Isaac.

Coloqué el débil cuerpo de Monett sobre la mesa de preparación; nunca la había visto de esa manera, tiritaba, sudaba y por la poca luz que teníamos con el cuenco de luz, logré admirar la fantasmal piel que tenía, blanca como la nieve, pálida como la leche, su hermoso color té que tenía había desaparecido y se había convertido ya en un muerto viviente. No tenía nada eficiente dentro del botiquín, aún así con lo poco y nada que tenía traté de curarla; el paño húmedo no hacía efecto, no tenía suficiente agua ya que la temperatura de su fiebre aumentaba cada vez que tenía alguna especie de sueño o visión, despierta de vez en cuando, alterada, con miedo, llorando, ella ya no quiere dormir.

-Ya es... -trataba de hablar- ya es... la hora.

«Ella sabe quien soy -me dijo del ente-. Debes encontrar a tu amiga, ella lo sabe todo... Ella debe saber cuando es la hora, y es ahora».

Tomé mi morral y la coloqué en mi espalda, y la de Monett la coloqué entre sus brazos para poder tomarla entre mis brazos; frágil como una pluma, débil como un bebé en busca de protección, así estaba ella y así se demostraba cuando colocó con delicadeza su cabeza en mi pecho.

Comencé a recorrer los estrechos pasillos, sentía que ya estaba cerca por el simple echo que me encontraba en la sección funeraria, y claro con la ayuda de Monett que me daba las instrucciones; de verdad que me daba pena como hablaba, hasta su voz había cambiado, se había apagado, una voz quebrada y adolorida.

-Ne-necesito una pru-prueba... para... con-con-confirmar mi, digo nu-nuestra teo-teoría.

-De acuerdo, pero no hables demasiado -ordené--. Ya haz gastado suficiente energía por hoy.

Con lo poco y nada que recordaba, la llevé al lugar donde había encontrado uno de los pocos jeroglíficos que estaba casi completo -y traté de hacer lo posible para descifrarlo-, y puede que tenga algo que ver con todo lo que está sufriendo.

El lugar volvió a tornarse frívolo a cada pequeño paso que daba y el nerviosismo también abundaba en mi cuerpo, pero debía demostrar que era fuerte y valiente como lo he hecho en estos últimos momentos, y mostrarle a Monett que ya no soy el niño monje que ella conoció. Los pasillos se hacían cada vez más estrechos, esto estaba hecho para una sola persona.

«Agradezco de no sufrir de claustrofobia, ahí si que estaría muerto».

Las paredes comenzaron a desaparecer lentamente o era la misma oscuridad que se las tragaba. ¿Iba bien? ¿estaba correcto el camino? ¿estaba perdido?
Analicé el estado de Monett, ella estaba con los ojos cerrados y lentamente pasó su brazo por atrás de mi cuello para sujetarse. Me detuve un momento para echarle un vistazo al lugar, ahora si que no se donde estoy... bien, ya estaba perdido. Tengo la necesidad de preguntarle donde estábamos, pero me da pena verla ahí, tratando de conciliar el sueño, estaba agotadísima; solo depende de mi, esa es otra razón para demostrar que puedo ser valiente y no volver a ser el tímido chico que solía ser.

-Sigue -dijo después de un leve gemido que brotó desde sus labios.

¿Seguir? ¿Cómo? ¿Seguir hacia delante? Las paredes estaban desapareciendo y estaba más que claro que esto puede llevarnos a una muerte horrible y segura, esto era típico de los egipcios para engañar a los ladrones, pero yo no soy nadie para dudar la sabiduría de Monett, ella sabe más que yo, tiene más experiencia, vive de esto y vive en estas tumbas para sus trabajos, hasta ahora... ha vivido lo suficiente. «Su fiebre es alta, puede estar delirando... no, Isaac no pienses en eso, ella estará bien y sabe lo que dice, no dudes».

-Sé que estás... du-dudando -habló con suavidad y con un poco de humor, su voz es como un susurro-. Es-estoy en pé-pésimas condi-condiciones -de sus labios salió una risa seca. Extrañaba esa risa alegre que tenía-. Pe-pero se lo que... te... digo.

El Misterio de Smenjkara (FDLA #1) [EDITANDO] ©¡Lee esta historia GRATIS!