Perdida en el abismo. Parte II

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No podría decir cuánto tiempo había estado persiguiendo a Argos, mientras Darius me perseguía, pero había estado corriendo un largo trecho.

El camino se había vuelto escarpado y sinuoso, y la carrera había empezado a tornarse cuesta arriba.

Me aferraba a los pastizales y raíces de los arbustos que crecían entre las rocas, para darme impulso y evitar caer, produciéndome varios cortes y magulladuras.

La sangre pronto había comenzado a aflorar de las heridas, mezclándose con el verdoso tono que habían adquirido las palmas de mis manos.

A pesar de la dificultad del ascenso, logré llegar bastante alto, a una zona plana de la zona montañosa donde estábamos.

El soldado estaba demasiado cerca, casi pisándome los talones y yo comencé a sentirme como una presa acorralada por su cazador.

Mi pesadilla se volvía real, aunque no había sido tal en realidad. Lo que había visto mientras dormía era una premonición, y ahora sabía exactamente qué hacer.

No muy lejos estaba el precipicio y en mi mente estaba comenzando a trazar un plan, para que Darius cayera en el.

A unos cuantos metros, tras una densa mata de vegetación el abismo se abría, como la enorme boca de un depredador, profundo y mortífero, ante mí.

Planeaba esconderme en los arbustos, sorprender a Darius y embestirlo por detrás, para lanzarlo al vacío; pero de pronto, la tierra comenzó a estremecerse bajo mis pies.

El temblor produjo que algunas rocas se fragmentaran y se desprendieran de la parte superior de la montaña. Los guijarros se acumularon detrás de mí, formando una gruesa muralla natural que me cerraba el paso. Aunque la pared dificultaba el acceso a Darius, también me había dejado aislada entre una angosta franja de suelo y el vacío mismo.

En ese momento, mientras exploraba la muralla rocosa, el tirano entró en mi campo de visión. Él también había quedado atrapado, y se encontraba a unos cuantos pasos de mí.

Era una clara señal de que había llegado el momento de que la profecía se concretara.

−Esto se define ahora muchacha...−dijo el tirano, abarcándome con sus ojos oscuros y no se imaginaba cuánta verdad había en sus palabras.

−¡Acabaré contigo maldito!− grité y ambos comenzamos nuestra propia lucha forcejeando al pie del precipicio.

Argos era muy fuerte, a pesar de ser viejo y estar enfermo, y esa fortaleza probablemente venía de su entrenamiento militar o de aquellos brebajes mágicos que le obligaba a preparar a su esposa y que le conferían esos aires de "deidad" que tanto presumía.

Cualquiera fuese la razón, lo cierto era que a pesar de mis golpes y patadas, me estaba reduciendo con facilidad y me tenía casi inmovilizada contra la pared de piedra.

Noté entonces que el tirano deslizaba una de sus manos hacia su cinturón, donde reconocí la espada de Evelia.

Aquello me recordó su muerte y luego la de Vera. Tantas vidas inocentes perdidas en vano...

Ese pensamiento aumentó mi cólera y me dio la fortaleza que necesitaba para continuar peleando.

Acabaría con Argos, aunque aquel acto costara también la propia vida.

A veces uno debe hacer sacrificios y olvidarse de los deseos más fervientes de su corazón para abocarse a una causa mayor, a un bien superior, que excede los límites de su propia individualidad.  

Una energía nueva, extraña, comenzó a surgir dentro de mí y se extendió por cada una de mis terminaciones nerviosas, otorgándome mayor vitalidad

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Una energía nueva, extraña, comenzó a surgir dentro de mí y se extendió por cada una de mis terminaciones nerviosas, otorgándome mayor vitalidad. Me sentía mucho más fuerte, mis sentidos despiertos, mi mente enfocada.

Logré liberarme de su presión empujando su cuerpo lejos de mí, hacia el borde del precipicio, no sin antes tomar la espadilla de Evelia de su cinturón de armas.

Arremetí contra él de nuevo y está vez el forcejeo duró solo unos instantes, pues aprovechando aquel repentino subidón de adrenalina, con un golpe certero, enterré la afilada hoja directo en el corazón de aquel monstruo.

Un chorro de sangre oscura saltó sobre mí rostro y empapó mi ropa.

Argos se tambaleó hacia atrás e intentó murmurar algunas palabras, que no oí con claridad, porque más sangre había emanado de su boca, reemplazando cualquier frase por un único sonido gutural, espantoso.

Entonces empezó a desplomarse directo al precipicio, extendiendo sus manos hacia mí. Me aparté rápidamente antes de que el peso de su cuerpo me arrastrara también a las profundidades y pensé que había logrado zafarme a tiempo, cuando me di cuenta que yo también había perdido el equilibrio y estaba cayendo con él en el abismo.
 

    

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