La voz que escuchas

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Mi nombre es Jaden Wirth. Soy un fugitivo de los neocampos de concentración suramericanos. Y tengo que matarte.

No pongas esa cara. Sí. Hablo contigo. La voz que escuchas no es la tuya. Lo lamento. Para que la humanidad sobreviva, tú debes morir.

Verás, yo trabajaba en una unidad especializada en la neutralización preventiva de armas bacteriológicas. Se podría decir que mi objetivo era mantener cerrada La Porte de l'Enfer.

Por desgracia, el 21 de diciembre de 2.109, alguien encontró las llaves y dejó que Satán saliera a jugar.

Decir que el Apocalipsis nos estalló en la cara, sería quedarse corto.

Un virus llamado Lazarus se esparció como la gripe y arrasó con más del treinta por ciento de la población de América.

Los cuerpos desbordaron las morgues.

Ardor en la garganta, tos, seguido por espesas secreciones nasales, vómitos sanguinolentos, espasmos involuntarios y, eventualmente, un colapso total del sistema nervioso.

Todo pasó tan rápido. Ni siquiera pude llorar a mi dulce Ana. Trabajaba cuando recibí la llamada.

Y pensar que estuve tan cerca de una cura.

Eran las tres de la mañana cuando Moriah, mi esposa, me llamó sollozando. No dijo nada. Baruch dyan ha-emet. Me quedé mirando el teléfono móvil en mi mano durante una fugaz eternidad, incapaz de hacer otra cosa que no fuese sentir dolor.

A diferencia de la viudez o la orfandad, la muerte de un hijo es tan terrible que no existe palabra alguna que contenga su peso. Y, sin embargo, por imposible que parezca, hay algo que supera a ese sufrimiento vacuo que te carcome el alma: el horror inefable que sentí cuando vi el cadáver de mi nenita levantarse durante el entierro, antes de que el rabino Abel Siskind siquiera tuviera oportunidad de recordarme que yo debía recitar el Kadish de Duelo.

El corazón se me detuvo y las entrañas se me helaron. Creo que alguien me jaló por la manga para decirme algo. Yo no lo oí. No oí nada. Ni las risas, ni el llanto, ni los gritos que vinieron después.

Supe que el país estaba condenado cuando mi bebita, la misma que le gustaba hundirse en mi pecho para oler esa fragancia a pipa de mi barba, le arrancó un tajo de la yugular a su madre con un mordisco.

Sus ojos lechosos, su piel pálida, sus encías negras. Oy vey iz mir. La muerte de 122.237.514 personas en cinco días no fue lo peor. Lo peor es que al séptimo día... ya no estaban muertos.

El gobierno tuvo que tragarse sus políticas xenofóbicas y huir al sur. Cruzar a través del mismo muro que había levantado para mantener a los latinos en su lado del continente.

Pensamos que nos recibirían con los brazos abiertos, pero la venganza es un plato que se sirve frío. Tras décadas de boicot comercial al gobierno dictatorial que había teñido de rojo socialista a todas las banderas en América del Sur, la venganza fue lo más dulce que podían haber probado aquellos labios hambrientos.

Nos engañaron con una falsa tregua. Nos cazaron como animales. No para matarnos, sino para hacer lo que Estados Unidos les había hecho durante siglos: forzarlos a trabajar hasta la muerte.

Nos encerraron en campos de neocampos de concentración.

La parca me seducía. Cuando llevaron a los débiles y ancianos a los incineradores para volverlos cenizas, cuando estuve tantos días sin comer que soñé que le devoraba la yugular a mi esposa, dejar de respirar era mi único anhelo.

Hasta que recibí aquella carta.

Un sobre que contenía el futuro. Una carta que reveló secretos y ayudó a escapar a un puñado de nosotros.

Me volví un creyente.

Los que escribieron la carta nos llevaron a un sitio seguro y nos dijeron que uno de nosotros tenía la clave para prevenir el Día del Juicio. Imagina mi sorpresa cuando descubrieron que su mesías era yo: un cincuentón desnutrido que lo había perdido todo.

Me reclutaron. Me dieron una misión y recordé que el hombre solo sabe existir cuando tiene un propósito.

Su plan parecía ridículo, una broma cruel. ¿Regresar al pasado? Yo sabía que viajar en el tiempo era imposible. La materia no puede volver al ayer o adelantarse al mañana.

—Pero la mente sí —me dijeron.

Ahí entras tú en escena.

Para regresar en el tiempo necesitaba un huésped, y encontrar uno compatible fue una quimera. Pude haber dejado de existir al echar atrás las agujas del reloj. Pero no lo hice.

Estoy dentro de ti.

Puede que dios juegue con los dados, pero el destino juega ajedrez.

Esta vez vamos a hacerles jaque mate a esos bastardos antes de que se arme el tablero. Los terroristas rusos que fabricaron el Lazarus... Los socialistas suramericanos... Todos van a pagar por sus pecados futuros.

No soy un sádico. No quiero torturarte. Necesito que entiendas, y te pido perdón. Por años he vivido dentro de ti en silencio. Amo lo que amas y te prometo que viviré una buena vida con tu cuerpo después de que cumpla mi misión.

Lamentablemente, tu mente debe morir.

No le muestres este texto a nadie; lo que crees leer en realidad está en blanco. Es tu mente (o la mía) demostrando que ya no estás en control. Cada segundo colonizo una nueva parte de tu ser.

Haz que cada adiós cuente. Despídete de tus seres queridos.

Pero apresúrate. Pronto dejarás de existir.

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Gracias por leer este cuento breve. De verdad espero que lo hayáis disfrutado. 

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La voz que escuchasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora