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Pen Your Pride

Agua de vida. Parte I

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La gema brillante en forma de sol se hallaba en la cúspide del cielo, y extendía sus rayos diamantinos en múltiples direcciones, creando una verdadera telaraña de luz blanca sobre nuestras cabezas, cuando comenzamos a andar nuevamente

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La gema brillante en forma de sol se hallaba en la cúspide del cielo, y extendía sus rayos diamantinos en múltiples direcciones, creando una verdadera telaraña de luz blanca sobre nuestras cabezas, cuando comenzamos a andar nuevamente.

Iris deseaba mostrarme su hogar, en la montaña sagrada, donde yacía la fuente que contenía el agua de la energía vital.

Obviamente no pude rechazar la propuesta, puesto que justamente ese elixir mágico era el que necesitaba para curar aquella enfermedad, que se extendía como una plaga siniestra, sigilosa y mortal, por todo El Refugio.

Desde nuestra actual posición, en la cima de una de las colinas de oro, su morada se veía lejana.

La montaña sagrada era la más alta de sus hermanas, las cuales la flaqueaban a los lados, y casi parecía rasgar el cielo, con su escarpada punta afilada.

Cuando mi vista se fijó en el valle, mis ojos captaron a un hermoso corcel alado, de color azabache, el cual con su larga lengua, sorbía el néctar dorado de las flores, como si de un colibrí se tratara.

Iris y yo comenzamos a aproximarnos hacia el animal, el cual pareció advertir nuestra presencia, o mejor dicho la de su Reina, dejó de alimentarse e hizo una reverencia ante ella

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Iris y yo comenzamos a aproximarnos hacia el animal, el cual pareció advertir nuestra presencia, o mejor dicho la de su Reina, dejó de alimentarse e hizo una reverencia ante ella.

−Hola Guardián. –saludó Iris− Te presento a Alise, mi tátara nieta −El Pegaso relinchó suavemente y yo sonreí de manera amplia, devolviendo el saludo. −Ella será tu pasajera el día de hoy. Ya sabes a dónde debes llevarla.−añadió la Reina y mi corazón dio un vuelco.

Mi anhelo, desde que había puesto un pie en esas tierras mágicas era ver un pegaso, y montarlo, de manera que cuando Iris pronunció esas palabras, la emoción me invadió.

−¿Tú cómo viajaras? −inquirí, mientras montaba al Pegaso, que se había inclinado, para facilitarme la tarea.

Las plumas sedosas de sus majestuosas alas, me hicieron cosquillas en las piernas.

−También tengo mi transporte−silbó suavemente un melodioso acorde y desde el florido valle descendente, un grupo de Pegasos, se irguieron.

Al principio no había notado su presencia, pues parecían formar parte del paisaje, ya que sus cuerpos estaban impregnados de polvillo de oro, al igual que las flores, que estaban sorbiendo.

Entre el grupo, había un animal que sobresalía del resto. Era de un tamaño más grande y cuando levantó el vuelo, desplegando sus descomunales alas, y se desprendió de la capa de polvo, pude ver la blancura de su pelaje, el cual deslumbraba tanto como la gema diamantina del cielo.

El Pegaso, se posó junto a Guardián y noté que todo su cuerpo era inmaculado, a excepción de las puntas de sus alas, que seguían conservando un toque dorado, propio.

−Ella es Dulcinea, la compañera de Guardián.−informó Iris, mientras que Dulcinea relinchaba y hacia arrumacos al otro pegaso, dejando algunas motitas de polvo dorado en el oscuro pelaje de su hocico.

A continuación, la reina montó en ella y emprendimos el vuelo.  

En el cielo la luz era más intensa y toda la atmósfera parecía relucir y estar impregnada de diamantinos destellos

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En el cielo la luz era más intensa y toda la atmósfera parecía relucir y estar impregnada de diamantinos destellos.

En algunas ocasiones intenté mirar hacia abajo, pero no pude ver mucho en realidad. Mis ojos solo captaban algunas formas incandescentes moviéndose bajo ese intenso océano resplandeciente.

La sensación de volar era inmensamente placentera.

Mis cabellos ondeaban libres y yo no podía parar de inhalar aquella fresca y límpida brisa, cargando mis pulmones, como si por vez primera respirara pureza.

El vuelo fue rápido, pues el batir de las alas de Guardián, era firme y constante y durante todo el viaje, me impartió seguridad.

Iris viajaba a mi lado, y de vez en cuando nuestras sonrisas se cruzaban, pues compartíamos la misma sensación de felicidad. Seguramente a ella, el vuelo le recordaba los tiempos en los que aún tenía sus alas.  

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