Las mañanas otoñales del Submundo eran frescas, pero soleadas. Si vivías en el campo, los ratones se metían de madrugada en tu casa para refugiarse del frío y los gallos te despertaban a horas que habrían sido consideradas indecentes por cualquier habitante de la ciudad.

La granja de la señora Pania era conocida por la buena leche de sus vacas y la mala de su dueña. Era una anciana huraña, de nariz aguileña y espalda encorvada por la edad, con un moño estirado hasta la saciedad que le tensaba la piel de la cara. Había aparecido por el valle de los Sauces Llorones hacía unos diez años atrás, trayendo consigo una niña.

Aquel valle estaba situado en Ozirian, reino de entes, término usado para designar a las criaturas que no eran humanas. Como bien sabían todos, ningún humano, a excepción de los habitantes del castillo y los Guardianes, tenía permitido vivir allí. Sin embargo, aunque a primera vista la vieja Pania pareciera humana, debía tener también algo de bruja, pues nadie era capaz de ver su granja a menos que ella lo permitiera. Se mantenía oculta en su pequeño hogar y cuando necesitaba algo mandaba a su inquilina bajar por la colina hasta la ciudad de Nocream.

A los entes del valle les habría dado igual la existencia de la granja, sino fuera porque una de los suyos, una ninfa del bosque, le había cogido apego a la niña de la que cuidaba la señora Pania, y eso rompía la norma más importante de los Cuatro Reinos: No debe haber ningún tipo de relación entre entes y humanos. Por eso, cuando la cría de ninfa se escabullía entre los árboles para visitar a su amiga, un montón de ojos brillantes las seguían continuamente, preparados para intervenir en caso de que un Guardián las viera. Porque sabían cuál era el castigo por incumplir la norma de oro.

Pasaron diez años desde que la granja apareció en la cima de la colina. La vieja Pania se volvió más vieja si cabe y su carácter se avinagró. Mientras tanto, la niña también creció, convirtiéndose en una joven de dieciséis años con el rostro pecoso y la piel morena debido a pasar tantas horas bajo el sol. A parte del paso del tiempo, todo seguía igual. Así que cuando el primer rayo de sol asomó aquella mañana de otoño por la ventana de Scarlett, esta se desperezó lentamente y con un bostezo, se levantó de la cama.

Caminó por su cuarto apenas abriendo los ojos, no lo necesitaba, se lo sabía de memoria. Cogió la jarra de agua y echó un poco en el plato. Se lavó la cara intentando no pensar en lo fría que estaba y abrió su armario, un mueble anticuado y carcomido por las termitas, pero que bien servía para su función. Tenía dos prendas, un vestido blanco y verde, de mangas cortas y ceñido hasta la cintura, dejando luego caer un poco de vuelo hasta las rodillas, y una capa negra, que le quedaba grande demás y se descosía por la capucha. Sacó el vestido y se quitó el camisón, dejándolo cuidadosamente doblado en el suelo del armario. Luego, hizo la cama y abrió las ventanas. Estaban llenas de telarañas. Otra vez. Scarlett suspiró, resignada y decidió dejar a las arañas cazar unas cuantas moscas más antes de destrozar su trabajo. Bajó las escaleras sin hacer ruido, pero fue inútil.

—¡Buenos días, holgazana!—bramó la vieja Pania, que la esperaba sentada en la cocina.

—Buenos días, señora.—contestó Scarlett poniéndose un simple delantal blanco y yendo a hacer el desayuno de ambas.

Scarlett sabía que a la anciana le encantaba quejarse nada más empezar el día, así que cogió un par de huevos de la cesta de mimbre con tranquilidad, apartó la cáscara y los echó a la sartén.

—¿Qué horas son estas? ¡Llevo esperándote siglos! ¿Y es que no sabes peinarte?

—Yo diría que son las seis de la mañana, señora—contestó Scarlett mirando por el ventanuco hacia el sol, con cara de concentración—Pues deberíais tratar de dormir mejor, el descanso es importante. ¿Le ocurre algo a mi pelo?

Crónicas del Submundo I - El último Guardián[Pausada] ¡Lee esta historia GRATIS!