Capítulo 42

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Verdades incomodas


—¡Llegaron! ¡Están aquí! —, lo primero que atrajo la vista de Fabián fue la figura saltarina de Theria. Desde el ataque se había mostrado apagada y cabizbaja, pero en esos momentos parecía la misma niña de antes.

La pequeña se acercó a él y lo tomó de la mano, tirando de su persona.

—¡Volvieron! ¡Elliot y tus demás amigos están afuera, y vienen con un montón de gente!

—¡¿Qué?!

Sin esperar a que le dieran permiso para dejar su trabajo, Fabián salió de la casa con una Theria bastante animada. A las afueras de aquel pequeño pueblo se encontraban los recién llegados; algunos presentaban varias heridas y moretones, pero la mayoría se veía bien y ya estaban respondiendo a las preguntas de los demás seres.

—¡Elliot! ¡Aquí!

—¡Fabián! —, ambos muchachos se abrazaron con camaradería y, tras aquel gesto, el castaño soltó a ojiazul y empezó a revisarlo.

—¿Qué tal les fue? —, el moreno se encogió de hombros. No tenía ganas de rememorar lo que habían vivido, pero su acompañante tenía otros planes —, Ah, no. No voy a dejar que te salgas con la tuya en esto... Habla, ¿Qué les paso?

El castaño tomó a su hermano de los hombros y comenzó a apretar con fuerza. No paso mucho para que Elliot se diera por vencido y lanzara un suspiro.

—Fue parecido a lo que nos dijo Yuhëen que podía ocurrir, nada más se equivocó en algunos detalles.

—¿Se equivocó? ¿En qué?

De esa forma, tanto Elliot como los otros chicos dieron paso a su relato sobre lo que les había ocurrido en las puertas; aunque no fueron los únicos en ser interrogados. Los pocos guerreros que conocían de la existencia de las guardianas se sorprendieron al verlas, y estas no tardaron en ser bombardeadas con cuestionamientos, al igual que los integrantes de la legión que no consiguieron escapar a tiempo de los curiosos.

Antes de que aquella situación se hiciera más pesada, Madison sintió como una mano se cerró sobre su brazo y tiraba de ella con fuerza.

Era Anna. Tanto ella como la más joven de la legión se la llevaron de ahí a paso veloz, evitando que la morocha pudiera avisarle a sus amigos a donde se dirigía.

—Aristus, falló. No entiendo como la dejas vivir con ese nuevo error en su haber —, la voz que habló por entre las sombras de la sala era claramente de mujer. Sin embargo, aquel arrastrar de palabras daba a entender mucho más aburrimiento del que dejaba ver lo que decía.

—Paciencia. Ella aún no ha perdido su oportunidad, así que todavía puede llevar a cabo su misión.

—Si tú lo dices.

—Oigan, ¿A dónde se supone que vamos? Mis amigos...

—Despégate de ellos por un momento y ven con nosotras. Hay alguien que quiere verte, antes de comiencen a atosigar pidiendo explicaciones.

—Pero...

—Vamos, linda. Te aseguró que la sorpresa te va a gustar —, esta vez fue el turno de hablar de Trisha. Y como Madison lo suponía, la joven mujer parecía compartir ciertos rasgos de personalidad con su cuidadora.

Entre las dos la metieron a una de las casas más alejadas, y cuando Trisha se aseguró de que la puerta ya estaba cerrada con llave, habló.

—Listo. Llegamos.

—Bien... Gracias a las dos. No saben...

Anna no permitió que la voz siguiera su discurso. La mujer se abalanzó al contorno que podía verse con la poca luz del lugar. Madison no tardó en reconocer la altura y el tono de voz de la mujer con la cara cubierta.

Sus ojos estuvieron a punto de desorbitarse por el gesto de Anna. Nunca la había visto ser tan efusiva con alguien. Ni siquiera con ella era tan expresiva.

Entre sollozos y temblores, la castaña alzó la cara y comenzó a hablar.

—Está viva... Lo sabía, pero entre Yuhëen y Bithër se encargaron de decir que usted no...

—No te preocupes. Lo sé —, la figura con harapos pasó una mano sobre la cabeza de la joven mujer, en un intento por calmarla. No lo consiguió. Sus lloriqueos se tornaron un mar de lágrimas —. Se lo que paso con mi ausencia, y entiendo porque creyeron esas cosas de mi.

—Señora. Yo...

—Calma, Anna. Entiendo... Te agradezco los esfuerzos que hiciste por respetar mis palabras.

—Pero no lo logre. Los chicos...

La figura salió de las sombras junto con su acompañante, y fue ahí cuando Madison por fin tomó la palabra.

—Disculpe... —, las dos dejaron su conversación de lado y voltearon a ver a la morocha. Esta arrugó los labios antes de seguir hablando —, ¿Usted es amiga de Anna? ¿Por qué...?

—Madison —, la castaña se apartó de la mujer y se acercó a ella. Traía una gran sonrisa que, junto con sus lágrimas, la hacían verse aún más joven de lo que era.

Tomó de la mano a la muchacha y la llevó consigo hasta ponerla frente a la mujer de los harapos.

Tras ello, se colocó detrás de la morocha y la agitó.

—Vamos. Saluda.

—¿Eh?

—Oh. Tú saluda —, con un veloz coscorrón, Anna hizo que la chica atendiera a sus indicaciones.

Mientras se sobaba la cabeza, la muchacha le dedicó una inclinación a la mujer y dijo, en forma mecánica.

—Hola. Mi nombre es Madison.

La mujer se llevó una mano a la boca, y acalló la mayor parte de las risas que salieron de su boca. Después, con un fluido movimiento, se retiró las telas de su rostro.

Ni ella ni sus acompañantes estaban preparadas para ese movimiento, aun y cuando era claro que Anna y Trisha la conocían.

Una cascada de cabellos rubio cenizo claro se desplegaron por detrás de su espalda, y aquel vistazo que había visto Madison de su cara se había convertido en un recuerdo muy lejano. El rostro, en forma de corazón, tenía una boca pequeña, roja y carnosa; la perfilada nariz portaba unas cuantas pecas sobre el puente, y esos ojos grises la miraban con tal ternura que la joven sólo atinó a retroceder un par de pasos.

Aquellos rasgos, entraban en conflicto con las peculiares líneas verdes en el rostro de la mujer. Una a cada lado de sus pómulos.

Anna no dejo que se alejara más. La acercó y dijo, con el sentimiento rompiendo su voz.

—Madison. Ella es tú madre.

La leyenda de la dama de la noche Vol.I - ANCÖR ©¡Lee esta historia GRATIS!