Tais Nye: Un atentado inesperado

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El campo en el que harían la ceremonia era bonito. No lo podía negar. Era el lugar en el que se honraba a los héroes de guerra y a los más altos nobles que fallecían. Tais, sin embargo, no pudo evitar preguntarse si sobrevivir el día a día de las tugurizadas ciudades de Domino no era también una proeza digna de ser reconocida. Si los huérfanos y los ancianos del albergue que con mucho esfuerzo mantenía en las afueras de la ciudad de Carroll se merecían esto o mucho más cuando al final por fin caían.

A Tais no le gustaba la idea de estar aquí. No había tenido una relación muy cordial con su padre y el prospecto de ver a sus hermanos tampoco la emocionaba mucho. Tais había hecho paces hacía mucho tiempo con el hecho de que venía de una de las familias privilegiadas de Domino y que podía explotar eso a su favor o a favor de los demás. A diferencia de sus hermanos, ella había decidido usarlo al servicio de otros. Y había sido una labor dura.

Su madre había querido darle el visto bueno a la ropa con la que vendría. Tais no lo permitió. Había decidido ir con un traje sutil y simple. Nada como el uniforme militar impecable que seguramente traería su hermana mayor Thera. O el traje práctico y casual de Burg. Tais había venido con la ropa que usaba en reuniones de trabajo. Seria suficiente.

Personal de la flota se había ofrecido a recogerla del albergue en las afueras de la ciudad. Ella, por supuesto, se había negado. Había conducido ella misma el minibus que habían recibido de donación y que usaban para los paseos con los chicos y con los ancianos. Secretamente Tais esperaba que la prensa le tomara foto y la publicara, algo que nunca sucedió. La prensa no era tan libre como uno habría querido en Domino. Una orden de Gobseen y todos los fotógrafos la evitaron como a la plaga. Era de esperarse.

Entró con paso indeciso al parque. Los dos soldados que guardaban la entrada no le preguntaron nada ni le pidieron identificación. Sabían perfectamente quién era.

Caminó lentamente hasta la glorieta en el medio del inmenso parque. Ahí estaba reunida ya alguna gente. Veía a su madre y a algunos parientes lejanos. Ella era la primera Nye en llegar. En cierta manera eso se sintió como un peso en su espalda que se manifestaba de golpe. Por el tiempo que le tome al siguiente en aparecerse, ella tenía la responsabilidad de representar el legado de Wimmer. Qué inconveniente.

"Buenos días, Tais", la saludó Uma Cross, una vieja amiga de la familia. Si Tais no recordaba mal, había ido al colegio con su madre. Ella la interceptó unos metros antes de la glorieta, como si se hubiese adelantado para advertirle de algo. Tais decidió dejarse.

"Buenos días", saludó la hija con un movimiento de cabeza. Además de su vestido simple no llevaba nada más. No tenía nada que esconder. Uma, en cambio, era una exposición de moda andante. Desde el sombrero hasta los zapatos, cada artículo que llevaba puesto seguramente contenía una historia fascinante que contaba con lujo de detalles cada vez que podía, pero que a Tais no le interesaba en lo más mínimo. "¿Cómo está mi madre?"

"No está bien, Tais", le respondió Uma y sonrió. Fue una sonrisa extraña. Forzada, pero que intentaba ser empática. "Ha estado tomando medicamentos desde la noticia. Estamos tratando de mantenerla relajada. ¿Crees que sería posible que por hoy, dadas las circunstancias, evites discutir con ella?"

Tais miró a Uma como si la fuera a atravesar con una lanza. Se sintió ofendida por la pregunta. Uma siempre había sido una buena amiga de su madre y siempre había tratado de entender el lado de Tais en las grandes discusiones que habían llevado a que ella se fuera de su casa.

Pero esto sonaba terrible. ¿Qué imagen se habían hecho de ella en estos años? Le daba pena. Pena por ellos.

Después de todo, Tais se consideraba una buena persona. La labor que estaba haciendo era importante. Estaba trabajando duramente para darle una oportunidad a estos niños y ancianos. Y ellos estaban agradecidos por esto. Muchos amigos de Tais iban a visitarla al albergue y quedaban sorprendidos y comprometidos en ayudarla como pudieran. Ahora ya estaban hablando de iniciar otro hogar con la ayuda extra que estaban recibiendo. El problema era encontrar a las personas que lo manejaran. Incluso ya habían comenzado a buscar una propiedad que pudieran comprar. Estaban creciendo. Su iniciativa social había funcionado. Había tomado años de sacrificio y trabajo duro, pero había funcionado.

"¿Estás bien?", le preguntó una voz masculina a un lado. Uma había dado media vuelta y había regresado donde su madre. Tais se había quedado parada decidiendo qué hacer. Alguien se le había acercado y la sacó de sus pensamientos. "¿Tais?"

No era ninguno de sus hermanos. Se trataba de Elio Prian, un viejo amigo de infancia de Cade. Alto, recto, con la mirada seria. Si mal no recordaba, Elio postuló para ser agente del orden. Una especie de policía en Domino. No obstante, no estaba en uniforme. Quizás al final decidió hacer otra cosa.

"Mira, tú no tienes que estar aquí", le dijo encogiendo los hombros. "Todos saben que tú no te llevabas bien con tu padre. Y tienes tu posición política y tu imagen. Nadie se va a ofender si simplemente te vas. Podemos echarle la culpa a esa señora que acaba de hablar contigo"

Tais lo miró y se dio cuenta de que tenía razón. Podía irse y nadie la culparia de nada. No había terminado de racionalizar su decisión, cuando de pronto hubo una explosión.

Algo explotó a unos cuantos metros más allá de la glorieta. Levantó mucho polvo y mucha tierra.

La onda expansiva alcanzó a Tais y a Elio. Ambos cayeron al suelo.

Alarmas comenzaron a sonar. Tais no sabía qué era lo que estaba pasando.

Gritos. Mucha gente gritaba y pedía auxilio.

Elio se paró de un salto y le puso una mano en un hombro a Tais.

"Quédate aquí", le dijo. "Voy a ver si los demás están bien"

Ella, por supuesto, no le obedece. Se para rápidamente y corre hacia donde había visto hace un momento a su madre. Antes de llegar a la glorieta ve cuerpos en el piso. Ninguno es el que está buscando.

Los gritos siguen. Su oído registra además una especie de silbato constante. Siente que gente corre de un lado a otro. El polvo levantado por la explosión no pemite ver mucho más allá.

Y de pronto, los encuentra. El cuerpo de su madre está boca abajo. Está junto al de Uma. Los dos están agarrándose de la mano. Ninguno de los dos se está moviendo.

Profesor Cade NyeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora