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Duelo de Espadas

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DUELO DE ESPADAS

LUCÍA GONZÁLEZ LAVADO

Introducción

Leah

Era de madrugada, la noche se mostraba tranquila, quizás un poco fría debido a las primeras nevadas del invierno.

Todo parecía normal, como una noche más, en cambio Leah era incapaz de conciliar el sueño.

Llevaba horas en el balcón de su habitación, con la vista perdida en la nada, esperando que la punzada que aguijoneaba su corazón, tarde o temprano, desapareciera. Mas no lo hacía. Se incrementaba según avanzaba la noche y la sensación de un mal cercano no dejaba de atormentarla.

Finalmente lanzó un amargo suspiro y decidió que era hora de volver a la cama e intentar descansar. No obstante un lastimero gemido a lo lejos la detuvo. De repente un perro había empezado a ladrar, aunque había sido acallado al instante.

Nerviosa volvió la vista al pueblo, increpando en la oscuridad, como si desde la lejanía pudiera descubrir qué estaba pasando. Y no tardó en encontrar las respuestas.

Primero vio dos pequeñas luces rojas, después el fuego resoplar de sus narices y por último las crines impregnadas en llamas.

¡No podía creer lo que estaba viendo! Las Pesadillas, los caballos más temidos de la historia del reino de Isleen, habían resurgido. Y no iban solos. Terribles guerreros los controlaban.

Agitada regresó a su habitación, se lanzó al suelo y levantó una losa que no estaba adherida al piso. Bajo ésta escondía varias armas y ropa que le permitía defenderse con comodidad. Tras coger lo necesario  —entre ellos una fina espada y dos cuchillos— corrió al patio delantero del castillo.

El caos ya comenzaba a apoderarse del pueblo. Escuchaba gritos, llantos y aunque las murallas que protegían el palacio le impedían ver qué pasaba tras ellas, las lenguas de fuego eran tan intensas que impregnaban con su color el cielo.

No podía creer lo que estaba sucediendo. Tenía que hacer algo. Y corrió a los portones. Tras éstos oía los gritos de auxilio de su gente. Sin embargo, no tardaron en  ser acallados. Las puertas eran golpeadas, no por manos humanas, sino por crines de fuego.

Consternada contempló como el ejército echaba abajo la portezuela y allanaba los terrenos del castillo. Aun así no se rindió. Es cierto que tales bestias le infundían un miedo terrible y que los caballeros que las montaban le provocaban escalofríos. Pero durante meses se había preparado para algo así. Con una frialdad innata en ella, desenvainó su espada y aguardó con valor a su enemigo.

La bestia comenzó a rondarla como un depredador antes de matar a su presa. Leah asestaba estocadas certeras, tanto al animal como al guerrero y con asombro vio que las heridas sanaban de inmediato. Aquellas criaturas eran inmunes al acero. Y como todo depredador, tenía un límite: se había cansado de jugar.

El guerrero desenvainó su arma. Detuvo con gran facilidad los ataques de Leah y en un golpe más partió la espada de la chica en dos. Tal gesto provocó que se quedase paralizada, por lo que no evitó el ataque de su enemigo. Le había herido en el costado, aunque podría haber sido peor. En el último segundo alguien se había lanzado encima de ella, evitando así su muerte.

—¡Por fin te encuentro! —Exclamó Ryder a la vez que ayudaba a Leah a ponerse en pie—. Tenemos que huir. Él los controla, Leah, y viene a por ti.

—¿De qué estás hablando? —inquirió la muchacha mientras seguía al joven. La pareja regresó al castillo, seguidos en todo momento por la bestia, pero lograron evitarla al internarse en los pasillos del servicio, los cuales recorrían toda la estructura y se utilizaban para que los criados no fueran vistos por los nobles—. Él no ha podido hacer esto… ¡Tienes que estar equivocado!

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