Capítulo 9 - Quince años antes: Faltas menores

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            Rose había pasado sus primeros veintitrés años viviendo muy cerca de la antigua central minera de Nuevo Phoenix y pronto el instinto se encontró con la oposición de sus pulmones. Los policías, utopianos, sanos, con sus uniformes brillantes, parecieron surgir de todas partes. De la siguiente calle, del portal más cercano, de un agujero negro a su espalda, hasta que le fallaron las rodillas y se dejó caer en el asfalto. Jaime se resistía detrás, y resistirse también era un crimen. Una falta menor, como todas de las que había escapado ella alguna vez, cosas como recoger una cartera del suelo y no devolverla, cosas que veían las cámaras de las ciudades y que se registraban pero sólo quedaban en los testers que los controles policiales llevaban consigo.

            Se encogió sobre su estómago, la niña todavía pegada a ella, todavía dormida, y lloró a voz en grito, despertando a los vecinos y sacando a los clientes de los bares y las tiendas. Porque habían estado tan cerca, increíblemente cerca, y al destino no le había dado la gana dejarles el paso libre.

            Les llevaron a los tres a la comisaría más cercana, a apenas tres manzanas del lugar donde Rose se había rendido, aunque les costó al menos veinte minutos conseguir que dejara de aferrarse al suelo como un peso muerto. Al final cuatro policías tuvieron que arrastrarla a lo largo de las calles mientras los otros tres se encargaban de conducir a Jaime por delante, y los dos refuerzos se hacían cargo de la niña. Lo más difícil había sido desprenderla de la niña, que ahora tenía el vestido empapado de lágrimas y seguía inexplicablemente dormida. Al oficial médico de la comisaría le bastó un segundo mirando dentro de sus pupilas castañas para distinguir que no era un sueño natural, y los cargos por administrar estupefacientes a un menor se agregaron a los de desacato a la autoridad e intento de fuga. Los milagros de la información centralizada hicieron posible que en un nanosegundo las consolas de toda la red de Utopia almacenaran en sus archivos el dato de que Rose y Jaime Lamb habían sido señalados para la deportación. Las comisarías de Saskatoon no tenían celdas sino una eficiente red de transportes hasta las estaciones que recorría el transporte de la Puerta de Suburbia; menos de una hora después de su detención, la familia Lamb se encontraba a bordo del tren magnético diario al Muro.

            Les separaron al llegar allí, Rose y Jaime a las celdas de detención que saldrían por la puerta gris, la niña al centro de examinación hasta que despertara y fuera enviada a Suburbia. Como la mayoría de los menores nacidos en Utopia su ADN no había sido registrado; el equipo de médicos la transportó en la cámara sellada que unía la sala de examinación con las instalaciones de la Franja, y comenzó a despertar cuando estaba a medio camino, bajo el suelo del desierto. Cuando la depositaron en el salón de entrada la hermana Gertrude ya estaba allí, avisada por uno de los médicos, preparada para llevársela al orfanato en lugar de dejar que, siguiendo el procedimiento habitual, se limitasen a darle un par de protecciones y señalarle el camino a Suburbia.

            Lo primero que pensó Gertrude Gant fue que la niña había tenido sin duda una vida horrible, porque parecía cansada y aturdida más allá de las drogas, y que con suerte el salir de Utopia no sería un castigo sino una mejora. Se arrodilló junto al banco en que la habían tendido y le masajeó los pies helados, le peinó el cabello y se ocupó de que no hubiera mucho ruido a su alrededor mientras empezaba a despertar. La niña la miró con los ojos medio abiertos durante un buen rato, confusa, y Gertrude se inclinó hacia ella.

            —Me llamo Gertrude, la hermana Gertrude, ¿me oyes? —Tardó unos segundos más de lo que hubiera tardado un niño sano, pero la niña asintió, brevemente, volviendo a cerrar los ojos—. Te voy a llevar a mi casa pero antes tienes que volver a abrir los ojos y decirme cómo te llamas. ¿Cómo te llamas? ¿Lamb, qué más?

            —...no —murmuró sin abrir los ojos. La hermana Gertrude tenía experiencia con los niños, y aquel “no” de una niña que estaba despertándose de los efectos de la droga, aunque fuera débil, le intrigó.

            —¿No? ¿Cómo te llamas? —Hubo movimiento de labios, desde luego, pero el sonido que surgió de ellos no parecía lo bastante fuerte. Gertrude se acercó más, pegándose a ella—. ¿Me lo puedes repetir? Venga, un último esfuerzo.

            Lengua de trapo y todo, la pequeña escupió lo que sí que parecía un nombre y luego cayó en un sueño profundo que no tenía nada que ver con las drogas. Gertrude la levantó en brazos y luego la cubrió con sus protecciones, con ganas de llegar al orfanato cuanto antes. La niña apenas pesaba y ahora que no estaba drogada murmuraba en sueños, y en un par de ocasiones hasta lloró, mientras recorrían la explanada desértica. De vez en cuando Gertrude respondía a sus murmullos sin sentido, le pasaba la mano por el pelo y hacia sonidos tranquilizadores.

            —Tranquila, sshhhh, tranquila, Klio... todo va a salir bien —aseguró.

La niña no se recuperó del todo hasta tres días después. Durante esos tres días durmió en una cama gemela en la habitación de la propia Gertrude, un lujo que solía reservarse a los niños más pequeños y recién llegados, y sólo por un breve periodo de tiempo. Normalmente no pasaba mucho antes de que incluso el niño más pequeño descubriera que compartir habitación con otros niños de su edad era infinitamente más interesante que hacerlo con una monja que roncaba. Klio no fue consciente de eso durante los primeros días, en los que sólo durmió y se agitó en sueños, y se consumió de fiebre, y cuando por fin abrió los ojos y no había drogas ni delirios en el iris castaño, lo primero que hizo fue preguntar por sus padres.

—Lo siento mucho, Klio, pero no creo que puedas verlos en una temporada.

Y la niña la miró, tremendamente sorprendida, con los pies sucios y las ojeras marcadas.

—Esos no eran mis padres. Y yo no me llamo Klio.

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