Perdida en el abismo. Parte I

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Mi corazón latía frenético mientras corría. La sangre pulsaba en mis oídos a causa de la adrenalina de la carrera. Una sensación de quemazón ascendía por mi rostro concentrándose en mis mejillas, mientras mis ojos se abarrotaban de lágrimas que distorsionaban mi visión. En mi mente las imágenes se atiborraban desordenadas, confusas, como una serie de diapositivas gastadas.

Iris había iniciado el ataque. Chispas doradas habían fluido de sus dedos, en dirección a Argos, pero el maldito había usado a su esposa como escudo una vez más, y ella había recibido parte del impacto.

Daniel, en tanto, había dirigido su furia hacia Jonathan, y ambos estaban ensimismados en una fervorosa lucha con sus respectivas espadas; porque el hijo del tirano también tenía la propia y no dudó en usarla.

El resto de los celestiales se habían lanzado en singular despliegue, desde el aire, contra sus contrincantes, envistiéndolos rudamente.

La escena era un revuelo de alas y demás extremidades, entrelazadas en combate.

Cegadores rayos de luz y chispas centellantes volaban por todos lados y el ensordecedor choque de espadas, sumado a los eventuales sonidos de disparos y gritos, llenaban la atmosfera de aguerridos acordes.

En medio de tal caos había oído el aviso de Iris en mi mente.

Se suponía que debía huir, pero en mi necedad había decido ir en busca de Argos, quedado en el foco de la tormenta.

No podía localizar al tirano, pero sí había visto a Darius, quien sujetaba a una Vera convaleciente del brazo y que, sin miramientos, en un gesto que distaba mucho de la piedad, había decido poner fin a su agonía. Un solo corte limpio y prolijo de su navaja, había abierto una herida profunda de lado a lado en su garganta.

Fue todo

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Fue todo.

Ella cayó al suelo, mientras yo me quedaba inmóvil contemplándola, sin poder hacer nada.

Un río de sangre comenzó a fluir de la herida a borbotones, empapando su ropa, y formando un pequeño charco alrededor, el cual fue ávidamente absorbido por una tierra escarlata.

La escena de detuvo un momento, o más bien fue como si todo se hubiera ralentizado. Notaba como mi visión comenzaba a nublarse, mientras el vértigo me embargaba y mi estómago giraba vertiginoso. Estaba entrando en estado de shock. Pero no podía dejarme vencer por el pánico.

Dejé que el enojo me llenara y se convirtiera en mi motor. Al fin había dado con el cretino de Argos, quien huía, como todo el cobarde que era, de la batalla.

Sin dudarlo lo seguí. Corría en dirección a la Montaña Sacra.

Volteé una última vez, mientras me alejaba, y logré ver un resplandor anaranjado, parecido a una bola de fuego cayendo del cielo. Alcancé a distinguir enormes alas del color de las llamas y garras doradas, las cuales sujetaban el inerte cuerpo de Vera, y lo elevaban por los aires.

Lo peor, sin embargo, fue descubrir que Darius había comenzado a seguirme. 








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