Detrás de la pantalla

21 1 0

¿Cómo pudo la realidad virtual zombificar a la sociedad? La gente dejó de interactuar entre sí. Las horas de clase se volvieron un raid caza y los recreos comenzaron a pasar desapercibidos. Ya no era necesario retar a los estudiantes por pelear o correr en el patio, y los escasos comentarios pasaron a ser "no quiere decirme dónde lo encontró".

El número de accidentes en la vía pública se incrementó. Los andenes y vías debieron ser cercados y, después de cierta hora, las grandes avenidas pasaron a cerrarse para los automóviles, liberando así la caza de pokemones sin que los ciudadanos corran ningún riesgo.

Si bien los creadores del juego intentaron eliminar por completo la aplicación, ésta aparecía una y otra vez en el Play Store.

Los carteles y denuncias de desapariciones dejaron de llegar cuando el juego atrajo también a los adultos. Pronto, los jubilados decidieron, al igual que el resto del mundo, pasar su tiempo recorriendo las calles con su andar lento, sus bastones, sillas de ruedas o cualquier otro tipo de apoyo, sosteniendo sus nuevos celulares y capturando pokemones.

El mundo completo intentaba ganar un juego que no se gana.

Un anuncio de batería baja llevó a Paola a recorrer la casa en busca de un cargador portátil. Activó el ahorro de energía y revolvió los cajones, sin perder de vista la pantalla monótona en la que llevaba perdida por más tiempo del que ella creía.

-¡Mamá!-pegó un grito y atrapó al pequeño que tenía delante, sin importarle la cantidad de veces que lo tuviera ya.- ¡Mamá! ¡No encuentro el cargador!

El pitido del teléfono la alertó. Tres por ciento de batería. Aceptando que su madre no estaba en la casa y que nadie parecía estar dispuesto a ayudarla, decidió salir en busca de los vecinos. No sabía cuándo los había visto por última vez, tenía un ligero recuerdo de una pelea, pero ni siquiera sabía si había estado involucrada. Tocó el timbre una y otra vez, en forma insistente, hasta que el celular emitió su último destello.

-¡Tomás!-chilló volviendo a su casa, renunciando por completo a los vecinos.- ¡Esto no es un juego! ¡Devolveme el cargador o...!-su grito se apagó al entrar al cuarto y encontrarlo vacío.

En poco tiempo, Paola comprobó que la casa estaba vacía. El polvo se había acumulado sobre las repisas, las camas seguían deshechas, los platos habían formado una torre de tamaño considerable sobre la mesada. Encontró en su camino más bichos de los que le habría gustado. Sólo tenía una cosa en claro, hacía tiempo que no había nadie en la casa.

Los ojos se le cristalizaron por un instante que duró hasta que todo se volvió oscuridad. Fue encendiendo todas las luces, y ya no le importaba si había o no un cargador en la casa, sólo le aterraba no escuchas el reto característico de su madre cuando ella realizaba aquel "derroche de energía".

Abrió la heladera, buscando algo para aplacar el dolor, pero no encontró nada en buen estado. La putrefacción que atacó su sensible olfato, la descompuso al instante. Entonces extrañó a su hermano riendo y a su madre mimándola. Incluso extrañó a su padre, lo que recordaba de él antes del abandono.

No había un ruido, un alma que perturbara aquel mundo que Paola sentía que se había vaciado por completo. Las lágrimas empaparon la almohada sobre la que reposaba sin poder dormir. Junto a ella, su celular permanecía apagado, pero eso era algo que ya estaba demasiado lejos de preocuparle.

El amanecer golpeó su soledad y Paola se puso la mochila al hombro. Guardó el teléfono en su bolsillo y ahí encontró el cargador portátil que logró mostrarle lo que ocurría a su alrededor. Subió a la bicicleta y emprendió su camino que no sabía a dónde se dirigía realmente.

Detrás de la pantalla¡Lee esta historia GRATIS!