Capítulo 20

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Había llegado la hora de abrir aquel sobre que Lana tenía entre sus manos. Las dos mujeres la miraban impacientes ante la indecisión de ella.

- ¡Hija ábrelo ya! - Dijo su abuela sin paciencia.

- Ya voy, ya voy. - Contestó la joven hacia ella. Abrió delicadamente el sobre y sacó el papel con los resultados. A medida que leía, María e Isabel se habían posicionado a cada lado de la morena con la finalidad de leer al mismo tiempo que ella.

- El ADN encaja, Ernesto es mi padre. - Habló en voz alta.

A continuación se quedaron las tres en silencio sin saber muy bien qué decir.

- ¿Qué vas a hacer? - Preguntó su madre.

- Quiero hablar con él. - Dijo metiendo de nuevo el papel en el sobre.

- Vamos las tres... pero esperarme unos segundos. - Dijo Isabel yendo a su habitación a por la carpeta con los papeles, ahora ya firmados, del divorcio. - Vamos. - Habló ya cuando estaba junto a ellas de nuevo.

- Chicas...ir vosotras yo tengo que hacer algo en la tienda. - Pronunció María mirando su teléfono. Había recibido el aviso de que la alarma de la tienda había sido activada y que la policía estaba en el lugar, es decir, habían entrado en la tienda. La anciana sin hacer mucho caso a su nieta salió rápidamente del apartamento mientras llamaba a Edgar para que fuese también a la tienda.  Por otro lado Lana y su madre estaban dentro del coche parado porque se habían dado cuenta que no sabían la dirección de Ernesto. La joven intentó comunicarse con Jane pero lo tenía apagado también llamó a Bárbara y esta tampoco contestó, en un último intento marcó el teléfono de Paul.

-Hola

- Paul, necesito la dirección de Ernesto. - Habló muy rápido.

- Sólo conozco la de su empresa pero ¿Para qué la necesitas? - Preguntó sabiendo ya la respuesta.

- Tengo que hablar con él... es mi padre biológico.

Hubo un pequeño silencio. - ¿Estás segura de querer hablar con él? ¿Quieres que te acompañe? - Preguntó preocupado, él no quería que Lana se pusiese mal otra vez por culpa de ese cabrón.

Lana sonrió ante la preocupación del empresario. - Tranquilo, no estaré sola.

- Esta bien. - Dijo rindiéndose. - Te mando la dirección por mensaje.

Al tener la información arrancó el vehículo y después de varios kilómetros llegaron a un edificio viejo pero moderno en el que se suponía estaba colocada la empresa de su ahora ya confirmado padre. Madre e hija se miraron, estaban listas para enfrentarlo. Subieron a la planta dieciséis y entraron sin llamar al despacho del señor Silas.

- ¡¿Qué demonios?! - Exclamó el hombre sorprendido.

Lana le tiró el sobre en la mesa con expresión seria. - Eres un hipócrita. - Escupió con asco. - Y un mentiroso, me hiciste creer que el motivo por el que te fuiste fue porque no era tu hija pues bien, allí. - Señaló el sobre. - Está la prueba de que eso no es verdad. Lo único que te ha importado es tu felicidad, eres un egoísta y siento asco al saber que realmente eres mi padre. - Dijo con la cabeza en alto.

Ernesto estaba más que sorprendido y  no dijo absolutamente nada ya que en el fondo sabía que tenía razón.

- Toma. - Habló Isabel entregándole la carpeta. - Compruébalo están firmados. Querías salir de nuestras vidas pues enhorabuena, lo has conseguido. - La mujer no podía evitar sentirse mal por la situación ya que ella seguía amándolo o tal vez amaba lo que una vez fue y no en lo que se había convertido. A veces los finales felices no existen o quizás su final feliz era ese, acabar con aquel matrimonio y seguir adelante, vivir una nueva vida. 

- Cariño. - Habló Sara desde la puerta.
Lana puso los ojos en blanco y se giró hacia ella.

- ¿Qué haces tú aquí? - Preguntó posicionándose al lado de Ernesto. - No sabía que conocías a la novia de mi ex. - Le dijo al hombre.

- Es mi...

- Primero, a ti no te importa lo que hago aquí y segundo, ya nos íbamos. - Habló seca.

Al mimos tiempo que madre e hija terminaban su conversación con Ernesto, los agentes ya habían llegado a la escena del delito e intentaban recopilar toda la información necesaria para atrapar a los autores.

- Señora, todo indica que entraron para destrozar la tienda. - Le explicó el oficial.

- ¿Entonces no han robado nada? - Preguntó María preocupada. Tenía a Edgar a su lado, apoyándola en ese momento.

- Parece que el dinero que había en la caja pero aún así queremos estar seguros de que no se llevaron nada más. Nos facilitaría mucho el trabajo si nos diera las cintas de la cámara de seguridad.

- Por supuesto, lo que sea agente. - Dijo María entrando a la tienda. Ya no parecía la misma, cristales rotos por todas partes, las telas destrozadas, los muebles esparcidos por el suelo.

- Tenemos sospechas de que ha sido obra de unos vándalos que llevan haciendo lo mismo en tiendas de la zona las últimas semanas.

- ¿Y aún no los han cogido? - Preguntó Edgar indignado.

- Estamos haciendo todo lo posible para atraparlos señor. - Contestó el policía. - Señora Silas, me tiene que acompañar a comisaría para hacer la denuncia.

- Claro. - Contestó la anciana dando un último vistazo a su ahora destrozada tienda.

- ¿Novia? - Preguntó Isabel saliendo de aquel sitio.

- Es una tontería mamá, no le hagas caso. - Dijo sin importancia.

- ¿Tú crees que realmente están enamorados? - Preguntó cambiando de tema.

- Eso sólo lo saben ellos pero ya no importa. - Dijo decidida.

Jane y Paul estaban apoyados en el deportivo cuando las vieron salir del edificio. La castaña había decidido ir a darle apoyo a su amiga y no tardó mucho en convencer a su hermano de que la acompañase. Lana se dio cuenta y fue a saludarlos con una sonrisa mientras que su madre caminaba detrás de ella.

- ¿Os habéis perdido o algo? - Preguntó en tono de broma.

- Venimos a ver si estás bien. - Dijo Jane dándole un fuerte abrazo.

- La verdad... me siento aliviada. - Confesó sonriendo. Haberle dicho a la cara todo lo que pensaba de él le produjo una gran satisfacción, había cerrado un capítulo de su vida y ahora tenía que continuar.

- ¿Vamos a tomar un helado? - Preguntó Paul aliviado por la actitud de Lana. Se notaba que era una chica muy fuerte y que soportaba todo lo que le tirarán encima.

Las dos chicas lo miraron extrañadas porque aunque el clima había mejorado seguía haciendo frío. - ¿Qué? Hace buen día. - Se defendió.

- Hola. - Saludó Isabel al llegar donde su hija.

- Jane, Paul, supongo que ya conocéis a mi madre. - Les presentó la morena.

- Encantada chicos. - Dijo sonriente y se preguntó si aquel joven era el novio de su querida Lana. - Yo me tengo que ir a atender algunos pedidos en casa pero tú te puedes quedar y divertirte un poco. - Habló ella dándole un beso en la mejilla a su hija.

- Tenemos que ir a un sitio. - Dijo Jane después de que la mujer se fuera en el coche.

- ¿A dónde? - Preguntó curiosa.

- A mi nuevo apartamento. - Contestó la ojiverde ilusionada.

Lana miró a Jane y luego a Paul. - ¿Te has mudado?

- Aún no, tengo que hacer mucho papeleo antes pero sí, el piso es mío.

- ¡Entonces vamos! - Exclamó.

Paul subió al asiento del conductor Lana iba a entrar en la parte de atrás cuando Jane lo hizo primero. - Si no conduzco yo me mareo estando delante. - Dijo la castaña. - Tú colócate en el asiento del copiloto. - Le pidió.

Jane sonreía, en el fondo se parecía a su madre a la hora de buscar estrategias para unirlos.

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