ASÍ ES TU AMOR

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Tres meses y medio después...

CLARKE:  

La noche es fresca, a pesar de que sea verano y por fin el maldito curso ha terminado.

La perfecta mezcla amarga y dulce de mi copa de vino, me permite cerrar los ojos y hacer que la sensación del suave alcohol recorriendo por mi garganta junto al fresco viento que choca contra mi rostro sea más placentera.

Hace una semana mi madre consiguió convencerme de mudarme a este ático, muy bien situado en el centro, según ella me vendría bien descubrirme a mi misma, tener mi propio sitio y aislarme del mundo cuando quiera, claro que también a esta decisión tuvo mucho que ver a que mi médico quedara a tan sólo cinco minutos desde donde me sitúo. Tras el abandono de Alycia, mi estado de ánimo ha aumentado mis dolores de cabeza, ya ni las pastillas eran capaces de desvanecer dicho dolor, porque ya no es sólo la cabeza lo que me duele, si no todo el cuerpo, exterior e interior. Obligándome a levantarme de la cama día tras día y mantenerme ocupada hasta que el cansancio se hiciera con mi cuerpo y mente, sin darme la oportunidad de pensar en ella, porque si lo hacía, podría morirme en el intento. Pero ahora ya no tengo nada que hacer, ahora ya no puedo quedarme dormida organizando mi nuevo hogar, porque todo ya está en su sitio, ahora no puedo entretenerme con las chorradas de Raven y Octavia porque ellas prefieren darme espacio, aunque yo no se lo haya pedido, ahora no estoy cansada y mi mente se entretiene recordado su mirada y haciendo que mis oídos escuchen su sonrisa.

105 días han pasado desde que ella cogió un maldito avión y dios sabe lo mucho que me esforcé para saber donde estaba e ir en su búsqueda. Porque no solo fueron innumerables llamadas caídas en su buzón de voz y mensajes en los que suplicaba que me respondiera, que me dijese por favor donde estaba que iría a buscarla, que regresara conmigo porque me sentía perdida y que todo de repente me quedaba realmente grande y pesado. Las incansables veces que me presenté en su casa y suplicaba a su madre que por lo que más quisiera, me dijera donde estaba su hija y encontrándome siempre con las mismas respuestas "Lo siento Clarke, no puedo decirtelo" que oprimía cada vez más mis esperanzas de recuperarla. Y cada día que pasaba, el arrepentimiento de no haber tenido el valor de decirle "Cariño sé lo que te ocurre, sé que te culpas por lo que pasó con ese imbécil y por favor, si tienes que culparte de algo, que sea el hecho de ser tú, la persona a la que amo tanto que duele." Crecía de manera sobrehumana. Joder, claro que sabía que le pasaba algo, claro que sabía lo que sentía y decidí ser una necia y pretender que el tiempo tuviese el mismo efecto en ella como lo tuvo conmigo. Gran error, un puto y maldito error que cada noche procuro borrarlo sin obtener resultado alguno, como ahora, pretendiendo que una copa de vino y el aire fresco, consiga sacarme este maldito sentimiento, descubriendo que hay personas que pasan por nuestras vidas, que son heridas. Algunas desde el principio y hasta el final. Otras aparecen para salvarte y terminan matando. Intentándolo todo; desinfectar, tomar calmantes para el dolor...y terminar poniendo una tirita. El problema es que siempre quitamos la tirita poco a poco, con dolor en cada tirón, y algunas veces es mejor tirar de golpe, arrancando la piel sólo una vez. De todos modos, cicatriz nos va a quedar igual, pero sólo una y más bonita. Aunque esté curada siempre escuece y mi problema es éste precisamente, que no está curada, ni cicatrizada, está abierta y duele tanto, que a veces llegas a creer que ese es tu nueva forma de vida, una herida que nunca sana ni se cicatriza, solo duele más y cada vez más. Sin darme cuenta de como el tiempo comenzó a hacer de las suyas, empezó a correr y a correr sin previo aviso y yo totalmente al margen, no me dí cuenta. Hasta que llega un día y de repente cae la venda y ves la verdad; que todo ha cambiado.

Mierda, todo ha cambiado de la peor manera.

Doy un último trago a mi copa y observo por última vez, como las vistas son increíbles desde esta gran terraza, la iluminación de la ciudad, la hace aún más hermosa desde el vigésimo segundo piso. Los sonidos de las calles suenan ahogados, los coches de seguro se ven como hormigas, al igual que las personas. Lastima de no poder disponer de una seguridad que me permita disfrutar de ello, porque aún no me he acercado al borde de la terraza, con miedo a que mi subconsciente decida por mi consciente y se tire al vacío terminando con todo.

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