El fabricante de pociones

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Muérdago, ortiga, albahaca, azafrán, orégano, cilantro, lúpulo. Y acaba de llegar mi último pedido de pensamientos. Son mis favoritos. Su nombre tiene mucho que ver con su función. Machaco sus pétalos lentamente en el mortero de bronce, extraigo el líquido que se deposita en el fondo y lo cuelo con un embudo. Es el último ingrediente que deposito en el caldero. Con un reloj de arena, calculo los cinco minutos que debe hervir junto al resto de los ingredientes en el alambique. Extraigo el líquido que se libera de la reacción. Lo tomo, delicadamente, con un cuentagotas y lo deposito en un pequeño frasco de cristal azulado, adornado con filigrana de cobre. Tomo un pedazo de papel grueso y, mojando la pluma en tinta roja, escribo: Poción de Adoración. Después, perforo un extremo, introduzco en él una cinta de seda que ato después al frasquito. Ya está listo para ser vendido.

Abandono la trastienda y me dirijo a la tienda. Mi mostrador de madera de caoba aún no recibe la cálida luz del sol, parece estar durmiendo todavía. Me muevo entre las fuertes estanterías de roble, colocadas en las paredes de la habitación a modo de expositores. Paso por delante de las diferentes secciones y voy comprobando que cada estante tiene el producto correspondiente: elixir de amor, en un pequeño bote forrado en terciopelo rojo. Vigorizante, dentro de unas licoreras de color azul brillante. Perfume de atracción, dispuesto en mínimos frascos hechos de ámbar. Filtro de belleza, disponible en sus dos variantes: un tarro de grueso cristal negro, donde caben un par de pellizcos de crema o una botellita que alberga su versión de bebedizo. Olvido sin dolor, esencia de pasión, sueños de amor… Mi tienda de pociones ya está lista para comenzar el día. Soy el único que aún sabe fabricarlas y desde siempre he tenido un éxito rotundo, pues traigo a los corazones el sosiego que no son capaces de obtener si no es con el refuerzo de un compañero amado. Todos necesitamos que nos quieran. Todos dependemos de la atención de los demás más de lo que nos gustaría a veces admitir. Y yo les proporciono un camino para lograr estas atenciones, por una cantidad nada desdeñable de dinero. Me ajusto mi preciosa casaca verde esmeralda de terciopelo de seda, adornada con botones y cadenas de oro blanco y levanto las persianas. Descorro el cerrojo y giro la lámina de plata para que, desde fuera, se lea el grabado en el que reza “ABIERTO”, en letras mayúsculas.

Pero, por segundo día consecutivo, cierro la tienda a la hora de comer sin que haya entrado ningún cliente. No me lo explico. Mi negocio no sabe de crisis, el amor no sabe de dinero. Cuando uno se obsesiona y pierde la cabeza, gasta lo poco que tiene para lograr ser correspondido por el objeto de su desesperada dependencia. Pues todos creemos que el amor nos salvará de todos los males de la vida.

Lo cierto es que empiezo a preocuparme. Si la cosa sigue así, no podré mantener mi tren de vida. ¿Pero adónde han ido todos? No alcanzo a entender que mi clientela habitual haya huido en desbandada. Decido salir de la tienda y dar un largo paseo hasta una taberna, a una media hora de camino, para intentar tranquilizarme y pedir algo delicioso, que me ayude a evadirme de mis problemas. Seguro que no es más que un parón pasajero, me digo.

Pero, en mi paseo, justo antes de llegar a la taberna, me detengo en seco. Me topo con uno de mis clientes habituales. Es una mujer regordeta, entrada en la cuarentena y que no se ha casado. Ha tenido varios romances en los últimos años, todos propiciados por mí. Se mueve siempre insegura, con mirada huidiza. Por eso me sorprende encontrarla tan resplandeciente y segura de sí misma. Su atuendo es igual, pero su aura es otra. ¿Qué le ha sucedido?

—¡Vaya, qué sorpresa! —me dice con una sonrisa.

—La sorpresa es mía, señora. Estaba preocupado por usted. Ya me la imaginaba enferma, pues hace ya mucho que no pasa usted por mi tienda…

—Sí, es cierto… —la mujer esquiva mi mirada. Parece pararse un momento a pensar, antes de decidirse a hablar—. Bueno, a usted no puedo mentirle. En realidad, no veo razón para hacerlo. He estado muy contenta de ser parte de su clientela durante tanto tiempo, pero posiblemente no vaya más por allí. Aunque podemos ser amigos, fuera del negocio —añade, con una sonrisa ciertamente cautivadora.

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