13. "Escape"

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He pasado exactamente ocho días atrapada en este lugar y estoy volviéndome loca.

No estoy encerrada en una habitación. Tampoco tengo prohibido deambular por la enorme cabaña en la que me encuentro; sin embargo, Mikhail ha mantenido todas las salidas al exterior selladas en su totalidad. No hay ventana alguna que pueda ser abierta, ni puerta que pueda ser utilizada como medio de escape. Soy una prisionera a la que se le trata muy bien, y que ni siquiera es merecedora de una mirada por parte de su captor.

El demonio que me tiene cautiva no habla conmigo para nada. Ni siquiera se molesta en mirarme a la cara cuando entra en la habitación -lo cual no sucede a menudo-. Es como si fuese una especie de autómata. Un ser creado con la única finalidad de mantenerme en buenas condiciones mientras que espera por otro comando para ser ejecutado.


Los primeros cuatro días de mi estadía en este lugar, fueron un poco más llevaderos que los últimos. Durante ese tiempo, lo único que hacía era descansar estómago abajo sobre la cama de la habitación principal, y comer lo que Mikhail me traía; pero, desde que soy capaz de moverme con mayor libertad, se han acabado las atenciones.

Ahora la comida, la ropa y los productos de higiene personal son depositados junto a la puerta de la habitación en la que me hospedo.

Desde el instante en el que tuve oportunidad de no pasar la mayor parte del día acostada sobre mi estómago, o sentada con la espalda erguida sobre el sillón que he mantenido direccionado hacia la ventana, Mikhail se convirtió en un fantasma. Sus constantes visitas para alimentarme se han esfumado y ahora es como si estuviese todo el tiempo sola en este lugar. Como si la cabaña entera me perteneciese.


A pesar de todo esto y de las libertades que el demonio me permite, no he intentado escapar. No aún.

He merodeado por toda la casa en busca de algún espacio que no haya sido sellado por él, pero no he tenido éxito. No me desanimo, sin embargo. Voy a salir de este lugar a como dé lugar, pero para eso tengo que estar fuerte y, para conseguir esa fortaleza, debo recuperarme lo más que pueda. Debo alimentarme bien y de descansar lo suficiente.

No he dejado de lavar las heridas de mis muñecas y de mi espalda en todo el tiempo que llevo aquí atrapada. Es un poco más difícil hacerme cargo de los surcos que los estigmas han hecho en la parte posterior de mi cuerpo, pero no es imposible. Me he encargado de lavar minuciosamente cada una de las llagas con un estropajo para la espalda y, por si eso no fuera suficiente, conseguí que Mikhail untara ungüento en todas ellas durante los cuatro primeros días en los que estuvo atendiéndome y velando por mí.


No sé qué clase de pomada ha sido la que el demonio ha traído para mí, pero me ha servido un montón. Las heridas ya dejaron de doler, y por lo tanto, soy capaz de moverme con más libertad que antes; cosa que me tiene más allá de lo contenta.

No puedo decir lo mismo acerca de la debilidad de mis manos, sin embargo. Las heridas se abrieron tanto esta vez, que las siento entumecidas todo el tiempo. Se siente como si en cualquier momento fuesen a caerse. Como si nunca fuese a recuperar del todo la movilidad de mis extremidades.

Trato de no pensar demasiado en eso, pero la insidiosa idea no me ha abandonado ni un segundo desde hace días. Es bastante fácil crearse mil escenarios catastróficos cuando se está encerrada las veinticuatro horas del día dentro de una casa que conoces como la palma de tu mano...


El sonido de los pasos de Mikhail en el pasillo me hace saber que está acercándose a la habitación y sé, gracias a la penumbra en la que se ha sumido la estancia, que viene a traerme la cena. Sé, también, que no va a molestarse en entrar.

STIGMATADonde viven las historias. Descúbrelo ahora