Capítulo 1.

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El viaje ha sido largo. Oír a mamá hablar de lo mucho que puedo aprender de Beth en el tiempo que pase en Londres es tan agotador...

¡Hipócrita! Como si no supiera que ella solo trata de evitar el tema de su viaje con Francis. Por supuesto que lo hace, no quiere oír la verdad de esto: me está abandonando.

Y he estado encerrada en este maldito carruaje por tantas horas que creo que me voy a marchitar. Y Francis, mi queridísimo hermano no está siendo de mucha ayuda. Oh, ya sé que no debo de blasfemar, pero a veces es muy liberador.

No ha querido detenerse más de una vez y sé muy bien que es porque está apresurado para tomar ese barco e irse al continente.

Y él se habría ahorrado todas mis quejas si tan solo me hubiese dejado traer mi montura para seguir con el viaje cuando tuviera la necesidad de tomar un poco de aire. Pero no, sus palabras exactas fueron: "Las damas en el carruaje, donde deben estar." ¡Tan solo era una sugerencia! Una amable sugerencia de mi parte, nada egoísta.

Amo a mi hermano, pero esto es demasiado injusto.

—Deja ese cuaderno, Emmeline. Te dije que no escribieras en el camino, puedes tirar la tinta sobre tu vestido —ordenó su madre—. Ya estamos aquí.

Gracias a Dios, pensó, pero no lo dijo. Un minuto más sentada y no estaba segura si podría levantarse alguna vez. Sopló un poco el cuaderno para secar la tinta y lo cerró para así poder mirar hacia afuera.

Mientras ellos se acercaban cada vez más, los criados salían a recibirla y se acomodaban alrededor de una mujer y un hombre, quien creyó que podrían ser Elizabeth, su prima, y su esposo Sebastian.

—Recuerda comportarte Emmeline, por favor. Sé respetuosa, y no te metas ni causes problemas. Y sobre todo —enfatizó la última frase haciendo una pausa—. Cierra la boca cuando sea necesario.

Emmie solo soltó una risa al ver la severa expresión de su madre.

—No tengo diez años, madre. Sé lo que tengo hacer.

Annabeth besó su frente y elevó una plegaria en nombre de su problemática hija.

Emmie admiró la construcción que tenía enfrente, hacía al menos cinco o seis años que no visitaba ese lugar, no recordaba cuán hermoso e imponente era. La familia de su madre era adinerada y a veces olvidaba cuanto. Y no es que ellos no tuviesen recursos, pero siempre habían preferido ser un poco más discretos al respecto.

Además, estaba el hecho de que ellos no poseían una gran mansión en la ciudad, o en las cercanías de esta, solo su casa veraniega, ahora perteneciente a su hermano, el Conde de Welltonshire, junto con el resto de las propiedades que había heredado de su padre, de las cuales Emmeline no tenía mucho conocimiento.

No necesitaban una casa en Londres, después de la muerte de su esposo, la Condesa viuda había preferido llevar una vida tranquila y solo visitaba la ciudad de forma esporádica. Las temporadas ajetreadas habían terminado para ella y Francis había decidido comprar una pequeña residencia de soltero para cuando tenía que asistir a las sesiones del Parlamento durante la temporada.

Pero los Whitemore eran diferentes, el Duque de Harsburn, su tío, era dueño de una fortuna inmensa con un título mucho más poderoso y respetado. Y luego estaba su primogénito, el Marqués de Thornehill, quien con dos años menos que Francis, era doblemente acaudalado y solicitado.

Sacudió su vestido de viaje, se quitó los mechones de cabello que se habían volado a su rostro y entonces miró hacia esas dos personas que lucían bastante diferentes al resto de los criados. De cerca, reconoció a Elizabeth y sonrió al ver que no tenía una barriga enorme como ella había imaginado. En silencio, de nuevo volvió a darle las gracias a Dios, todavía tenía tiempo para divertirse un poco antes de ser confinada dentro de esa casa con una mujer embarazada o tener que salir obligadamente con una viuda aburrida y recta como carabina.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!