Monett

-Estás débil -confirmó Isaac mientras me apegaba a su pecho. Posó sus manos en mi frente y la mantuvo por unos segundos y agregó-: Parece que tienes fiebre.

-¿Parece? -pregunté agotada.

-¿Sientes frío?

-Algo.

-Entonces tienes fiebre.

Me alejó con delicadeza y apoyé mi cabeza en el respaldo de la mesa de preparación. Cerré mis ojos y uno de mis sentidos comenzó a funcionar. Escuchaba como Isaac hurgaba en su mochila en búsqueda de algo.

Tengo el presentimiento que en mi cabeza habita una roca de tal tamaño, que me imposibilita mantenerla en alto. El dolor era insoportable, me palpitaba demasiado y con el pequeño bullicio que generaba el movimiento de las manos de Isaac en su mochila, hacía que me dieran ganas de golpearlo. Pasó su mano por delante de mi cuerpo y colocó en el su chaqueta. Con delicadeza, tomó mis hombros y me guió hasta su regazo. Aquello era un alivio, por primera vez sentí que mi cabeza descansaba por un momento.

Nuevamente Isaac comenzó a hurgar en su mochila. Escuché como rasgó un pedazo de tela y como las gotas de agua chocaba en el suelo, aumento el goteo y aquel trozo de tela fue colocado en mi frente. ¡Que refrescante! Mi cabeza es un verdadero infierno en este momento, y si él no me hubiese colocado esto, ya hubiera explotado.

Cerré por un momento mis ojos y lancé un pequeño suspiro.

-Gracias -susurré.

No se que habrá pasado, pero él estaba completamente cambiado. Ahora me habla con más fluidez, me cuida, tal vez la estadía en esta tumba lo ayudó a madurar, al igual que a mí. Siempre me dedicaba a mi trabajo, arriesgando mi vida para descubrir verdades, pero a veces eso no es bueno. Es primera vez que arriesgo más de la cuenta, nunca había estado débil, y agradezco al tener a alguien que me pueda atender, sobre todo alguien como él.

-¿Haz comido algo? -No contesté-. Monett, ¿desde cuando que no te alimentas?

Guardé silencio. Estaba más que claro que no he tocado la comida que tengo en mi mochila. ¿Ahora entienden a lo que me refiero? Arriesgo más mi vida en mi trabajo que cuidar de mi propia salud. ¿Pero saben algo? No he tenido hambre, siento en mi estómago algo pesado, lo mismo que en mi cabeza, una roca.

Él tomó mi mochila y comenzó a revisarla. Cerré mis ojos nuevamente, estaba lista para un regaño. La dejó en el suelo y lanzó un gran suspiro de... ¿decepción?

-No haz tocado nada de tu comida -concretó. Tomó la tela de mi cabeza y la giró. Ahora ya no estaba caliente, volvía a sentir una sensación exquisita.

Suspiré por el alivio. Alcé mi mano para poder encontrar sus rostro, pero estaba tan débil que mi mano se movía a cualquier dirección, me era imposible manejar mi propias articulaciones. Él agarró mi mano y la sostuvo desde entonces.

-Descansa un rato, yo estaré aquí.

Le dediqué una pequeña sonrisa y cerré finalmente mis ojos.

«El sol golpeaba mi rostro. El crepúsculo resplandecía en el horizonte, aquella lejanía que se diferenciaba del resto. Sus dos montañas en forma recta con una pequeña pendiente que los separaba, aquel era el horizonte de Atón.

Adentré a mis aposentos paseando con mi delicado vestido blanco fabricado con un fino lino. Mis hijas ya se encontraban en sus respectivos dormitorios, solo faltaba mi marido. Me senté en mi lecho para su espera. Mientras aguardaba su llegada, comencé a jugar con mi vestido, ya no hallaba la hora para sacármelo y acostarme junto a él.
Alcé mi vista y ahí estaba él. Siempre tan resplandeciente como el mismo sol. Se acercó a mi con un expresión sombría. Tomó mis manos y me levanté para quedar frente a él. Acarició con suavidad mi rostro y depositó un cálido y delicado beso en mis labios. Algo no andaba bien.

El Misterio de Smenjkara (FDLA #1) [EDITANDO] ©¡Lee esta historia GRATIS!