La Tierra Mítica. Parte III

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Descendimos por la colina y nos fuimos adentrando al prado

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Descendimos por la colina y nos fuimos adentrando al prado. Una vez allí las sensaciones que experimenté a primera vista se intensificaron.

El aroma de los capullos era intenso, dulce, hechizante. Pasamos en medio de un grupo de extrañas flores violáceas, y tuve la sensación de que estas se estremecían tenuemente y vibraban como las cuerdas de un violín, ante nuestra presencia.

Extendí mi mano para tocar una de ellas y los pétalos de la flor aletearon, como las alas de una mariposa, y se elevaron por el aire desprendiéndose del tallo. 

En menos de un segundo todo el florido manto violáceo la imitó y decenas de pétalos aletearon y se movieron a nuestro alrededor

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En menos de un segundo todo el florido manto violáceo la imitó y decenas de pétalos aletearon y se movieron a nuestro alrededor. Primero nos envolvieron en una nube de fragante color y luego se elevaron sobre nuestras cabezas y se alejaron en conjunto, volando, al otro extremo del prado, como una parvada de aves migrantes, dejando solo tallos desnudos.

−¿Qué fue lo que pasó? ¡¿Por qué se fueron?!− exclamé, contemplando aquel espacio vacío y despojado que las flores habían dejado con su partida.

−No te alarmes –me tranquilizó Daniel con un tono divertido −Siempre sucede. Las "violetas quisquillosas" son flores muy susceptibles. Pero mira −señaló hacia lo lejos, al extremo del campo donde las flores habían volado −Allá están nuevamente, posadas sobre otros tallos.

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