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Hay algo relajante en dejar que tu mejilla descanse sobre la fría superficie del piano, dejar que la luz del día cambie de intensidad, ya sea porque se haga de noche o porque las nubes tapen los rayos del sol.

Existe una gran paz en esta habitación. Una paz... ¿pacifica? ¿Placentera...? ¿Soñolienta?

Sus manos casi rígidas acarician las teclas del piano, y eso la hacen rememorar viejos tiempos con sus viejos amigos. Conoce cada tecla del piano como si fueran personas, como si tuvieran voces propias, como si ella pudiese unirlas y crear conversaciones. Un do que retumba enfadado ante un si tímido. Un fa demasiado agudo, como si se quejara ante el silencioso la.

Viejos amigos que no volverá a escuchar.

Aunque les conoce de memoria, sabe muy bien que ahora se han convertido en amores imposibles de la infancia. Como un primer amor al que no puedes olvidar. Solo en momentos así, de completo silencio, puede llegar a imaginar que vuelve a tocar el piano.

Do....Re...Mi...Fa...Sol...La...Si...

Ghazalia Sorelle se despierta poco a poco del embrujo del piano. Sus manos descansan tranquilas, pero no puede evitar mirarlas de reojo como si quisiera llamarles traidoras.

Si...La...Sol...Fa...Mi...Re...Do...

No, hoy hay demasiada tranquilidad. ¿Dónde están los niños?

Como si les hubiera conjurado de entre el infierno que es la escuela, un retumbo en la puerta principal y la casa se llena de vida. A lo lejos escucha a Dusha ladrar frenética como si se tratase de la ardilla acosadora del madroño. Después escucha a la señora Marín. Ella empieza a gritarle al perro que se calle mientras una bandana de niños descontrolados se cuelan en el silencio de la mansión.

Ghazalia se observa el camisón. Hoy también acaba de olvidarse que debe vestirse como una persona normal y se apresura a deslizarse descalza por la puerta lateral que lleva al salón para así aprovechar y subir por las escaleras del servicio a su recámara. Demasiado tarde, porque Becky corre en pos suya junto con Dimitri.

—¡Mamá, Mamá, Grigori me ha roto los deberes! —grita tirándose a sus piernas.

—¡Eso es mentira! —chilla a su vez Grigori—. Vamos, Kirill, cuéntaselo tú que Dimitri miente.

Como si no fuera consigo, Kirill se mete las manos en los bolsillos. Como si tuviera jaqueca, Ghazalia se lleva las manos a las sienes.

—¿Cuantas veces te he dicho que no digas mentira, que digas que no es cierto?

Como hace su padre, Grigori se alza orgulloso con una mandíbula tensa y los puños apretados.

—Pero mamá...

—¿Dónde está Sergei?

Sergei es el más pequeño. El bebé de su corazón. El único que no ha empezado a antagonizar a sus hermanos como Grigori. Ni a ignorar a todos como Kirill. Ni tampoco a sufrir rabietas como Dimitri. Por más que quiera ser imparcial con sus hijos, el más pequeño es quien más le preocupa, quien más quiere abrazar y dar mimos y proteger. Es un instinto casi primal, eso de querer defenderle a toda costa. Aunque eso signifique que Grigori tenga celos. Además, Sergei es especial, es casi un milagro.

—¿Señora Marín? ¿Dónde está Sergei? —pregunta preocupada porque hay algo en el ambiente que le preocupa. Algo en la forma de actuar en Grigori y Dimitri que no acaba por encajar. Como si todo el asunto de los deberes rotos fuera una actuación. Además, Kirill no parece querer levantar los ojos del suelo—. ¿Ha ocurrido algo hoy en la escuela, Kiryusha?

—Mamá... papá tuvo que llevar a Seryozha al hospital —contesta Kirill y Grigori parece ruborizarse como si Kirill hubiera soltado un secreto. Le escucha susurrar por lo bajo:

—Papá dijo que no debíamos decírselo a mamá, que eso la pondría más triste. Que no era nada.

Ghazalia por poco se cae al suelo.

Ahora está llamando a la Señora Marín a gritos y cuando va a la cocina, se la encuentra al teléfono.

—Perdón, señor, la señora...

—Dame el teléfono. ¡Ahora!

Por poco se lo arranca del brazo.

—¿Por qué no me has avistado? ¿Por qué?

Vladimir parece contestarle retraído.

—No es nada, querida, solo un... un accidente.

Por la forma que tiene de contestarle, ni muy distraído ni tampoco muy animado, su respuesta forzada es como un puñetazo al estomago.

—¿Está en tu hospital?

—No, en un ambulatorio. Van a trasladarle ahora a mi hospital.

—Iré ahora mismo.

Por un momento quiere tirar al suelo el teléfono, pero en vez de eso se sujeta a la pared y empieza a llorar desconsolada. Grigori y Dimitri le observan asustados en el umbral de la cocina.

—¿Qué ha ocurrido con Sergei? —Ninguno parece querer contestar—. ¿Qué ha ocurrido con mi bebé?

Ni Kirill lo dice.

Una madre sabe cuando su bebé está en peligro. 

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