Capítulo 1 : Destruyendo al enemigo

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Las paredes de mi habitación parecieron retumbar. Apreté los parpados con fuerza e inspiré profundamente antes de ponerme de pie de mi cama y acercarme con paso decidido a la puerta.

-¡Apaga ya ese maldito equipo!- grité fuera de mis cabales-. ¡Juro que te asesinaré si no lo haces!

Supongo que no era la mejor forma de razonar con alguien. Ahora solo me quedaba rogar porque mi hermano no muriera accidentalmente en los próximos días o sería la primera en la lista de sospechosos, ya que de seguro me había oído todo el vecindario.

La música siguió sonando y me pareció que unas cuantas venas de mi cuello explotaban a la vez. Bajé a toda prisa por las escaleras y cuando estuve frente al cuarto de Alex abrí la puerta sin pensar.

-¡¿Acaso estás sordo!?- comencé gritando, pero de pronto mis palabras se convirtieron en un chillido. Mi hermano estaba desnudo haciendo poses frente al enorme espejo que se amuraba a la pared al otro extremo de la habitación. Él se volvió al oírme y antes de cerrar la puerta alcancé a ver como sus ojos se abrían como platos y un rojo intenso se apropiaba de sus mejillas.

-¡Qué asco!- grité refregándome los parpados, como si de esa forma pudiese borrar la imagen tan repugnante de la que acababa de ser testigo.

Muy bien, hagamos este stop. Alex Penz y yo, Sarah Penz, somos hermanos y vivimos solo con nuestro padre desde que mamá decidiera que no quería pasarse la vida cuidando de dos mocosos a los que había tenido por accidente. Suena rudo, pero estoy citando; las palabras se quedan en tu cabeza luego de leer y releer la misma carta unas cien veces.

Mi padre, Ray Penz, es sin duda alguna la mejor persona que existe en este mundo. Sí, está por encima de la que tú creas que es mejor persona, definitivamente. A veces creo que la vida no ha sido muy justa con él, pero luego me recuerdo que la vida no tiene la culpa de los errores que cometemos los humanos, no es su culpa haberse enamorado de una mujer que antepusiera sus intereses sobre cualquier otra cosa.

-¡¿Cómo diablos entras en mi cuarto sin anunciarte?!- me gritó mi hermano para hacerse oír por encima de la música.

Se había puesto unos joggings grises e iba descalzo con el torso al descubierto.

-¡Ahora me quedaré traumada de por vida!- exclamé golpeándolo en el brazo-. ¡Tendrás que pagarme el psiquiatra al que tendré que visitar por el resto de mi vida!

-¡Me has visto el culo cientos de veces! ¡Tú me lo limpiabas!

Muy bien, segundo stop.

Claramente soy la hermana mayor. Alex es menor por dos años y aunque la diferencia sea poca, por aquellos años mi padre sufría de depresión, por lo que cuando tenía uno de sus momentos en los que parecía que se olvidaba del mundo y se encerraba en su habitación, la única persona que quedaba para limpiarle el culo a Alex cuando gritaba: "CACAAAAAAAAAA" desde el baño, era yo.

-¡Bien! ¡Solo por recordarme aquello serán más años de terapia!- grité nuevamente.

-¡Deja de entrar en mi cuarto como si fuese tuyo!

-¡Y tu deja de ser tan vanidoso! ¡A nadie le gustan los imbéciles que se la pasan admirando sus músculos!

-¡A nadie le gustan las entrometidas!

-¡A nadie le gustan los...- y mi celular vibró en mi bolsillo-. ¡Has que se calle ese ruido o te juro que le contaré al mundo que tienes una mancha de nacimiento en el culo!

-¡Estoy orgulloso de mi mancha! ¡No me importa que parezca que no me he limpiado!

Revisé mi celular, se trataba de mi novio. Le dediqué una mirada de odio a mi hermano y me alejé en dirección a la cocina.

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