Prólogo

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Aria

La primera vez que asesiné a una persona tenía trece años.

Sucedió una calurosa noche de verano en la cual mis hermanos y yo estábamos solos en casa. Dos ladrones armados irrumpieron sigilosamente y mientras uno registraba cada habitación, llevándose cualquier objeto de valor que encontraba; el otro nos intimidaba con violentas amenazas.

Los tres estábamos en el suelo de la sala, amarrados de manos y pies y con cintas adhesivas cubriendo nuestras bocas. El ladrón encargado de vigilarnos nos apuntaba con su pistola. Pero cuando el bebé empezó a llorar desconsoladamente, gritando a todo pulmón, el hombre frente a nosotros enfureció.

Al mismo tiempo que estiraba los brazos en su dirección, me liberé de las cuerdas que ataban mis manos y salté sobre él. La caída fue dura y rodamos por el suelo causando alboroto. Los muebles se cayeron y las cosas se rompieron a nuestro alrededor.

Intenté levantarme y alejarme, pero el ladrón me abofeteó con tanta fuerza que mi cabeza chocó contra la pared. Aturdida, corrí a la cocina y tomé un cuchillo largo y afilado. Me escondí detrás de la puerta sobre la encimera y esperé a atraparlo en mi trampa. Cuando entró en la cocina y registró el lugar, buscándome con su espalda descubierta, salté y me aferré con garras y dientes para no dejarlo escapar. 

Mi contrincante forcejeó y trató de tirarme, pero fui más rápida y coloqué el cuchillo contra su garganta, cortando la carne de un tajo de lado a lado. La sangre brotó y se disparó por todos lados, deslizándose a lo largo de su cuerpo hasta formar una poza a sus pies. 

Lo solté y vi cómo se llevó las manos al cuello, tambaleándose, intentando inútilmente detener la hemorragia. Sin embargo, cayó de rodillas y estampó su cara en el suelo sin volver a levantarse.

El silencio que repentinamente reinaba en la casa destrozó mis oídos, así que me agaché y le arrebaté la pistola que tenía escondida en su funda debajo de la chaqueta. La sujeté en mi mano derecha y salí de la cocina hasta la sala.

Fue ahí cuando encontré al otro ladrón. Me miraba fijamente desde el otro extremo de la estancia, con mi hermana menor frente a él, utilizándola como escudo. Era tan alto y ella tan pequeña, que su cuerpo protegía sólo los puntos vitales, mientras que sus pequeños pies ni siquiera tocaban el suelo.

Tenía un cuchillo apoyado contra su garganta, presionado con tanta intensidad que un hilo de sangre ya resbalaba por su piel junto a las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Me di cuenta de que tenía dos opciones: disparaba y me arriesgaba a matar a mi propia hermana o simplemente me rendía.

- Se acabó niña, ahora baja la pistola y levanta las manos

Entendía lo tensa que era la situación, pero no estaba conforme, así que apreté el gatillo y la bala cruzó la habitación hasta impactar en el ojo derecho del ladrón. Cuando este cayó al suelo sobre su espalda, gritando, aparté a mi hermana de un empujón y salté sobre él sujetando el cuchillo en mi mano.

Lo apuñalé sin piedad y mientras enterraba el arma más profundo en su pecho entre las costillas, lo observé detenidamente desde lo alto, bañada en la sangre espesa y caliente de dos personas distintas.

Y jamás me sentí más poderosa.

Kaz

La primera vez que me metí en una pelea de verdad, tenía quince años, estaba borracho y drogado con una mezcla letal. Es por eso que nunca olvidaré la paliza que me dieron: me rompieron siete costillas, me fracturaron una pierna, me quebraron la nariz y me dislocaron el hombro.

Todo empezó cuando la policía apareció en la puerta de mi casa para arrestarme por un crimen que no cometí. Obviamente, entré en pánico y hui lo más lejos posible.

Estuve deambulando en las calles un par de semanas, robando comida y durmiendo en cualquier parte, evitando a toda costa los autos de la policía y los controles de identidad aleatorios. Sin embargo, no era tarea fácil esconderse, mucho menos en una ciudad. Me estaban buscando y pronto darían conmigo, sólo era cuestión de tiempo.

La noche que todo se fue a la mierda, uno de los narcotraficantes para el que solía trabajar, decidió cobrarme el dinero por la mercancía que me habían robado. El muy cabrón aprovechó de que estaba solo y perdido en otra dimensión para darme mi merecido.

No tuve oportunidad de defenderme. Como resultado, me dejaron inconsciente en un callejón oscuro, desierto y sin salida en los barrios bajos de la ciudad.

Se supone que ese día tenía que morir.

Si los eventos hubieran sucedido tan sólo cinco minutos antes o después, mi sufrimiento hubiera terminado ahí.

Pero sobreviví.

Y lo hice para pelear todos los días durante diez largos años. 

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