CAPÍTULO 18: EL FINAL DEL INVIERNO.

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La promesa se cumplió cuando al pasar las diez de la noche, Mikaela fue el primero en pasar por la sala de espera para salir del hospital.

La familia Saotome y Kimizuki seguían en la espera de noticias, y al reconocer a su compañero rubio, fue Shiho el primero en levantarse para abordarlo.

―¿Cómo salió? ― La familia, al comprender que el rubio fue uno de los que asistieron la operación de su pequeño, se levantó para escuchar su respuesta.

―Está estable― Fueron sus primeras palabras, las primeras que provocaron un alivio unísono.
Mika acarició su rostro cansado con la palma de su mano, tratando de despabilar un poco el sueño que tenía. ―Si no, no hubiera salido. Tiene varias fracturas, Shinya se quedó dentro con algunos otros doctores y con Mitsuba. Perdió mucha sangre, tardará en despertar pero sus signos están bien.

―¿Por qué saliste primero? ― Fue la madre de Yoichi la que preguntó. La mujer lucía en sus bonitos ojos oliva signos de irritación color carmesí por culpa de múltiples lágrimas que seguramente fueron derramadas.

―Fue una promesa― El par de obres azules barrieron la sala de espera, buscando el sueño que estaba seguro que se había vuelto realidad.

No importaba lo cansado que estaba, el dolor agudo que atravesó su pecho fue tan crudo y doloroso que se reflejó claramente en su rostro. La decepción, la desilusión, la ansiedad.

―¿Él...?

―Se fue hace horas― Respondió Kimizuki antes de que Mikaela terminara. No tenía idea de lo que ocurría entre esos dos, no estaba al tanto pues nunca había sido tan cercano con ellos. Sin embargo no era necesario serlo, la incomodidad del ambiente que los rodeaba era palpable.

―Ya veo― Murmuró el rubio agachando su cabeza y llevando una de sus manos directo a su ojo derecho para tallarlo. ―Entonces... nos vemos.

Se despidió con un movimiento de su cabeza y sin más, salió del hospital.





La mejor palabra para describirlo siempre, sin importar el día de la semana o la hora era: cansado. Estaba cansado. Siempre lo estaba.

Un cansancio eterno emocional, uno al que se le sumaba a su cuerpo. Cansancio de seguir una monótona vida de color gris. Cansado de los recuerdos y cansado de tratar de apartarlos cuando éstos no se querían ir.

Bajo el manto estrellado del cual seguía cayendo lluvia helada, su cuerpo le pidió, le exigió y le suplicó un descanso. Cada paso era un martirio.

Estaba en su límite. Necesitaba dormir.

Abrió su paraguas y avanzó por debajo de la lluvia hasta el edificio de departamentos. Una parte de su uniforme estaba húmeda y durante los pocos segundos en los que cerró su paraguas para poder entrar, algunos mechones de su cabello fueron víctimas del agua.

Tratando de concentrarse en los problemas cotidianos y no en los sentimentales, no se creyó con la suficiente energía para llegar a la ducha o para cambiarse. Veía muy tentadora la idea de tirarse sobre el sillón sala y quedarse ahí hasta que estuviera recargado de energía. Pero tenía una voz en su cabeza, una con el tono de Krul que ocupaba el lugar de su conciencia y que le recordaba constantemente que debía cuidarse.





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