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Pen Your Pride

Donde moran los ángeles. Parte II

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El sitio que Daniel definía como el "lugar perfecto para descansar" era otra zona despejada de la foresta, donde únicamente yacía un gran árbol, de retorcido tronco.

Sus extensas ramas se abrían en abanico hacia los lados, como la cola de un pavo real, y exhibían diminutas y lustrosas hojas acorazonadas de un deslumbrante rojo rubí, salpicadas aquí y allí por luminosas motas de plata, efecto de luz nocturna.

−Este es el árbol corazón. −comunicó Daniel.

Ambos buscamos el mejor sitio entre las raíces que sobresalían de la tierra y se entrecruzaban como un edredón vegetal, para recostarnos en ella.

Mi ángel desplegó sus propias alas, que en ese momento brillaban tenuemente, y las usó para amortiguar la dureza del tronco, mientras yo me colocaba junto a él, recostándome a su lado.

Contrariamente a lo fuertes y resistentes que aquellas se tornaban en la batalla, donde se convertían en sólidos escudos o en afiladas espadas, eran en ese momento mucho más suaves y cómodas que un auténtico colchón de plumas, y además resultaban sorprendentemente amplias, porque cabíamos los dos a la perfección en ellas.

Yo apoyé la cabeza sobre el pecho de Daniel, tratando de no sucumbir ante el acompasado, casi musical, latido de su corazón, sin poder dormirme en su presencia, mientras los deseos de besarlo y recorrer los perfectos trazos de su cuerpo con mis labios, hasta el amanecer, se hacían más intensos; pero él se mostraba muy quieto y cauto.

‹‹¿Se ha dormido acaso?››

−¿Por qué se llama árbol corazón y no abanico? Se parece a uno −musité, rompiendo el incómodo silencio, haciéndole notar a Daniel que yo no estaba durmiendo e intentando pensar en trivialidades que alejaran impúdicos pensamientos de mi mente o deseos de mi cuerpo.

No veía su rostro en ese momento pero por alguna razón lo imaginé sonriendo. Él comenzó a acariciar mi cintura mientras hablaba.

−Bueno... resulta que no tiene que ver tanto con la forma, sino con lo que sucede cuando te sientas bajo su sombra, con la persona que amas, a cierta hora del día.−respondió, mientras con la otra mano, jugaba con mi cabello, enrollando y desenrollando un mechón entre sus agiles dedos – Si al atardecer la sombra del árbol proyecta un corazón completo en el suelo, significa que ambos están destinados, que son el uno para el otro.

−Vaya forma de anticiparse a los hechos.- dije divertida. ‹‹De haber tenido uno de estos árboles en El Refugio...››− Y tú alguna vez...−suspiré− ya sabes, ¿alguna vez trajiste aquí a alguien especial?

El soltó el mechón de cabello que ya se había convertido en un auténtico bucle e irguió un poco la postura.

 Yo también me incorporé, levantando la cabeza de su pecho, para buscar sus ojos.

Su rostro era sinónimo de seriedad.

−Claro que no.−respondió como si fuera la respuesta más obvia.− ¿Por qué lo preguntas?

−Bueno, yo pensaba...−se me hacía muy difícil hablarle cuando me observaba de esa forma.– en aquella noche en el Circo, cuando la vidente te tocó y dijo eso de que tenías una larga lista de admiradoras...−él cambió su expresión entonces. Su rostro se fue ablandando y formuló una media sonrisa, para luego comenzar a reír a carcajadas.−¡Esto no es gracioso! Estoy hablando en serio.− hice un mohín.

−Lo sé y eso es lo que me resulta divertido.− continuó riendo −No puedo creer que aún pienses en eso.

−¡La vidente sonó muy convencida!−me defendí.

−Fue necesario ya que no podía decir frente a un público humano que estaba viendo a un ángel. −su risa se detuvo mientras negaba.−Sin embargo, hay algo en lo que no mintió.

−¿Y qué es?−desvié la mirada.

Daniel atrajo mi rostro hacia él, y me invitó a observarlo nuevamente. 


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