Prólogo

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Érase una vez un joven como cualquiera

Érase una vez un joven como cualquiera... bueno, tal vez no como cualquiera, su padre había abandonado a su familia desde hacía varios años y su madre se había rehusado a dejar su vida de señora rica y prestigiada, el dinero se les estaba acabando después de algunos años de despilfarro desconsiderado por parte de las dos mujeres de la familia.

Aquella tarde, cuando Desya fue llamado por su madre con "urgencia", sabía que no podía deberse a otra razón más que al dinero, ese que nuevamente les escaseaba.

— ¿Me llamó madre?—el joven primogénito de la familia no vestía las ropas acordes a su clase social como lo hacían sus hermanas, éstas aunque pulcras y en buen estado tenían una calidad inferior.  En comparación  resultaban pobres y patéticas. La diferencia tan marcada entre madre e hija y el único varón era tan marcada que había llegado al punto de hacer creer a la gente que el joven y atractivo muchacho no compartía sangre con la dama. 

La condesa de Friggs trataba a su hijo como si fuese un sirviente más, era notoria la evidente predilección que tenía por su hija menor, la preciosa Serena. La menor de los Friggs era una muchacha castaña de ojos marrones, con rostro inocente, redondas mejillas, ojos grandes y boca pequeña, la imagen de un verdadero ángel y el corazón corrompido por la ambición.

Cuando habían llegado al pueblo, Desya ya tenía un año así que nadie había visto encinta a su madre, por lo que no era raro escuchar rumores sobre su ascendencia.

—Desya... tu aspecto es una vergüenza como siempre— la mujer le vio levantando el rostro dirigiéndole una mirada de desaprobación, frunciendo los labios y arrugando la nariz.

La dama  no profesaba el natural amor que experimenta una madre por su hijo, al contrario siempre que lo tenía enfrente tenía que soportar su desagrado, aquellos ojos, aquel cabello rubio, incluso los mismos gestos de un estúpido soñador ¡era igual al desgraciado de su padre!

— Pero qué le vamos a hacer- bufó abriendo su abanico y tomando aire por la nariz para mantener la calma- Después de todo, eres tan solo tú...—añadió despectivamente, abanicando su rostro y desviando la mirada para evitar verlo.

 Desya sólo apretó un poco los puños ante sus palabras y tomó aire lentamente cerrando los ojos, que estuviese acostumbrado al trato frío y cruel de su madre no quería decir que doliera menos. No tenía idea de por qué lo detestaba tanto y de no ser por su asombroso parecido con las pinturas de su padre a su edad, él mismo dudaría de ser en realidad su hijo.

— Desya, el dinero se nos está acabando— la mujer habló con impaciencia, caminando hacia su sillón favorito y colocando una mano en el respaldo, dándole la espalda.

—Lo sé—le aseguró y la mujer lo miró molesta.

—¿Y qué piensas hacer?- exigió saber cerrando el abanico y señalándolo con él- Eres el hombre de la casa, tu obligación darnos a tu hermana y a mi una vida digna, por lo menos para eso podrías servir- le miró de arriba abajo, reiterando con su mirada de desapobación que no parecía ver nada de valor en él. 

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