Conquistando América

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Cuando Ari se despertó, algunos pasajeros ya tenían sus ventanas abiertas y miraban el mar estupefactos.

Se estiró un poco, y se acurrucó en su cobija para no perder el calor, entonces se dio cuenta de que Daniel estaba despierto, y la observaba.

-Buenos días princesa, pensé que nunca despertarías -el sarcasmo había vuelto.

-Si hubiera sido por mi, me quedo dormida más tiempo -le dijo Ari con una sonrisa tímida, recordando lo de la noche pasada. En seguida quitó esos recuerdos de su mente, no quería volver a tener un momento de debilidad.

Él le sonrió y luego volteó a ver la hoja de papel que tenía frente a si frunciendo el ceño.

-¿Qué tienes ahí? -preguntó ella curiosa.

-¿No te han dicho que la curiosidad mató al gato? -contestó él.

-¿Puedo verlo? -preguntó ignorando su comentario.

-No.

Ella sacó uno de sus brazos del abrigo de la cobija e intentó agarrarlo.

-Que terca eres, he dicho que no -dijo alejando la hoja de ella.

-Por favor -suplicó.

-No.

Ella hizo una carita, de esas que siempre usaba cundo quería conseguir algo. Quería ver lo que estaba haciendo.

-¿Tienes algún talento o algo? -preguntó en vez de eso.

Ella frunció el ceño, no se esperaba esto.

-Pues... me gusta escribir pero... no se si considerarlo como un talento -dijo dudando.

-Con eso basta. Te muestro lo que tengo si tu me enseñas algo de lo que escribes.

Ari lo pensó un poco, eso podía hacerlo.

-Trato.

Daniel le dio el papel, receloso.

En la hoja se podía observar un detallado dibujo de Ari durmiendo, su cara era pacífica y portaba una curiosa sonrisa. Estaba a lápiz y tenía todos los detalles para hacerlo perfecto.

A Ari se le fue el aliento con ese dibujo.

-¿Tú lo hiciste? -preguntó, sabiendo la respuesta.

-¿Quién sino? -dijo burlón mientras asentía.

-Te quedo... hermoso -dijo ella aún perpleja.

-Buscaba algo que hacer y entonces mi mano se puso a dibujarte -dijo encogiéndose de hombros- y dices que es hermoso solo porque eres tú.

-No, digo que es hermoso porque me encanta. Tienes talento -le dijo con una sonrisa.

-Menos mal, que a eso me dedicaré.

La magia del dibujo se esfumó unos segundos con esas palabras.

-¿Quieres decir que dibujaras...?

-¿Para ganarme la vida? -completó- pues si, prácticamente.

Ella lo miró, los ojos como platos.

Y luego, su mirada volvió al dibujo, apreciando cada detalle y pasando sus dedos delicadamente por cada línea. Daniel la veía con curiosidad y sentía que los dedos rozaban su piel, no el papel.

-¿Y como? -preguntó ella- ¿Qué harás?

-Eso aún no lo sé -contestó- pero no sigas preguntándome, te toca a ti.

Ella lo miró confundida unos segundos hasta que comprendió: era su turno de enseñarle algo escrito por ella.

Sacó su cuaderno. Estaba algo nerviosa ya que solo a Alen y a otra amiga suya les había enseñado sus escritos, y no todos.

La locura no entiende de amor y razones¡Lee esta historia GRATIS!