había sacado a rastras sólo para poder comparar impresiones.

Se acordaba con todo detalle mientras el tren empezaba a abandonar el centro. Notaba la progresiva desaceleración del descenso a las afueras de UC en el estómago y en lo cerca que las casas estaban de repente, pero ni siquiera cuando llegaron a nivel del suelo dejó de haber luz. En Suburbia cuando entrabas a la sombra entrabas al frío. Allí la luz era cegadora y sin ambages y la sombra era oscura y se comía los colores. Rea se apoyó un poco más en la ventana, estirando las piernas hacia el asiento de Bastian, derramada contra el cristal como un muñeco impasible, y levantó la mano para observar el brillo de la tela sintética en la luz cambiante del tren de alta velocidad. Parecía algo líquido. Había experimentado mucho con el agua en casa, con el mismo cuarto de litro, recogiéndolo cuidadosamente, empapándolo en distintas telas, oliéndolo por la mañana y por la tarde o molestando su superficie con cuentagotas y observando las ondas chocar contra las paredes del recipiente. Las ruedas del tren se acoplaron a la vía con una ligera sacudida y Rea entrecerró los ojos. Ladeó la cabeza para mirar un poco al techo, las pupilas saturadas, y algunos mechones de pelo le cubrieron la cara, se deslizaron por el cristal. Un segundo después la sombra de Bastian se movió de su asiento y entró en su campo de visión para apartar un mechón y acariciarle el cuello en silencio. Rea no le miró y apoyó la barbilla en la mano, tapándose la boca a medias.

—Quiero una bicicleta —le dijo al cristal, donde se dibujó un círculo de vaho. Tanta respiración para una marca tan pequeña, pensó. Tantas sesiones de aeroterapia para un aumento de la capacidad pulmonar del cinco por ciento. Su terapeuta decía que era un progreso extraordinario para alguien que había vivido en las Nethers toda su vida. Que a ese ritmo en un año quizá alcanzaría el noventa por ciento necesario para una bicicleta en lugar del tren.

No tenía un año para perderlo en entrenamientos y quería poder correr por diversión y montar en bicicleta para ir al trabajo como hacían los utopianos nativos, y no tener que coger un tren blanco y aséptico como un contenedor de residuos junto con todos los demás inmigrantes cuyos pulmones estaban tan asfixiados por el aire hostil de las Nethers que incluso caminar resultaba penoso.

            Bastian se limitó a enrollar el mechón de pelo entre los dedos. Bastian no dijo nada porque, si le prometía una bicicleta, Rea sabría que no tenía poder para hacerlo, y si le recordaba que primero tendría que entrenar hasta caer rendida estaría señalando algo obvio y presente en la mente de ambos. No era su estilo. La mano de Bastian se deslizó hasta su hombro y se quedó allí como un peso familiar y agradable conectándola con la realidad del tren, sus superficies y el hecho de que su viaje tenía un objetivo.        

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