Lucy lloraba desconsoladamente.

—¡Mi padre les dará todo lo que pidan, no me hagan nada por favor!

Lauren lamentó no poder ayudarla.

—Yo no puedo hacer nada... estoy cautiva también, me secuestraron a los 11.

—¿Y qué... qué nos hacen aquí? —preguntó, por más obvia que fuera la respuesta.

Lauren puso una mano en su hombro y la chica tembló ante el contacto.

—Aquí... trabajamos para complacer... hombres —dijo al igual que se lo dijeron cuando era una niña.

—¡NO! —sollozó—. ¡DEJENME IR, NO DIRÉ NADA, MI PADRE LES DARÁ TODO EL DINERO QUE QUIERAN!

En ese momento entró Ariana.

—¡YA! ¡Hay clientes aquí! ¡Los vas espantar! Sí, se que al principio estás muerta de terror, pero luego te das cuenta que no es tan malo como parece —se acercó—. Si eres buena chica y obedeces, no te tratarán mal. Aquí tienes techo, comida, trabajo y buena ropa. ¡Así que no llores!

Ariana era la única que defendía esta vida. Se convencía a sí misma de que tenía más suerte que muchos, recordando su antigua vida.
Cuando era una niña sufría abusos de parte de su padre, un bueno para nada que lo único que hacía era beber todo el día con el dinero que le traía su hija de las limosnas que le daba la gente al verla en la calle, sucia y con la ropa rota.
Estaban en la miseria, por lo que ahora Ariana sentía que estaba en un paraíso con tantos lujos.

{…}

La puerta de la oficina de Simon fue golpeada por un suave tacto.

—¿Quién? —respondió malhumorado, como de costumbre.

Ariana abrió la puerta cuidadosamente. Simon esbozó una sonrisa al verla.

—Mi niña favorita....

—Te he extrañado.

—Pero si siempre nos vemos, mi conejita.

—¡Pero no es suficiente! —se colocó detrás de él y le dio unos masajes en el cuello—. Yo quiero estar siempre contigo, soy tuya. —Simon gimió ante el masaje—. Estás muy estresado, amor. Haces mucho por nosotras y el negocio...

—Claro que hago mucho, demasiado. Yo soy el jefe de todo este imperio, yo me encargo de cada una de sus putas vidas.

—Y encima tienes que soportar a la loca de Sinuhe, a ella no le importas, Simon, ella siempre anda desapareciendo. Creo que se va a fumar porro...

—Vamos, no quiero hablar de ella ni de mi puto trabajo —se levantó de su silla y tomó a Ariana, sentandola contra su escritorio—. Te quiero a tí… eres la única que vale la pena entre todas esas perras —besó su cuello para continuar hablando—. Eres la única que aprecia la vida que les doy sin lloriquear. Eres la única que sabe complacerme —continuó con sus besos, esta vez más salvajes mientras Ariana desabrochaba desesperadamente los botones de su camisa.

Tras la puerta de su oficina, oyendo los ruidos eróticos que provenían de su interior, estaba Sinuhe. Sin expresión alguna.

{•••}

Camila estaba en su cuarto, acomodandose su nuevo vestido color rojo.
Su cabello seguía algo húmedo, ya que, tanto como pudo, se bañó sola.
Se colocó medianamente un moño del mismo color que su atuendo y sacó de un costado su juego de té.
Colocó una silla rosada en cada lado, menos en el suyo, pues ya no cabía en esas sillitas.
En una colocó a su muñeca Sofía.
En otra colocó un soldadito de juguete.
En otra colocó a una bella muñeca de cabello negro y ojos verdes.
Les puso a cada uno una tacita sobre un pequeño plato de plástico, se sentó en el suelo y fingió servirles té.
Dio un sorbo imaginario a su taza, y comenzó a platicarles.

—La Geral Lauren dice que no hay guerra afuera ¿Qué quiere decir? —vio a su soldadito—. ¿Mamá mintió? Mamá no miente.
¿Y usted, geral Lauren? —vio a la muñeca—. Usted me dijo que volvería, y pensé que nunca lo iba a hacer. Pero lo hizo, usted hizo volver por mí. Y salí a ver el sol. Pero sus ojos son más bonitos que el sol, porque sus ojos no duelen.

Tomó a la muñeca entre sus manos y la acercó.

—Usted no es mala, es hermosa. Y quiero estar con usted, Geral Lauren ¿por qué se va? —la abrazó—. ¿Sí hay guerra a fuera? ¿Peligro..? Yo la protego, como usted protege mi.

Camila había desarrollado esa formal forma de hablar tras una gran maratón de películas antiguas.

Dejó a su juguete de ojos verdes en su puesto y alzó a su otra muñeca, Sofía.

—Quiero ir con la geral Lauren, quiero estar afuera aunque hay guerra. Debo ir a buscarla...

~•~•~

La gran casa se había convertido en un juego de luces azules y rosa que apuntaban a varias partes dentro de ésta.
Habían hombres de traje y corbata bebiendo un caro vino, pues este era un prostíbulo de lujo.
Las chicas, con sus cortas prendas de ropa, se acercaban a ellos y se encargaban se hacer que olvidaran sus problemas.
Los señores no entendían demasiado de la vida, sólo era dinero y sexo.

Luego de un rato, llamaron a todas las chicas para situarlas en frente de todos.
Y allí se posicionaron todas las víctimas de la perversión humana, una al lado de otra, como un niño acomodando sus juguetes en orden.
De pronto, Simon se dio cuenta de que la pequeña de 6 años no estaba ahí.
Acto seguido, vizualizó que allí faltaba también su pelirroja hija.
Llamó a uno de sus asistentes y ordenó que fueran a buscarlas inmediatamente. Trató con todas sus fuerzas no perder los estribos, pues tenía que presentar a su nueva adquicición.

—Caballeros... sé que están ansiosos porque han oído hablar que tenemos una nueva princesita para ustedes. Es una belleza colombiana, recién cosechada —dio una risa cínica—. Con ustedes... ¡Lucy!

Los guardias trajeron a la chica, que intentó oponer resistencia tanto como pudo, ya que no lograba nada contra esos musculosos hombres.
Traía un corto vestido de color negro y un labial rojo. Que combinaba con la costra de sangre que salía de su nariz.

Inmediatamente, Simon empezó a escuchar ofertas del precio que pagarían. Los hombres gritaban sus cifras y superaban las de sus oponentes.

—¡Tranquilos, caballeros! Hay algo que olvidé mencionar, y que seguro aumentará sus deseos de poseer esta belleza... Siempre fue una chica pura, y esperaba llegar virgen al matrimonio. Por desgracia para ella, su virginidad se la quedará uno de ustedes hoy.

Los hombres se alborotaron más que nunca, como si la chica se convirtiera en un pedazo de carne entre depredadores hambrientos.

Llovieron las ofertas, Lauren se encontraba con la cabeza gacha reflexionando sobre la ambición humana, sobre cómo eran capaces de arruinar la vida de sus semejantes por algo tan insignificante como el pedazo de papel llamado dinero.

Lucy fue entregada al mejor postor, por una considerable cantidad de dólares. Ella se resistía pero no pudo hacer nada más.
Ya la habían encerrado en su nueva habitación.

Luego, los demás hombres eligieron a las demás, incluida a Lauren. Pagaron por ellas y los dirigieron a sus recámaras.

Ésto, lamentablemente, era rutinario para ella.
Ya se había acostumbrado a lo que iba a sentir, se había acostumbrado a fingir disfrutar la apropiación de su ser.
El hombre estaba sentado al costado de su cama, con Lauren arriba de él besándolo. Mientras él se encargaba de desabrochar su brasier de color bordó que combinaba con su habitación.

Mientras detrás de la entreabierta puerta se encontraban unos tristes ojos marrones observando la escena.
Observando cómo la piel de su general estaba siendo tocada por otras manos, cómo ella abrazaba a otra persona.
Aunque no entendía lo que hacían, no entendía qué tenía que ver esto con la guerra o con las palabras que ella decía.
No entendía nada. Sólo veía, mientras la primera lágrima escapó de sus ojos.



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Sí, siento la ausencia y todo eso. Seguiremos.

Yo.

Ojos Alegría (La chica del sótano) - Camren.¡Lee esta historia GRATIS!