Capítulo 1

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Capítulo 1: Haz las maletas

—¿Me tomas el pelo? —le pregunto a mi padre, incrédula.

—No, cariño, estoy enamorado de esa mujer y me gustaría que la conocieras —suspira. —Algún día tenía que rehacer mi vida, ¿no?

—¡Claro que sí, pero lo que no puedes es, por las buenas, ir a vivir con una desconocida! —me altero.

No sé que he hecho mal en esta vida. Dios, siempre he tratado de ser buena persona y mejor hija, y parece que siempre me vienen las peores cosas de sopetón; soy la tonta que nunca se entera de nada hasta que no le toca soportar las consecuencias.

Ahora, se supone que me tengo que mudar con mi padre a Los Ángeles con una desconocida y su hija; todo por un romance suyo pasajero. Menudo fastidio.

—Ya basta, Laura —dice mi padre y pone sus manos sobre mis hombros. —Soy tu padre, eres menor de edad y sin mi consentimiento no puedes hacer nada sola, así que vendrás sí o sí; seguro que todo va bien —decide con una sonrisa. —Haz las maletas, salimos mañana.

Con eso, y dejándome boquiabierta, se va a su habitación.

Toma ya.

(...)

Tras hacer las maletas, respirar profundo, volver a revisar las maletas y respirar muy profundo una vez más, me pongo el pijama y me tumbo agotada sobre la cama. Estoy enfadada con mi padre, hoy no bajaré a cenar.

No ha sido mal padre... Pero nunca me ha prestado mucha atención, y justo ahora que ha conseguido superar toda esa mala racha, su atención irá a otra mujer.

Maldita sea.

Seguro que solo quiere a mi padre por su dinero, o su belleza. Digamos que, aunque soy su hija, se puede decir que mi padre es un buen candidato a sus 42 años.

No sé ya ni qué digo. No debería de pensar estas cosas, pero realmente me enfurece esta situación, y lo último que me apetece ahora mismo es mudarme con esa gente.

Despierto al día siguiente gracias a la alarma. Son las 7:00, tengo media hora para alistarme y a las ocho tomar el vuelo rumbo a mi perdición. Seguro que en esa casa son un par de sádicas, como en Cenicienta, y me torturan limpiando el váter o masajeandoles sus enormes pies.

Me doy una dicha rápida sin mojarme el pelo y me visto con una camiseta veraniega blanca bajo una remera del mismo color sin broche, unos shorts estampados y unas sandalias con poco tacón.

Me doy una dicha rápida sin mojarme el pelo y me visto con una camiseta veraniega blanca bajo una remera del mismo color sin broche, unos shorts estampados y unas sandalias con poco tacón

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Me peino y salgo sin maquillar de mi habitación. Mi padre ya está desayunando en el comedor y yo me uno a él.

—Buenos días —saluda con una amplia sonrisa.

No voy a negarlo, me gusta verlo feliz.

—Para ti —contesto y ruedo los ojos.

—Cariño, estoy seguro de que tu vida será mejor en Los Ángeles —come de sus tostadas. —Aquí no tenías ni un amigo.

Eso duele.

—Como digas —digo y veo una expresión de disgusto en su rostro.

Para tranquilizarle, decido sonreírle y acariciar su mano.

Con éxito.

(...)

Mi humor había mejorado mientras subíamos al avión. Pero las turbulencias y las 10 malditas horas de viaje me han puesto de malas.

Estamos en el taxi surcando el más lujoso barrio de Los Ángeles. No me extraña, mi padre es adinerado y dice que la mujer esa (Cassandra) es una reconocida modista de lencería. Vamos, que ambos han pegado el braguetazo.

Nos detenemos en frente de una hermosa mansión blanca (con piscina) y mientras mi padre paga, sale, y va a hacer... lo que sea, yo me quedo unos segundos más dentro del taxi respirando hondo.

Si, eso viene bien.

—Suerte —dice el taxista.

—Gracias —suspiro y salgo del taxi.

Me encuentro con mi padre y con una linda señora en frente de mí, besándose, como un par de jóvenes enamorados. Como yo nunca he hecho aún.

Qué triste.

Carraspeo y ambos se detienen, me miran.

—¡Laura! —exclama con entusiasmo la que supongo que será Cassandra, dándome un acojedor abrazo.

—Cassandra —digo con una fingida sonrisa. —Hola —solo se me ocurre eso.

—Ordenaré que lleven las maletas a tu habitación. Vamos, te enseñaré la casa y nos conoceremos un rato —dice tomandome familiarmente del brazo y adentrandome en la lujosa casa.

Es maja. Qué digo. Es la mujer más agradable que he conocido en estos tres años y pico, tras la muerte de mi madre.

Me ha enseñado la casa casi entera. Tiene 43 años, es poco más mayor que mi padre, y dice que el amor no tiene edad, algo con lo que estoy de acuerdo. Se conocieron en un viaje de negocios y han estado hablando este tiempo, y yo sin enterarme de nada.

También tiene una hija de 20 años, se casó embarazada a una corta edad, pero las cosas no fueron bien. Él era una mala persona, por lo visto. Su hija se llama Lucy y es una de las jefas en la gran empresa de lencería de Cassandra.

—Linda, ¿quieres subir a ver si Lucy está en su habitación? —pregunta con su sonrisa. —Deberías de conocerla, y así yo ayudo a tu padre con la mudanza y demás.

—No lo sé... —murmuro, me da vergüenza, ¿y si no me quiere conocer?

—Ve, al fin y al cabo dentro de poco seréis hermanas —comienza a alejarse. —Segunda planta, la tercera puerta a la derecha, al lado de la tuya —se va.

Subo a la habitación algo nerviosa y doy tres toques a la puerta.

Sin respuesta.

Doy tres más y espero, pero nadie contesta. Finalmente decido irme de ahí, pero cuando me doy la vuelta la puerta se abre de golpe.

Una chica de pelo castaño y unos profundos ojos azules me mira de arriba abajo con el ceño fruncido.

Por cierto, está vestida con una diminuta toalla que rodea su cuerpo.

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¡Hola! Espero que os haya gustado el primer capítulo.
Gracias por leer y hasta la próxima❤

Lucy en multimedia❤ (Miranda Kerr)

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