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Martes. Los rayos de luz invadieron la habitación de Hinata, indicándole que ya era hora de levantarse. Se puso en pie y se preparó para ir a clases, tomando su mochila y saliendo de su habitación para poder ir al comedor y sentarse a desayunar, ya que su madre le tenía todo listo.

—¡Ya me voy! —exclamó al estar listo.

—Que te vaya bien, tesoro —le respondió su madre—. Ve con cuidado, ¿sí?

—Claro —Hinata le sonrió y se puso en marcha. No iba ir con su bicicleta, no quería llegar tan temprano como otros días.

Sus mejillas iban levemente sonrojadas durante el camino, y no se debía a que estaba apurado. Se debía a que Kageyama estaba rondando por su cabeza. No volvió a soñar nada relacionado con lo de la noche del sábado, pero si que varías escenas invadieron su mente. Kageyama besándolo, él contra la pared mientras el pelinegro recorría su torso. Todas y cada una de esas cosas provocaba que su corazón se acelerara, y no hallaba una respuesta para eso. Al llegar a la escuela, se dirigió rápidamente al gimnasio, viendo sus espaldas por si veía la figura de Kageyama.

—¿Por qué pareces un ratón asustado? —«Mis maneras de observar son una mierda». Pensó Hinata.

—Ah... Kageyama —murmuró, viendo como este se le acercaba—. Tan repentino...

—Es lo de siempre. ¿Qué pasa contigo? —preguntó el pelinegro.

—Nada la verdad —respondió Hinata.

—Mentiroso —el menor tomó el brazo del pelinaranja con fuerza, obligando a que éste mirara—. Has estado actuando de manera extraña conmigo, incluso me has evitado. ¿Hice algo?

—¡No es...! —se detuvo en seco al ver que Kageyama estaba demasiado cerca de él, pasando la famosa «línea de espacio personal». Sus mejillas comenzaron a arder, y su corazón nuevamente comenzaba a latir con fuerza. Sentimientos tan extraños, pero que a la vez eran tan conocidos.

—No es... ¿Qué? —incluso el mismo Kageyama comenzaba a ponerse nervioso. Sus rostros se iban acercando cada vez más, como si ambos supieran lo que querían sus corazones.

«Exactamente... ¿Qué estamos a punto de hacer. Se preguntó Hinata. Su mente se activó nuevamente y atinó a cubrir la boca de Kageyama con una de sus manos justo antes de que sus labios se rozaran. No había forma de que le gustara un chico. De seguro sólo estaba confundido, o eso era lo que él esperaba.

—Yo... Es mejor que entremos al gimnasio —murmuró el pequeño, pasando rápidamente de Kageyama para después chocar de lleno con la puerta. Se le había olvidado por completo que eran los primeros en llegar.

—Está cerrado —soltó el pelinegro, quien desviaba la mirada-. Hinata, yo... Necesito...

—¡Ah, hoy hace mucha calor! ¿No crees, Kageyama? —dijo interrumpiendo a su contrario.

—Hinata.

—Daichi se demora mucho, ¿no?

—Hinata.

—Y también...

—¡Maldita sea Hinata! ¡¿Quieres escucharme?! —exclamó el pelinegro, ya algo enojado.

—Lo que sea que tengas que decirme... No quiero escucharlo ahora, Kageyama —respondió Hinata de manera tranquila.

—¿Por qué?

—Pues... No es nada contigo... Sólo...

No pudo seguir hablando, ya que fue rodeado con los cálidos brazos de Kageyama, haciendo que su cabeza se apoyara en el pecho de este. «¿Qué...? ». Escuchó un latido, después dos, tres, uno tras otro. «Kageyama... ¿Es el corazón de Kageyama. Sus mejillas nuevamente tomaron un color carmesí. Se sentía tan bien entre sus brazos, como si encajaran en su cuerpo a la perfección, como si su cuerpo estuviera hecho para él. Aquello fue interrumpido cuando escucharon voces cercanas, por lo que se separaron rápidamente, cada uno mirando a diferentes partes.

—Vaya, ya están aquí —dijo Daichi al llegar al lado de ambos.

—No es una sorpresa —murmuró Suga sonriendo.

—Bien. Ha dejar sus cosas para entrenar —Daichi se acercó a abrir el gimnasio y hizo que los demás subieran a dejar sus cosas, para después ir él detrás de todos.

Al llegar, todos abrieron sus casilleros para así dejar sus cosas y bajar. Hinata se dispuso a dejar sus cosas, cuando una mano se posó en su hombro y lo hizo dar un salto.

—Soy yo —dijo Kageyama, retirando sus manos—. Por lo de abajo... Lo lamento, de verdad.

—Ah... No es nada —respondió Hinata, viendo como Kageyama asentía y salía del lugar. Al momento de pasar aquello, una imagen pasó por su cabeza: la de Kageyama muriendo, como en aquel sueño. Sacudió su cabeza, estremeciéndose ante aquel recuerdo. Dejó sus cosas en el casillero y bajó al gimnasio, para así dar comienzo al entrenamiento.

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Al dar por terminado el entrenamiento de la mañana, todos subieron a cambiarse para poder ir a clases. Algunos conversaban mientras se cambiaban, otros bromeaban, mientras que Hinata sólo podía suspirar y darle vueltas a aquel recuerdo. «No entiendo qué sucede». Terminó de cambiarse, dejando sus cosas en el casillero, desviando un poco su mirada hacia Kageyama. Se encontraba ordenando sus cosas, pero pareciera que estaba mirando algo en especifico. El pequeño, como todo curioso, se acercó a mirar. Lo que tenía Kageyama en la mira no era cualquier cosa, era una carta.

—¿Es de una admiradora? —preguntó a Kageyama, viendo como este se asustaba y cerraba la taquilla con fuerza.

—No es nada en especial —respondió, tomando su bolso que llevaba sus útiles para así salir del lugar.

¿Qué le sucede? Se preguntó Hinata, suspirando y saliendo con sus cosas en dirección a su salón. No iban a ser unos días tan fáciles, y estaba algo claro. Ah... Sólo pasa rápido, semana.

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¡Hola! Perdón por no actualizar, pero estaba ocupado con esto de entrar a clases, pero ya actualiceEspero les guste y disfruten. Los quiero mucho ♥. Nos leemos.

One Week ♦KageHina♦ ¡Lee esta historia GRATIS!