El mago de Oz

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Uno. Pie derecho. Dos. Pie izquierdo. Tres. Pie derecho. Cuatro. Pie izquierdo. Cinco. Giro. Repetir.

Miraba las baldosas, que se empujaban y apretujaban debajo de sus zapaptillas, mientras intentaba no pisar las delgadas paredes que las separaban para evitar que se peleasen por el mejor puesto.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Intentaba averiguar cuántas podría sobrepasar de un salto. Aterrizó de puntillas. Movió sus delgados brazos como las aspas de un molino para recuperar el equilibrio y no estrellarse. Con un suspiro, hizo chocar los talones de sus zapatillas para seguir por el camino de baldosas amarillas.

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Se paró, mientras se balanceaba sobre los talones y las puntas tarareando una melodía inventada. Miró al poste verde con luces parpadeantes, esperando a que el hombrecillo verde empezara a caminar. Los depredadores rugientes, con mal aliento y zapatos de caucho, se pararon para formar una pasarela por la que pudiera pasar. Ella sonrió mientras caminaba por la espalda de la zebra, evitando las rayas negras, para no caer al vacio.

Uno. Dos. Tres. Cua...

Tuvo que retroceder un par de giros, se había pasado. Se acercó a la puerta de hierro forjado y se colgó de ella. Con la lengua entre los dientes, se aferró a la puerta con un brazo y las piernas. Extendió la mano hacia el telefonillo algo oxidado y con pegatinas medio despegadas. Pulsó el botón tras el que sabía que estaba él esperándola. Un crujido eléctrico precedió sus acostumbradas palabras.

-Buenos días, querida Dorothy.- dijo con su habitual tono alegre.

-Hola, Mago.- respondió la niña con voz chillona.- Las baldosas amarillas me han traído a tu casa.

-Te dejaré entrar siempre que vigiles a Toto, la última vez manchó la alfombra.- bromeó el chico pulsando el botón que abría la puerta sobre la que ella estaba encaramada.

De un salto, entró en la urbanización. Subió las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Con la respiración acelerada, se acercó a la puerta de la que pendía un tres de latón. Tras golpear sus nudillos contra la puerta al ritmo acordado, él abrió la puerta. La niña se abalanzó sobre él, apresando su pierna. Él rió, sacudiendo su pelo revuelto, cerrando la puerta. Arrastrando la pierna, recorrió el piso hasta la cocina.

-Te estas haciendo demasiado mayor para esto.- dijo el chico arrancando a la niña de su pierna y sentándola en el poyete.

La niña sólo hizo un puchero.

-Ya casi está lista.- murmuró él más para sí que para ella.

-¿Qué has preparado?- preguntó ella relamiendo su labio inferior con torpeza.

-Revuelto de verduras con ''Pescanova''.- respondió el joven mientras intentaba no derramar nada al pasar el enjendro de verdura desde la sartén a sus platos.

La niña arrugó la nariz ante el olor de su comida. Como una mariposilla, siguió al chico en cada pequeño gesto y movimiento hasta que todo estaba preparado para que se sentaran a comer.

-¿Qué tal te ha ido en clase?- preguntó el chico mientras observaba como la pequeña engullía el pescado rebozado.

-Ha sido muy aburrido.- respondió la niña con los carrillos a punto de explotar.

-Para ti, las clases siempre lo son.- masticó el rubio de pelo revuelto.- ¿Nada emocionante?

La chica negó con la cabeza mientras masticaba con dificultad por la cantidad de pescado que contenían sus mejillas.

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