El bullicio era el principal protagonista de la ciudad de Nocream por el día. Las noches eran silenciosas, porque los Guardianes eran muy estrictos en los toques de queda. Las gentes se arremolinaban en las calles comprando, vendiendo y haciendo trueques. La ciudad en sí era un gran mercado. Se podían encontrar entes de todo tipo, pero sobre todo aquellos que solían habitar cerca de bosques y montañas: elfos, cíclopes, duendes y hadas circulaban a sus anchas por las abarrotadas calles. Por eso nadie prestó atención a la llegada de una ninfa y una mujer encapuchada. Taparse el rostro era algo habitual.

—Recuerda no separarte mucho, ¿de acuerdo?

Eso es lo que Scarlett habría oído si estuviera prestando atención a su amiga. Pero era una de esas pocas veces donde podía ver algo más allá de su pequeña granja y tenía intención de grabar cada detalle como si fuese un tesoro. De vez en cuando dejaba salir la punta de su nariz de la capucha para oler el pan recién hecho o la fuerte esencia de la herboristería. Una mancha roja pasó como el rayo por delante de ellas, casi atropellándolas y siguió su camino. Parecía ser un florista cargado hasta las cejas de macetas y a punto de perder el equilibrio.

—¿Eso no eran tulipanes?—preguntó Larissa—¿Compramos algunos?

Scarlett persiguió con la mirada las macetas hasta que el florista hubo desaparecido tras la multitud.

—Mejor...no.—dijo Scarlett—Tenemos el dinero justo para los recados que me mandó la señora Pania.

Larissa se encogió de hombros.

—Como quieras, pero deberías darte un capricho de vez en cuando.

—Lo sé.—dijo Scarlett dirigiendo una mirada pícara a su amiga. Metió la mano en el bolsillo justo en el centro de su vestido y sacó un pequeño saco de piel. Desató la cuerda que lo ataba y sacó un par de monedas de hierro de su interior.—He estado ahorrando.

La ninfa hizo un esfuerzo por aguantar la risa. No quería burlarse, pero dos monedas de hierro eran una cantidad ridícula para la sonrisa orgullosa que tenía Scarlett.

—¿Cuánto tiempo llevas ahorrando? ¿Dos días?—le preguntó tapándose los labios con la mano para que no viese la mueca burlona.

Scarlett alzó las cejas con sorpresa ante la pregunta.

—¿Qué? Claro que no, empecé hace un año.

Larissa bajó la mano de su boca porque ya no tenía mueca ninguna que esconder. A veces olvidaba lo duro que trabajaba su amiga cada día. Ella vivía con bastante libertad en lo que cabe, con tal de mantenerse alejada de las autoridades humanas podía hacer lo que quisiese en cierta medida y no tenía problemas en conseguir cosas materiales o beneficios. Tenía el arma de la persuasión consigo, y funcionaba muy bien, especialmente en hombres. Pero Scarlett nunca aceptaba regalos ni limosnas, decía que era feliz viviendo de forma modesta y que se sentiría mal porque no podría devolver los regalos.

Larissa frunció el ceño y decidió que su amiga no se iría de allí sin sus flores. Echó un rápido vistazo alrededor y encontró una presa fácil: un ogro. Bebía cerveza tras cerveza sin mesura, riendo a carcajadas con otro de su raza y dando fuertes golpes en la mesa. Cuando el tabernero se acercó a rellenarles las copas, el ogro sacó una moneda de oro y se la dio. Larissa sonrió triunfante: ¡tenía dinero! Seguro que suficiente para un par de flores si una hermosa ninfa se lo pedía. Los ogros se perdían por las ninfas, tan delicadas y elegantes, tan diferentes de ellos.

—Voy a saludar a un amigo que acabo de ver. Ve adelantándote hacia la pescadería y enseguida iré yo.—le dijo a Scarlett.

Scarlett asintió y dio media vuelta para dirigirse a la zona del mercado donde estaba el pescado.

Crónicas del Submundo I - El último Guardián[Pausada] ¡Lee esta historia GRATIS!