CAPÍTULO 1

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Ahora ya puedo decir que he tocado fondo. ¡Oh, sí!, he caído tan bajo que, desde las profundidades en las que me encuentro sumergido, no se vislumbra ni un mísero rayo de luz. No exagero ni un poco. En los últimos años, lo he perdido todo: mi empresa, la casa, el coche, incluso a mi mujer. Sí, Irene se largó en cuanto nuestra cuenta corriente llegó a números rojos. En fin, supongo que no puedo culparla. Lo más inteligente es abandonar el barco cuando éste se hunde, y el mío fue un naufragio en toda regla. La pura verdad es que ella siempre ha sido muy lista, así logró cazarme en primer lugar. Aunque debo reconocer que su cuerpo de infarto, esas piernas larguísimas, su carita de ángel y aquella mirada de viciosa que sabía poner a voluntad también ayudaron lo suyo. Supongo que, en el fondo, me estuvo bien empleado por enamorarme con la vista de una mujer, diez años más joven que yo, que jugaba en una liga muy superior a la mía.

A pesar de todo, no me arrepiento. De mi matrimonio fallido me han quedado algunos gratos recuerdos y una niña de cinco años preciosa, Laura, que ha heredado todas las virtudes de su madre y algunos de mis muchos defectos. Solamente puedo verla dos fines de semana al mes. No es mucho, o mejor dicho, es una mierda. Pero mi precaria situación no me permite contratar a un abogado para pelear por la custodia porque tengo problemas mucho más urgentes, como comer todos los días o procurarme un techo sobre la cabeza.

Soy un hombre de cuarenta años que duerme en el sofá de un amigo, uno de los pocos que me quedan, y trabaja en un bar de mala muerte por las noches para ganar un mísero sueldo con el que voy tirando a duras penas. El problema es que la mujer de mi amigo empieza a estar harta de compartir su sala de estar conmigo y el contrato de camarero se me está terminando. Tengo quince días para encontrar otro trabajo y un lugar donde vivir. Pero mucho me temo que, salvo que ocurra algún milagro, lo más seguro es que acabe durmiendo en la calle como un vagabundo más. La verdad es que no es una perspectiva muy alentadora.

Por desgracia, la situación en España no está muy boyante que digamos en cuanto a empleo se refiere, y ya no hablemos de los precios de la vivienda. Si al menos tuviera un título universitario o hablase algún idioma, quizá podría emigrar a algún país más prospero que este, pero lamentablemente no es el caso. Como muchos otros de mi generación, dejé los estudios porque, en aquella época, había trabajo de sobra para todos. Sobre todo en el sector de la construcción, donde empecé currando como peón y terminé montando una empresa a medias con otro socio. Al principio nos fue bien, despegamos en poco tiempo, y en un par de años ya teníamos más de una veintena de empleados a nuestro cargo. No nos faltaban encargos y ganábamos más dinero del que podíamos gastar. Precisamente, fue en esa época cuando conocí a Irene y dejé a mi novia de toda la vida por ella. Sí, lo sé, soy un cretino y me lo tengo merecido, pero ahora ya no puedo hacer nada para remediarlo.

Cuando llegó la crisis las cosas empezaron a ir mal también para nosotros. De repente, pasamos de ganar dinero a raudales a perderlo de una forma vertiginosa: las obras escasearon y muchos clientes dejaron de pagarnos. Hasta que la situación se volvió insalvable y tuvimos que declararnos en quiebra. Vivimos de los ahorros mientras pudimos. Después, no tuvimos más remedio que vender todas nuestras propiedades hasta que ya no nos quedó nada que poder intercambiar por dinero. Miguel, mi socio, no pudo soportar la presión y se quitó la vida hace poco más de un año. Y yo, bueno, mentiría si dijese que la idea nunca se me ha pasado por la cabeza, pero creo que soy demasiado cobarde para llevarla a la práctica; además, tengo una hija por la que seguir luchando. Haría cualquier cosa por ella. Cualquier cosa.

Y eso me lleva al comienzo de mi historia porque resulta que sí hay algo que podría hacer para salir de la situación en la que me encuentro, pero a costa de perder la poca dignidad que me queda. Ya sé que la dignidad no te pone un plato de comida sobre la mesa ni tampoco sostiene un techo sobre tu cabeza, pero me pregunto si el precio a pagar no será demasiado alto. Podría aceptar y dejar que todos mis problemas se fuesen por el desagüe. Decir "sí" sería muy fácil y después no tendría que volver a preocuparme por el dinero en una larga temporada. Quince mil euros son quince mil razones muy poderosas para alguien en mi situación. No obstante, el escaso amor propio que aún me queda se niega a plantearse la idea como una posibilidad real, el simple hecho de pensar en ella hace que sienta una animadversión instantánea hacia el hombre que me la propuso. Y, sin embargo, la pura verdad es que, por más vueltas que le doy, no veo ninguna otra salida.

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