Reto #1: Cambio de género

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Puntos:

1) ¿Cómo se siente?

2) ¿Qué piensa?

3) ¿Le gusta?

4) ¿Se quedaría así?

5) Parte del tercer capítulo.

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Muchas veces creía que debía tener alguna maldición, pero no se le ocurría cómo la pudo adquirir. Siempre acababa como un loco pensamiento olvidado, de todas maneras; no había con quién discutirlo si no conocía a muchos creyentes. Preocupar a su madre en vano no le agradaba, ni siquiera consideraría contárselo a Hydra para que no lo dejase quieto por días enteros. Por esto, el día que despertó con la sensación de que su pecho estaba aplastado contra el colchón, su cerebro dejó de funcionar por toda una hora.

«¿Y se supone que Florian es el que está maldito? ¡Ahora sí que soy yo el de la maldición!».

No había otra explicación para esto. Tenía que ser una maldición de la que nunca había oído, fue lo primero que pensó al verse en el espejo. Pasó las manos por su cabello; ni siquiera era largo, el flequillo apenas alcanzaba su nariz y el lado opuesto seguía más o menos igual que antes, pero le molestaba. Su rostro era completamente suave, ¿a dónde se había ido la parte rasposa inferior? Sus cejas eran gruesas, mas perfiladas. Sus ojos eran lo único que reconocía.

—¿Qué demonios...? ¡Ugh! —Arrugó el rostro, ¡¿qué era esa voz?!

Ni siquiera quería revisar qué había en su ropa interior, que de alguna manera también pasó a ser femenina. Por eso, sin entender nada e ignorando sus necesidades, se sentó sobre la tapa cerrada del inodoro hasta que le dolió la incomodidad. 

No tenía idea de cómo había terminado así: no había interactuado con magos aparte de Snowring en los últimos días; pero, a menos que ella hubiese decidido vengarse de los amigos de su ex también, no veía motivos para que lo maldijera. ¿Sería una de esas que uno mismo se inducía sin darse cuenta? Lo dudaba, sabía cómo funcionaba ese tipo de maldición y nunca había imaginado algo remotamente similar. Ya había pasado demasiado tiempo como para ser un sueño, así que la única opción que lo aliviaría estaba descartada.

Deseaba poder ocultarse hasta volver a la normalidad, pero ese sábado tenía trabajo por culpa de Hydra y su manía de teñirse el cabello más azul. Podía cancelar el plan de ir a la inauguración del parque Greeny, no este. Bufó —algo agudo para su gusto—, ni un cambio de sexo involuntario podía alejarlo de...

Chasqueó, ¡eso era! Si aparecía así en su casa, nunca lo reconocería. Podía inventar que era una nueva empleada que se encargaría de ella a partir de ahora. Sonrió; si ser mujer era lo que necesitaba para quitarse a la modelo de encima, quizás no era tan malo. Con más ánimo, retomó su rutina diaria.

Las cosas no pudieron ir más raras. No solo su cuerpo y lo que cargaba puesto habían sufrido cambios, todo lo referente a su persona se transformó: en lugar de un hombre, había una chica en donde se suponía que estaba él en sus fotos; sus relojes de pulsera eran más pequeños y coloridos; su identificación, licencia de conducir y carnet de empleado mostraban a la misma mujer del espejo; en su guardarropa no había rastro de prendas masculinas y hasta los productos personales correspondían a su nueva apariencia. ¿Qué había pasado con Buster? ¿Seguía siendo ese su nombre?

Sin embargo, nada superaba a lo ocurrido cuando llegó a la residencia de la modelo. Ya tenía preparada la explicación del cambio de empleado y creado un nombre acorde a su cara; ambos recursos fueron innecesarios.

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